viernes, 11 de septiembre de 2015
CAPITULO 209
El último receso tuvo lugar dos semanas después y la familia de Pedro aprovechó para invitar al equipo de producción a su casa, incluso Guillermo Reynolds estuvo presente en el almuerzo que organizaron los Alfonso. Amelia buscó la manera de hablar con Thomas para que le autorizara a darle una sorpresa a Pedro por su cumpleaños que estaba cerca, el hombre no fue inmune a los encantos de la hermosa dama italiana y terminó cediendo, además que ya estaban a punto de culminar la película y un poco de distracción no les vendría mal a todo el equipo, se sentía muy satisfecho con el desempeño de Pedro y estuvo de acuerdo en agasajarlo como un reconocimiento.
Guillermo por su parte no pudo soportar más las atenciones que Paula le brindaba al actor, ni siquiera había tenido una oportunidad con ella por culpa del italiano y eso lo exasperaba. Además que cada día lucía más hermosa y sensual, no podía evitar que sus ojos se fueran tras ella cada vez que montaba a la espléndida yegua rojiza. Así que sin poder contenerse más la buscó para comprobar de una vez por todas qué tipo de relación tenía con Pedro Alfonso.
Paula se sintió ofendida por la manera en que Guillermo Reynolds quiso inmiscuirse en su vida y de nuevo lo puso en su sitio dejándole claro que eso no era de su incumbencia, e incluso lo enfrentó diciéndole que jamás había pensado en entablar una relación con él, ni le había dado pie para que se creyera con algún tipo de derechos sobre ella. Claro, mantuvo esa discusión oculta de Pedro para no incomodarlo, pues sabía que la paciencia de su novio se estaba agotando.
Después de eso el productor se alejó resentido con ella, pero eso le brindó la libertad para poder irse de viaje junto a Pedro una vez más. Sin preocuparse por su opinión o que intentara hacer algo para mantenerla ocupada en Roma.
Jaqueline pudo disfrutar de las hermosas playas como le habían prometido las hermanas Chaves. Las tres junto a Pedro, Marcello y parte del personal de producción viajaron al sur de Italia, más específicamente a la región de Puglia donde quedaban según los italianos, las mejores playas del país. Así llegaron hasta la Baia delle zagare.
El lugar era un verdadero paraíso terrenal, un peñasco de piedra caliza inmaculadamente blanco que irrumpía en el mar, cubierto por una frondosa vegetación de un intenso verde esmeralda y hermosas aguas que Jaqueline solo había visto cuando viajó al Caribe, con esa gama de azules que creaban un embrujo e invitaban a sumergirse.
Para ese momento Pedro y Paula ya no se preocupan mucho por mantener las distancias, ni por lo que los demás pudieran decir, el amor que sentían era algo imposible de ocultar. Y aunque tomaron habitaciones separadas en el resort Monteforte, donde se hospedaron, Paula siempre se escabullía dejando sola a Jaqueline y pasaba la noche junto a Pedro, regresaba casi al amanecer cayéndose de sueño pues apenas sí dormían un par de horas.
En varias ocasiones se separaron del grupo para caminar por la orilla del mar, tomados de las manos y poder besarse con libertad, ir en bote hasta las cuevas que se habían formado por la erosión o subir a algunos de los acantilados.
Ella se había propuesto alejar por completo el temor que
Pedro sentía por las alturas, así que prácticamente arrastrándolo y con la condición de ofrecerle alguna recompensa durante la noche, lo llevaba hasta los hermosos miradores desde donde se podía apreciar el mar en toda su extensión y la brisa acariciaba sus rostros con la misma suavidad con la que sus manos recorrían sus cuerpos.
Una semana después esa fecha tan especial que ambos esperaban había llegado, era el cumpleaños de Pedro y la producción junto a Amelia le habían organizado una pequeña sorpresa para esa noche. Incluso Paula aprovechó las grabaciones, en el aeropuerto de Florencia de la
escena final, para escaparse e ir a la misma pastelería donde cuatro años atrás, había comprado aquel delicioso pastel de chocolate que le entregó sobre su cuerpo. Encargó el mismo y pidió que se lo llevaran a la villa de los Codazzi al día siguiente en horas de la tarde.
Llegaron agotados y muy tarde para poder escaparse juntos, al menos eso le hizo creer Paula, pero ella tenía otros planes, unos que habían rondado su cabeza desde hacía semanas y esa noche esperaba llevar a cabo, pues contaba con todo lo necesario para hacerlo. Quería ser la primera en felicitarlo y así lo hizo, tomó su teléfono móvil y lo llamó cuando el reloj marcó la medianoche, repicó dos veces y él respondió.
—¿Qué haces despierta a esta hora? —preguntó con la voz ronca, apenas comenzaba a quedarse dormido cuando vio la llamada de ella.
—Asómate a la ventana —respondió en un susurro.
—¿Qué trama señorita Chaves? —inquirió una vez más y se levantó de la cama lleno de curiosidad, caminó hasta la ventana.
—Darte tu regalo de cumpleaños —contestó sonriendo al ver la sorpresa reflejada en su rostro cuando la vio en el jardín.
—Me engañaste —le reprochó sin dejar de sonreír.
—Quería sorprenderte… ahora baja que tenemos poco tiempo —indicó haciéndole un ademán con la mano. Lo vio regresar a la habitación y lo llamó de nuevo— ¡Pedro! —se tapó la boca enseguida.
—¿Qué? —preguntó regresando de inmediato al ventanal.
—Sal por la ventana… —decía deteniéndose al ver que se tensaba—. Puedes hacerlo, no está tan alto y esa estructura es mucho más fuerte que la de mi ventana… Hazlo por mí —pidió mirándolo a los ojos.
Era de noche y él pensó que la oscuridad lo ayudaría a no ser consciente de la altura, respiró profundamente para armarse de valor y le dedicó una mirada a Paula antes de pasar la pierna por la baranda del balcón, un simple vistazo desde allí lo puso a sudar frío, sus nudillos estaban pálidos por la fuerza con la cual se sostenía del balaustre.
—Paula no voy a poder —susurró negando, paralizado antes de tocar la escalera incrustada en la pared, su respiración era afanosa.
—Sí puedes… no mires abajo y muévete despacio, no te pasara nada Pedro, recuerda lo que me decías cuando comencé a montar a misterio… todo se trata de confianza, confía en que puedes lograrlo —pronunció ella sintiendo su corazón latir muy rápido.
Pedro tomó aire lentamente y se movió tanteando con sus manos trémulas la estructura de madera que veía como su salvación, al fin estuvo pegado a ésta y prácticamente se aferró como si de ello dependiera su vida, literalmente era así. Luchó contra las imágenes en su cabeza que le decían cuán alto se encontraba y bajó tan rápido como sus piernas temblorosas le dejaron, mientras luchaba férreamente contra ese miedo irracional que lo había atormentado desde que tenía uso de razón.
—Lo tengo señor Alfonso —esbozó Paula envolviéndolo entre sus brazos y le dio varios besos en la espalda.
—Estuve a punto de orinarme encima Paula —le hizo saber dándose la vuelta para besarle el cabello y seguía temblando.
—Lo hiciste muy bien, estoy tan orgullosa de ti Pedro —dijo con su mirada anclada en la de él y subió sus labios para besarlo.
Un par de minutos después corrían hacia el establo intentando que el personal de seguridad no los descubriera, esos juegos de escaparse habían pasado de ser algo que aterrorizaba a Paula a un episodio que en verdad disfrutaba y hasta terminaba excitándola. Entraron cuidando de no despertar a los caballos mientras caminaban hacia una de las cuadras vacías, ella extendió la manta que llevaba sobre el heno suelto y Pedro abrió una pequeña ventana que permitió la entrada de los rayos de la luna y el aire fresco de la noche.
—Bien… ¿Dónde está mi regalo Paula? —preguntó mirando a su alrededor en busca de alguna sorpresa, pues ella había insistido en ir hasta ese lugar y suponía que algo había preparado allí.
—Está justo frente a ti —respondió con una sonrisa y cuando fijó su mirada en ella, abrió el kimono de seda negra que llevaba para mostrarse completamente desnuda ante él—. Feliz cumpleaños Pedro, yo soy tu regalo y hoy quiero entregarte algo que aún no has tenido de mí — susurró con su mirada ahogada en los hermosos ojos azules que reflejaron la sorpresa al comprender lo que estaba detrás de esas palabras.
—Paula… —Pedro intentó decir algo pero sus pensamientos habían quedado en blanco; su corazón se desbocó en latidos.
—Estoy lista Pedro, y lo deseo mi amor —mencionó al ver que él se había quedado en silencio.
Caminó para buscar el bolso que había llevado y sacó de éste un hermoso estuche forrado en terciopelo negro, regresó hasta Pedro y lo abrió con movimientos torpes por los nervios que sentía, subió la mirada para ver su reacción.
Él miró lleno de curiosidad el interior del mismo y se sorprendió al ver un plug anal elaborado en cristal, con una base donde se hallaba incrustada una gema del color del zafiro y al lado uno también de cristal con bolas que iban aumentando de tamaño. No sería la primera vez que tendría sexo anal, así que sabía perfectamente cómo se usaba todo eso, su mirada buscó la de Paula.
—No quiero restarle romanticismo al momento siendo práctica, pero busqué en internet cómo funciona cada uno… y también que debemos usar preservativos, lubricantes a base de agua, incluso hay un spray que me ayudará para que sea más fácil la dilatación —lanzó en un torrente de frases sin mirarlo a la cara, pues a pesar que se escuchaba relajada y como si fuera una experta en el tema, sentía que su cara ardía de lo sonrojada que debía estar en ese instante, tomó aire para continuar—. Tengo todo eso también aquí Pedro, lo pagué con la tarjeta de Jaqueline… ella está afiliada a una tienda que tiene atención a través de chat y ellos me dieron muchos consejos… —no podía parar de hablar, los nervios y la ansiedad estaban torturándola.
—Todo eso… está muy bien Paula, pero existen dos cosas que son importantes también — mencionó él colocándole un par de dedos en la barbilla para mirarla a los ojos, le sonrió al ver cómo sus pupilas bailaban de un lado a otro con nerviosismo—. Confianza y deseo… debes confiar en mí, en que no te haré daño. Pero sobre todo debes desearlo Paula. Quiero que sea una experiencia que ambos disfrutemos, no quiero que hoy lo hagas por complacerme y la próxima vez que te lo pida te niegues rotundamente porque hayas sufrido una primera vez traumática —decía cuando ella lo interrumpió.
—Yo lo deseo y confío en ti Pedro, también entiendo lo que me dices pero si nunca lo hago, si nunca lo intentamos… —se detuvo para tomar aire y le mantuvo la mirada para que viera que en verdad estaba decida—. Pedro... te deseo a ti y todo lo que quieras darme, me pongo en tus manos —esbozó mirándolo a los ojos.
—Preciosa —susurró apoyando su frente a la de ella—. Gracias Paula, gracias por confiar en mí de esta manera —
pronunció ahogándose en la mirada oscura de ella.
La besó con pasión envolviéndola en sus brazos, sintiendo que el pecho estaba a punto de estallarle de la emoción, cuando se separaron con las respiraciones agitadas se miraron en silencio por varios minutos, hasta que él vio que ciertamente Paula le dejaría tenerla como tanto había deseado, que al fin seria suya como no había sido nunca de nadie.
La tomó de la mano y despacio bajaron hasta quedar tendidos sobre la manta, acercó el estuche y también el bolso de Paula sacando de éste un verdadero arsenal de artículos que lo ayudarían a dilatarla. Sin romper el romanticismo, fueron descubriendo lo divertido que podía resultar integrar juguetes a su relación, se tomaron todo de manera muy relajada, entre los sonrojos de ella y las sonrisas pícaras de él.
Pedro se dio la libertad para deleitarse con la piel de su mujer, besando cada espacio mientras sus manos viajaban a otros rincones despertando sus sentidos y sus deseos. Se veía tan hermosa tendida allí, completamente rendida a él, a sus anhelos más profundos. Despacio le separó las piernas y comenzó a repartir suaves besos por el interior de los muslos, subiendo a las caderas y al vientre, dejando para el final lo mejor.
—Pedro —susurró Paula arqueando su cuerpo al sentir los besos de él que caían como gotas de lluvia sobre su pubis.
—Dime lo que deseas Paula… te lo daré todo —esbozó.
Su aliento calentaba ese rincón en ella que lo volvía loco, la había bebido tantas veces pero nunca terminaba de saciarse, siempre quería más y más. Deslizó su lengua por los labios brillantes y húmedos que temblaron ante ese primer roce, siendo acompañados además por los jadeos de Paula que endurecieron aún más su miembro. Volvió a hacer el mismo movimiento mientras acariciaba y abarcaba con sus manos los senos de su mujer con la misma lentitud, que su lengua recogía el néctar de la flor más hermosa que podía existir sobre la tierra.
—Por favor… —rogó incapaz de conseguir esbozar algo más y se estremeció con fuerza cuando él deslizó un poco su lengua dentro de ella.
Apenas podía seguir manteniéndose, su respiración era superficial y el latido de su corazón retumbaba en todo su cuerpo, la sensación era tan exquisita y aunque esa práctica ya se había vuelto una constante entre los dos, ella no llegaba a acostumbrarse a todas las emociones y sensaciones que le provocaba Pedro, se aferró a las manos de su novio con fuerza al tiempo que sentía que era arrasada por esa poderosa fuerza que estallaba en su vientre y recorría cada espacio en su cuerpo.
Pedro supo que era el momento perfecto, ella estaba muy relajada, tomó el plug de bolas y lo introdujo en su vagina para lubricarlo, moviéndolo en círculos para masajear el interior de Paula, la escuchó jadear mientras su cuerpo era recorrido por una nueva serie de temblores, le fascinaba ver lo sensible que era y lo rápido que alcanzaba el clímax. Miró el frasco del cual ella había hablado y pensó que por ser la primera vez lo usaría, accionó el atomizador depositando una cantidad considerable, ella se estremeció y él supo que debía ser frío, sonrió besándole la mejilla.
—¿Todo bien señorita Chaves? —preguntó divertido.
—Sí… y después de esto, tendrás que dejar de llamarme señorita —contestó con el mismo ánimo de él mientras le acariciaba la espalda.
Pedro sonrió ante esa acotación de ella, su preciosa mujer había sido muy egoísta al iniciar ella sola la práctica de irse dilatando, pero él la perdonó porque sabía que lo único que deseaba era sorprenderlo. La besó para relajarla mientras seguía deslizando el dildo hasta sus pliegues hinchados
y resbaladizos para aprovechar el lubricante natural de Paula, continuó besándola dejando que su lengua imitara el movimiento que hacía el objeto para excitarla, necesitaba que ella estuviera muy relajada, no había tomado antes a una virgen, pero sabía lo complicado que podía llegar a ser si no hacía las cosas bien.
Lentamente lo fue hundiendo para ir dilatándola y apenas había ganado espacio cuando ahogó con su lengua el jadeo que Paula liberó, se detuvo para permitirle que se acostumbrara a la invasión mientras seguía besándola. Después de varios segundos lo intentó de nuevo muy despacio notando cuán estrecha se encontraba ella y que con lo excitado que él estaba podía terminar corriéndose en cuanto estuviera en su interior, así que se distrajo haciendo movimientos circulares a modo de masaje, y no solo ella disfrutaba de todo eso, él también lo hacía.
—Pedro —esbozó separando sus labios de los de él, era excitante tener ese dilatador, pero quería sentir a Pedro.
—Relájate Paula… necesito hacer esto, tengo que dilatarte preciosa para poder entrar sino terminaré haciéndote daño —mencionó mirándola a los ojos, acariciándole los labios con los suyos.
—Estoy lista… Pedro te deseo a ti —pidió con su mirada puesta en la azul de él.
—Yo estoy muy erecto… deja que me relaje un poco antes —dijo ubicándose en medio de las piernas de Paula y sin sacar el juguete de su trasero, comenzó a penetrarla muy despacio porque ella estaba más estrecha esta vez.
—¡Oh, santo cielo! —exclamó Paula ante esa nueva sensación de estar llena por completo, era algo extraordinario y abrumador.
Pedro comenzó a moverse dentro de ella muy despacio, pero su instinto le exigía ir cada vez más rápido y no lo podía controlar, era maravilloso deslizarse en Paula sintiéndola tan cerrada, la tomó de las caderas para mantenerle las piernas separadas y cuando sintió que estaba al borde del orgasmo salió de ella.
Buscó un preservativo para cubrirse, después se aplicó una gran cantidad de lubricante, puso a Paula de lado dándole suave besos en el cuello y sus dedos acariciaban la piel corrugada humedeciéndola. Ella dejó caer la cabeza hacia atrás mostrándose hermosa y rendida, al tiempo que
empujaba sus caderas hacia él, Pedro la miró pidiéndole permiso para ser su conquistador.
Paula asintió mirándolo a los ojos, rechazó cada una de las señales de temor que intentaron apoderarse de ella, en cuanto el objeto en su interior salió para ser remplazado por el miembro de Pedro, se estremeció pero no de dolor sino de placer y se lo hizo sentir a él cuando en lugar de huir lo buscó, un torrente de sensaciones viajaban a través de su cuerpo y desembocaban justo donde sus cuerpos se unían.
Pedro apenas podía moverse dentro de Paula, la presión le hacía sentir cada palpitación y temblor que la recorría a ella, su respiración se había tornado pesada, e incluso estaba transpirando más por tener que contenerse, su mano le acariciaba la cadera para mantenerla relajada y evitar que ella hiciera un movimiento brusco, mientras él poco a poco se hundía conquistando espacio.
—¿Se siente bien Paula? —preguntó al oído, aumentando el vaivén de sus caderas arrancándole un gemido profundo.
—Sí… sí Pedro —esbozó ella con los ojos cerrados mientras temblaba—. Bésame… bésame —le pidió girando el rostro para ofrecerle sus labios y acarició la mano de Pedro que abandonó su clítoris para apoyarse en su vientre, entrelazó sus dedos a los de él.
Pedro hundió sus dedos en la sedosa cabellera castaña que se había humedecido por el sudor al igual que la suya y atrapó los labios de Paula en un beso absoluto, bebiéndose el gemido que ella liberó cuando él se hundió un poco más en su interior, se tensó un instante pensando que la había lastimado, pero al sentir que Paula se movía siendo ella quien lo metía lentamente dentro de su cuerpo, un sentimiento de alivio lo recorrió entero, se quedó quieto disfrutando de los avances de ella
Ella sentía la presión que ejercía el miembro de Pedro en su interior cada vez que se movía y una pequeña molestia en el vaivén de sus caderas, pero no eran suficientes para que quisiera detenerse, por el contrario deseaba continuar pues sabía que una vez acostumbrada todo sería maravilloso. Él le cedió el mando, eso la llenó de confianza y también la relajó, muy despacio movía sus caderas para llevarlo tan profundo como le fuera posible, sintiéndolo como no lo había hecho hasta ese momento; adoraba el pene de Pedro porque encajaba perfecto en su cuerpo, pero en ese instante lo sentía como si fuera el triple de su tamaño y jadeó al sentir que lo tenía por completo en ella.
—Despacio Paula… hazlo lento preciosa —le pidió con la voz tan ronca que parecía estaba sufriendo.
La verdad era que se sentía en el paraíso, el roce de las nalgas de Paula lo hizo temblar, siguió inmóvil para dejarla acostumbrarse a él, mientras le daba suaves besos en el hombro y el cuello, sus manos le acariciaban los senos, luchando por controlar su deseos de embestirla. Sintió que ella se movía de nuevo, pero se detuvo temblando y jadeando, le acarició las caderas y después rozó con sus dedos la unión de sus cuerpos.
—¿Te duele? —preguntó al ver que ella contenía las lágrimas cuando sus miradas se encontraron y sintió que le oprimían el pecho.
—No… es solo que es demasiado abrumador, es… —se interrumpió sin saber cómo explicarle a Pedro lo que sentía.
—Es tu primera vez… ya no serás más la señorita Chaves —mencionó con una sonrisa para relajarla.
Ella negó con la cabeza mientras sonreía y se entregó al beso que Pedro le ofrecía, relajándose por completo.
Minutos después ni siquiera supo de qué manera se giró para quedar sobre su estómago, hundiendo sus manos entrelazadas a las de él en el heno, al tiempo que empujaba suavemente para sentirlo por completo y cada vez se elevaba más y más.
Todo estalló en colores iluminando su mundo, dándole un nuevo sentido al placer. Solo fue consciente de los jadeos roncos de Pedro en su cuello y las pulsaciones de su miembro que se derramaba en su interior, así como del par de dedos que presionaba con fuerza el nudo de nervios entre sus piernas y puso a su mundo a girar de nuevo arrancándole otro orgasmo.
CAPITULO 208
Juliana se miraba una vez más en el espejo que cubría toda una pared de su vestidor, mientras sus manos se deslizaban por la suave tela del vestido negro de seda que llevaba puesto esa noche, sin poder evitarlo viajaron a su abdomen acariciándolo mientras sonreía y se puso de lado imaginando
cómo luciría cuando su vientre estuviera de nueve meses.
—Voy a hacer que seas el hombre más feliz del mundo Ignacio… después de esta noche ya no volveremos a separarnos —esbozó con la mirada brillando de emoción, perdiéndose en su imagen y los recuerdos de esa mañana cuando el médico le confirmó que sería madre.
La verdad era algo que no se esperaba, sabía que ellos no habían tomado precauciones esa noche en la oficina y que estuvieron juntos en tres ocasiones más esa misma noche solo se confió en el método anticonceptivo que había estado usando semanas atrás suponiendo que aún no se había vencido. No era una mujer que tuviera una vida sexual muy activa y sus amantes siempre usaban protección, por lo que nunca había tenido problemas, más usaba el parche para prevenir, pero con Ignacio no funcionó y en ese momento se encontraba con ocho semanas de embarazo.
Caminó para entrar al baño donde había dejado la prueba casera, lo primero que indicó su estado, sabía que tal vez Ignacio necesitaba de todo eso para creer que al fin sería padre, lo había deseado por tanto tiempo que estaba segura se pondría pletórico en cuanto lo supiera. Lo guardó en un sobre para entregárselo y también buscó el resultado del análisis de sangre, después se retocó el labial deseando lucir realmente hermosa esa noche, demostrarle a él que podía ser la mujer de sus sueños.
—Señora todo está listo… ¿En verdad desea que me vaya? Puedo quedarme para ayudarla a servir —dijo Nancy en cuando la vio salir.
Ella era la mano derecha de Julianne, una mujer robusta y de color que había estado a su lado desde que su madre muriese hacía mucho tiempo, la misma que había visto el amor desmedido que sentía por Ignacio y que se encontraba feliz por verla al fin junto a él.
—No es necesario en verdad mami, además debes ir a visitar a tus nietos, recuerda que se lo prometiste a Silvya —mencionó sonriendo.
—Pero… ¿Quién te ayudará con todo esto? —inquirió refiriéndose a la cena que había preparado y esperaba para ser servida.
—Ya me las arreglaré, no te preocupes por ello… tómate todo el fin de semana y disfruta de tu familia —indicó acompañándola.
Su hija y quien era una de las pocas amigas que Juliana tenía ya la esperaba en el salón, se abrazaron sonriendo y la rubia estuvo tentada a darle la noticia, pero quería que Ignacio fuera el primero en saberlo, además podía dar por sentado que Nancy no abandonaría la casa si se enteraba, la haría meterse en la cama y pasar los nueve meses allí.
—Disfruta la velada con tu amor —pronunció Silvya sonriendo.
—Ten por seguro que lo haré —indicó despidiéndose de ella mientras la abrazaba, la morena había sido testigo también del amor que sentía por el padre de su hijo y también del sufrimiento al verse desplazada tantas veces, pero eso no sucedería nunca más.
Le dio un beso en la frente a su nana, las abrazó y después las vio alejarse por el elegante pasillo del edificio donde vivía, cerró la puerta tras ella para luego caminar revisando que todo estuviera en orden, puso música para llenar el silencio, odiaba que la casa se sintiera tan silenciosa y vacía, se acercó al inmenso arreglo de rosas blancas, aspiró dejando que su dulce aroma la embriagara mientras esperaba a Ignacio.
Minutos después escuchó el timbre y por instinto buscó el reloj colgado en la pared, dejó ver una sonrisa al comprobar que como siempre él llegaba puntual. Se acomodó el vestido una vez más antes de abrir la puerta, preparando la mejor de sus sonrisas y cuando abrió la puerta se sintió cautivada de inmediato por la imagen de Ignacio, lucía muy guapo esa noche y la sonrisa en sus labios hizo que sus latidos se aceleraran.
—Hola Juli… luces hermosa —dijo entrando y le acarició la cintura mientras buscaba sus labios para darle un beso.
—Hola, pues no soy la única… te ves realmente apuesto —indicó después de un par de toques de labios mientras le acariciaba el pecho.
Cerró la puerta cuando se separaron y caminó junto a él hasta el salón, esperando que el reloj del horno anunciara que ya la ternera estaba lista, lo invitó a sentarse sintiéndose nerviosa de pronto, no sabía si esperar a la cena o decirle todo en ese momento.
—¿Quieres algo de tomar? Tengo vino, whisky, vodka… —dijo alejándose de él para ir hasta el elegante y minimalista bar ubicado en un rincón del salón, necesitaba calmarse o arruinaría la sorpresa.
—Tranquila, no hace falta que te molestes… puedo esperar hasta la cena, mejor ven tengo algo que contarte —le pidió con una sonrisa.
Ignacio tenía muchos días dándole vueltas a una idea en su cabeza, se sentía muy bien junto a Juliana pero sentía que aún necesitaba cerrar algunos asuntos pendientes en su vida. El principal de ellos su relación con Paula, no había terminado con ella como debía.
Esa discusión no significaba que pudiera dar por finalizada su relación, pues aunque no quisiera admitirlo, cuando ella se marchó él mantuvo la esperanza de recuperarla a su regreso. A esas alturas sabía que eso era imposible, ella había hecho pública a través de terceros su separación y a él no le había quedado de otra que admitirlo, además los rumores de su relación con Pedro Alfonso habían aumentado en los últimos meses.
Sin embargo, los posteriores acontecimientos lo obligaban a tomar decisiones, deseaba entablar una relación formal con Juliana, eso era lo primordial en ese momento, pero necesita ser sincero con ella y consigo, le urgía ver a Paula de nuevo para comprobar que ya no seguía estando enamorado de su ex pareja, y que sus deseos de estar con Juliana no eran por simple despecho, si quería brindarle a su amiga y amante la estabilidad que merecía debía hacerlo.
Ella caminó hasta él mostrando una sonrisa de alivio, podía distraerse con esa conversación casual que deseaba Ignacio, seguramente sobre algunos de los proyectos que tenían para el último trimestre al año, o quizás algo relacionado con ese viaje que descubrió había estado organizando, aunque todavía no sabía a dónde la llevaría y tampoco quería enterarse por nadie más que él cuando le diese la sorpresa.
—Me estoy muriendo de la curiosidad, a ver dime… ¿Qué es eso que tienes que contarme? — preguntó con una sonrisa, mientras se sentaba a su lado, mirándolo a los ojos y le acariciaba el brazo.
—Bueno, lo primero que deseo pedirte es que… —se detuvo tomándole las manos, necesitaba saber que no la perdería, tomó aire para llenarse de valor y habló fijando su mirada en los ojos azules—. Juli quiero que sepas que voy a hacer esto por los dos, porque siento que es necesario para que podamos continuar sin fantasmas ni dudas —indicó.
—Bien, te escucho Ignacio —acotó instándolo a continuar, aunque sentía que un peso se había alojado en su estómago.
—He estado pensando en nosotros… y en lo que quiero hacer de ahora en adelante, organizarme. Ya sabes el caos que ha sido mi vida los últimos meses… —decía cuando ella lo detuvo.
—¿El caos? —le cuestionó sorprendida—. Pensaba que te sentías, no sé… bien con nuestra relación, nunca imaginé que vieras esto como un caos —señaló manteniéndole la mirada.
—No hablo de nuestra relación Juliana… sino de todo en general, los últimos meses junto a ti han sido maravillosos.
—¿Pero? Tiene que existir un pero para que hayas decidido hablar de esto ahora… ¿Qué sucede Ignacio? —inquirió sintiendo cómo la molestia que le provocaba su actitud comenzaba a recorrer su cuerpo.
Él la miró un instante sintiendo que los latidos de su corazón aumentaban y la ansiedad estaba haciendo girones su interior, respiró profundamente consciente que no podía seguir dilatando esa situación.
—Voy a viajar dentro de unos días a Italia —soltó sin más rodeos.
Juliana se quedó mirándolo en silencio, sin poder entender o negándose a comprender lo que él le decía, sus pupilas se movían de un lado a otro intentando descubrir en la mirada de Ignacio que eso no era real, que no estaba sucediendo otra vez, sintió sus ojos inundarse en lágrimas y el corazón
presionado en un puño.
—¿Vas a buscar a Paula Chaves? —preguntó lo que era evidente, pero necesitaba que él se lo confirmarse.
—Sí… necesito verla y hablar con ella para… —se detuvo al ver que Juliana se ponía de pie y caminaba dándole la espalda, se levantó también para evitar que se alejara de él—. Juli por favor, necesito que me comprendas y me apoyes en esto.
—¿Apoyarte? ¿Tú quieres que yo te apoye en tus malditos planes de viajar a Italia para recuperarla? —inquirió completamente asombrada, acortó la distancia entre el salón y la puerta, la abrió de un jalón—Ignacio lárgate de mi casa, no quiero volver a verte en mi vida… eres un miserable ¿qué carajos crees que soy? ¡Lárgate! —le gritó mirándolo y la furia cabalgaba dentro de ella.
—Por favor Juliana no te pongas así… déjame explicarte, yo no voy a Italia con la intención de recuperar a Paula, solo necesito verla para comprobar… —una vez más ella lo detenía.
—¿Qué no estás enamorado de ella? ¿Eso es lo que necesitas Ignacio? —preguntó sintiendo más dolor que rabia—. ¿Acaso no es suficiente con saber lo que sientes por mí? ¿O no lo sabes todavía? —ella lanzaba sus preguntas mientras luchaba con el dolor que sentía en el pecho y las lágrimas que pujaban queriendo ser liberadas.
—Yo sé lo que siento por ti… —mencionaba pero no pudo continuar, porque la verdad era que lo que sentía por ella aún lo confundía, no podía asegurar que fuera amor porque eso significaría que no estuvo enamorado de Paula y sabía que eso no era cierto.
No sabía cómo demonios salir de ese estancamiento donde se encontraba, no sabía lo que deseaba y eso era lo que lo torturaba, lo que no lo dejaba en paz, pero no sabía cómo expresarlo sin lastimar a la mujer frente a sus ojos, la misma que lo veía con tanto resentimiento.
—Juliana… estoy confundido, y no quiero mentirte alegando que todo está perfecto porque no es verdad, lo que siento por ti ha existido siempre… lo sabes, pero esta vez quiero hacer las cosas bien, no puedo ni deseo fallar una vez más, no lo soportaría y para eso necesito estar seguro, por favor trata de ponerte en mi lugar un instante e intenta comprenderme —le pidió mirándola a los ojos.
—¿Por qué no lo haces tú conmigo Ignacio? —preguntó dejando libre su llanto mientras sentía que todo el cuerpo le temblaba—. Tú no tienes ni idea de todas las veces que yo me he puesto en tu lugar, no tienes ni una maldita idea de cuánto he sufrido al verte mal porque todas tus relaciones acababan mal… ¿Sabes algo? Me cansé, no pienso seguir haciéndolo, aquí las del problema no son las mujeres que tú buscas, el problema eres tú, tú que no sabes lo que quieres en la vida… que no sabes una mierda —le lanzó a la cara todos sus reproches.
Él sintió cómo cada una de sus palabras lo herían profundamente, pero no podía alegar nada contra las palabras de Juliana, quizás ella tenía razón y él era el del problema, después de todo siempre repetía el mismo patrón, ya no podía soportar un fracaso más. Caminó para acercarse a ella y pedirle perdón por haberla lastimado de nuevo.
—No me toques —gruñó alejándose de la mano de Ignacio que quedó extendida en el aire y lo miró con desprecio, no soportaría su lástima.
—Nunca quise lastimarte —dijo mirándola a los ojos.
—Para no querer lo hiciste muchas veces… vete —indicó sin titubear y mantuvo la puerta abierta, lo quería lejos de su vida.
—Haré esto por los dos Juliana… y solo espero que cuando regrese aún tenga posibilidades de obtener tu perdón —mencionó con tristeza.
—Cuando vuelvas no encontrarás nada —sentenció esquivándole la mirada y tembló controlando los sollozos que le hacían girones la garganta, obligándose a no rogarle nunca más.
—Igual volveré y te buscaré —confirmó él bajo el umbral.
—¡Maldita sea ya lárgate! No te quiero ver más, no te quiero en mi vida… ¡Vete Ignacio! — exclamó empujándolo y después de que lo sacó lanzó la puerta con todas sus fuerzas.
El golpe retumbó en todo el lugar acompañando el torrente de sollozos y lágrimas que liberó, se dejó caer deslizándose por la puerta sintiendo que no podía respirar, él pecho le dolía demasiado y el nudo en su garganta no la dejaba respirar, esa sensación era tan espantosa que pensó moriría allí sola, que el peor de sus miedos se haría realidad.
Pero no estaba sola, ella tenía a su bebé y de inmediato se aferró a él, intentó llenar sus pulmones de aire porque no quería lastimarlo, no quería que él sintiera cuánto estaba sufriendo, se limpió las lágrimas e intentó ponerse de pie y sus piernas temblaban demasiado.
Después de unos minutos consiguió levantarse lentamente y aunque no había logrado dejar de llorar, por lo menos la presión en su pecho había disminuido, caminó hasta el horno que había activado unas tres veces la alarma, se acercó y lo apagó sin detenerse siquiera en sacar la ternera, le daba igual si se calcinaba.
La voz de Taylor Dayne llenaba todo el espacio, mientras cantaba Love will lead you back y de pronto eso la hizo llenarse de rabia de nuevo, pues tantas veces ella había soportado una y otra vez que Ignacio la hiciera a un lado, manteniendo siempre la esperanza que llegaría el día en que descubriera cuánto lo amaba.
—¡Nunca más Ignacio Howard! Nunca más me sentaré a esperarte, ya no existe este amor que te traiga a mí… ya no existe —dijo arrancando el iPod de la consola y lo estrelló contra la pared.
También tomó el florero de cristal con las rosas y lo lanzó estrellándolo contra el piso, necesitaba descargar la ira que la quemaba por dentro, así que tomó cuanto tuvo cerca y comenzó a tirarlo, luchando por olvidar los besos y las caricias que había compartido con él en los últimos meses, queriendo arrancárselos de la piel, de la memoria. Se dejó caer de rodillas una vez más sintiéndose derrotada y solo en ese instante fue consciente del dolor en su vientre que se hacía cada vez más intenso, entró en pánico.
Como pudo buscó el teléfono y con dedos temblorosos marcó para llamar a emergencias, intentando mantenerse calmada como le dijo la operadora, pero era consciente que su bebé corría peligro.
jueves, 10 de septiembre de 2015
CAPITULO 207
Después de un viaje que le resultó casi interminable al fin había llegado a la villa de los Codazzi, había tenido un montón de contratiempos y no solo por el hecho de que el bastardo de Jaime hubiera desaparecido para negarle el permiso de sacar a Estefania del país, sino también porque debió enfrentarse a los prejuicios de su madre cuando se enteró que había comenzado una relación con Nicolas Chaves, para ella era casi un sacrilegio que una mujer anduviera con un hombre menor, y tuvieron una discusión tan fuerte que estuvo a punto de suspender su viaje para quedarse con su hija.
Por suerte su madre la visitó dos días antes del viaje, para buscar a Estefania y hablaron más calmadas sobre el tema de Nicolas, terminó pidiéndole disculpas por su reacción pero se justificó diciendo que la había tomado por sorpresa.
Sin embargo, le ofreció todo su apoyo ya que era su única hija y por lo mismo no podía evitar preocuparse, lo único que deseaba era su felicidad y si era con ese chico ella lo aceptaría.
Como siempre su madre no podía enterarse que andaba saliendo con alguien, porque de inmediato la imaginaba vestida de novia y comenzaba a hacer planes de boda, no terminaba de comprender que lo último que ella deseaba era casarse de nuevo, después de la traumática experiencia con su ex marido, había renunciado a todo lo que tuviera que ver con compromisos formales, y a la mayoría de los hombres eso les gustaba.
—Hemos llegado señorita.
Mencionó el chofer sacándola de sus pensamientos, ella le dedicó una sonrisa y buscó dentro de su billetera para cancelar el servicio, bajó del auto y ya el hombre había sacado sus maletas, recibió el billete y se despidió de ella con un guiño de ojo. Jaqueline no pudo evitar sonreír pues desde que llegó a Roma unos diez italianos habían intentado conquistarla, pero lo hacían de una manera tan galante que la hacía sentir halagada en lugar de fastidiada como le sucedía la mayoría del tiempo.
—¡Jackie! Al fin estás aquí.
Se giró al escuchar la voz de su mejor amiga, la vio correr hacia ella y como si se tratasen de dos adolescentes se amarraron en un abrazo, tenían casi cuatro meses sin verse y eso para las dos era una eternidad. Sobre todo porque tenían demasiado por contarse.
—¿Cómo estuvo el viaje? —preguntó Paula con una sonrisa.
—Agotador… pero ha valido la pena, este lugar es tan impresionante como lo describiste Pau — contestó paseando su mirada por el paisaje.
—Yo pensé que había valido la pena porque me verías a mí.
Expresó fingiéndose dolida y después que Jaqueline la miró con sorpresa, comenzó a reír, sin siquiera notarlo había aprendido a usar ese tipo de juegos tal y como lo hacía Pedro.
—Te veo muy feliz —acotó Jaqueline sonriendo también.
—A lo mejor es porque así me siento, nunca había sido tan feliz en toda mi vida Jackie —confesó con la mirada brillante.
—Me alegro tanto por ti Pau, en verdad amiga es así como quise verte siempre… pero ahora vamos, que tenemos mucho que contarnos —señaló mientras caminaban abrazadas hasta la casa que ocupaba Paula, donde se quedaría Jaqueline también.
Llegaron hasta la habitación y mientras desempacaban Paula le contaba a Jaqueline todo lo que había transcurrido durante esos cuatro meses, ya estaban por finalizar las grabaciones así que solo debía esperar unas semanas más, y después podría gritarle al mundo que estaba perdidamente enamorada de Pedro Alfonso.
—Y hablando de tu encantador novio, ¿dónde está? —preguntó.
—Grabando —contestó y su semblante cambió de inmediato.
—¿Y por qué tú no estás allí? Se suponía que una de tus exigencias era estar presente en todas las escenas —mencionó Jaqueline extrañada.
—Bueno, sabía que llegabas hoy y me quedé fuera del set para recibirte, además Patricia me cubre no es necesario que esté presente todo el tiempo —contestó rehuyéndole la mirada.
—Entiendo… —esbozó y la verdad era que entendía muy bien, seguramente la escena que grababan era sobre algún encuentro íntimo y por eso Paula no estaba participando—. Creo que deberías ver alguna, aunque sea para asegurarte a ti misma que lo que verás en la pantalla cuando se estrene Rendición no es verdad —agregó mirándola.
—No sé si pueda Jaqueline, créeme estoy haciendo mi mayor esfuerzo por mantenerme aquí y no sucumbir a la curiosidad. Esto es en verdad una tortura porque aunque no las vea, mi mente no deja de imaginar cada detalle de las mismas y… ¡Demonios se supone que confío en él! —exclamó dejando libre la desesperación que había logrado contener hasta ese momento, se sentó al borde de la cama llorando.
—Pau, mírame —le pidió tomándole las manos—. Ustedes dos se aman, él te lo ha demostrado muchas veces, ¿no es así? —inquirió y Paula apenas logró asentir liberando un sollozo—. Bueno, entonces no importa lo que suceda en esas escenas, él es tuyo… deja que el actor haga lo que el personaje requiere, el Pedro real es quien debe importante y ése está loco por ti, te adora — esbozó manteniéndole la mirada, evitando que Paula huyera de nuevo.
—Lo sé Jackie y he intentado separarlos, pero hay momentos en los que mi cabeza me juega malas pasadas y termino sintiéndome así. Cuando estamos juntos me doy por completo, entregándole todo de mí para que sienta que ninguna otra mujer lo hará sentir igual, que nadie lo amará como yo, pero a veces me tortura la pregunta de sí será suficiente.
Se limpió las lágrimas con su mano temblorosa y dejó escapar un suspiro que liberara la presión que sentía en el pecho, se había estado guardando todo eso por demasiado tiempo y ahora que tenía a Jaqueline a su lado sentía que podía liberarlo pues ella la entendería.
—Paula Chaves es más que suficiente, te puedo asegurar que lo que tú le das a Pedro es todo para él… ¡Por Dios mujer! Fue a buscarte a América, se presentó en ese casting solo por ti, se jugó todas sus cartas para conquistarte de nuevo Paula... así que escúchame bien. Él te ama, te adora y jamás te cambiará por otra mujer —le aseguró rogándole al cielo que sus palabras fueran ciertas, porque no era de las que confiaba en los amores para toda la vida, pero sentía que debía hacer que Paula sí lo creyera—. Así que ahora mismo te levantas de allí y me acompañas a ver lo que están grabando, así compruebas por ti misma que ese hombre es completamente tuyo —pronuncio poniéndose de pie.
—Jackie… yo no creo que pueda… —decía cuando su amiga interrumpió sus palabras endureciendo su semblante.
—Puedes ¡Por supuesto que puedes! Así que vamos —mencionó jalándola del brazo para llevarla consigo aunque fuera arrastras.
Paula sentía su corazón latir demasiado de prisa mientras se desplazaban por el pasillo, incluso se sentía mareada y sabía que terminaría lamentando lo que estaba a punto de hacer, sus pensamientos eran un remolino que la lanzaba de un lado a otro; ni siquiera fue consciente de cómo había llegado hasta la puerta de la habitación donde estaban grabando, obviamente lo hizo arrastrada por Jaqueline, pero sentía el cuerpo tan tenso que apenas podía creer que hubiera caminado.
Uno de los hombres de producción que cuidaba la puerta, les hizo saber que debían esperar la orden de corten de Thomas para poder ingresar, pues el hombre como todo director odiaba las interrupciones. Esos minutos fueron eternos para Paula y en más de una oportunidad se sintió tentada a escapar corriendo del lugar, pero la mano de Jaqueline aferrada a su brazo se lo impedía.
Al fin se escuchó la enérgica voz de Thomas atenuada por encontrarse dentro de la habitación y el hombre abrió la puerta para que ellas pasaran. Jaqueline sintió el temblor que recorría a Paula y le dedicó una mirada para que intentara calmarse o quedaría al descubierto delante de todos, al tiempo que ella misma tomaba aire, se esforzó por mostrarse casual y brindarle la confianza que evidentemente necesitaba.
Paula no pudo evitar que su mirada buscara a Pedro, lo encontró acostado en la cama junto a Kimberly, ambos estaban recibiendo las indicaciones de Thomas mientras revisaban el libreto con Patricia, todo le hubiera parecido normal, solo una escena más si ambos no hubieran estado prácticamente desnudos, sus partes íntimas estaban cubiertas por prendas en color piel que dejaban al descubierto sus traseros, pudo comprobarlo gracias a que Kimberly se hallaba acostada boca abajo y su derrier se exponía por completo.
—Hola Jaqueline que agradable verte de nuevo —mencionó Patricia al verlas paradas tras las cámaras, se acercó para abrazar a la rubia.
—Lo mismo digo Patricia… ¿Cómo va todo? —preguntó para mantener su atención en ella y desviarla de Paula.
—De maravilla, es un hecho que terminaremos antes del tiempo estipulado y según los comentarios de Marcus, Guillermo y Thomas la posproducción será igual de rápida… el desempeño de Pedro y Kimberly es excelente —contestó y miró a la escritora—. Paula es maravilloso que te animaras a venir, esta es una de las escenas finales se supone que es de noche por eso vez todo tan oscuro —indicó refiriéndose a las cortinas corridas mientras les sonreía a ambas.
—Eso supuse —fue lo único que logró esbozar Paula que no podía apartar su mirada de Pedro y Kimberly— ¿Qué les indicaban? —inquirió intentando concentrarse en la
conversación.
—Que debían mostrase más conmocionados… se supone que prácticamente se están declarando lo que sienten, aunque no lo digan con las palabras habituales… esa fue una de mis escenas favoritas —comentó sonriendo mientras miraba a la pareja.
—¿Puedo? —preguntó Paula pidiéndole el libreto.
—Por supuesto… quizás deberías ir y mencionarles los sentimientos que cada personaje experimentaba en ese momento, oyéndolo de ti seguramente les resultará más sencillo plasmarlo — dijo mirándola.
—No creo que sea necesario, seguro ustedes lo hicieron bien.
—Por favor Pau, con el perdón de Patricia nadie conoce mejor la obra que tú, así que deberías ir y darles tus indicaciones —acotó Jaqueline viéndola directamente a los ojos.
—Jackie tiene razón, ve Paula —la instó Patricia sonriendo.
Ella asintió en silencio y les entregó una sonrisa antes de caminar hacia la cama donde reposaba la pareja, a cada paso que daba sentía que sus piernas se hacían más débiles, respiró profundamente para calmarse y cuando su mirada se encontró con la de Pedro algo dentro de su pecho pareció iluminarse, en sus ojos estaba la misma mirada que le dedicara siempre, esa que se desbordaba en amor, ternura y deseo.
—Hola —fue lo único que logró esbozar y se sentó al borde de la cama sin dejar de mirarlo.
—Hasta que te animaste —comentó él sonriéndole.
—En realidad me obligaron —indicó señalando con la cabeza hacia donde se encontraba Jaqueline
—Ya me parecía extraño… —dijo riendo y se emocionó al ver que ella también lo hacía, los deseos de besarla lo torturaban.
—Pau ¿sabes lo que rumoraban debido a tu negativa de asistir a estas escenas? —inquirió Kimberly para buscar integrarse a la conversación y ayudarlos a disimular como siempre hacía. La vio negar con la cabeza mientras la miraba con curiosidad, ella dejó ver una sonrisa traviesa y habló
—. Que no lo hacías porque no querías mirar a Pedro desnudo, que él te gustaba demasiado para poder controlarte si lo veías.
—¿Eso dicen? —preguntó mirándolos a ambos y ellos asintieron mientras sonreían, ella se sintió muy ofendida ¿acaso no creían en su profesionalismo? Se preguntó mirándolo con reproche—. Pues están equivocados, soy perfectamente capaz de ver a Pedro desnudo y portarme de manera profesional, me quedaré solo para demostrárselos —indicó elevando el rostro con altanería.
—Quiero comprobar eso —mencionó él sonriendo con perversidad.
—¿Qué? —cuestionó Paula mirándolo a los ojos.
—Que puedes verme desnudo y no dejar al descubierto cuánto me deseas —indicó dejando claro el reto en sus palabras.
Se puso de pie con un movimiento ágil deteniéndose solo unos segundos frente a Paula, tan cerca que pudo sentir como ella inspiraba con fuerza y temblaba ante su imagen apenas cubierta por el protector. Sonrió al ver que ella le recorría el cuerpo con la mirada y su labio inferior temblaba, le guiñó un ojo para después darle la espalda mostrándose completamente desnudo y caminó hasta las cavas donde se encontraban las bebidas para hidratarse.
—Es un desgraciado —murmuró Paula mientras se obligaba a aparta la mirada de él, sintiendo cómo ráfagas de fuego la recorrían.
—Sí lo es, se complace en provocarte todo el tiempo… pero el condenado tiene con qué, está muy bueno Paula —esbozó con naturalidad y cuando la escritora la miró sorprendida, se echó a reír— ¿Prefieres que te mienta? —preguntó sonriendo.
—Pues… no, pero al menos que no seas tan directa ¿Qué sentirías si te dijera lo mismo de tu novio? —preguntó sin poder evitarlo.
—Te diría que soy consciente de ello y que no me molesta, por el contrario mi orgullo femenino se hincha cada vez que eso sucede, porque yo estoy segura de Brandon y sé que ese hombre que muchas desean es completamente mío, como yo soy suya… así que aleja esas tontas dudas de ti, debes sentirte afortunada por tener a tu lado a un hombre como Pedro y sobre todo que te amé como él lo hace —indicó mirándola a los ojos para que viera que era sincera.
Paula se quedó en silencio analizando las palabras de Kimberly, eran las mismas que le dijera Jaqueline, su mirada buscó de nuevo a Pedro llevaba un albornoz y hablaba con Thomas, al parecer él también podía sentir su mirada pues de inmediato se volvió a verla. Comprendió en ese instante que ese hombre en verdad le pertenecía, no como un objeto sino como algo más importante, como si fuera una parte de ella, esa que la hacía sentir completa, le entregó una hermosa sonrisa mientras sus miradas hablaban por ellos. Al final se quedó para ver toda la escena, teniendo la certeza de que ya no había dudas torturándola.
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