miércoles, 9 de septiembre de 2015
CAPITULO 202
Pedro pretendía quedarse con Alicia toda la noche, velar su sueño y asegurar que todo había vuelto a ser como antes, odiaba la sola idea de perderla de nuevo. Pero su hermana le recordó que Paula lo esperaba, hablaron un poco más sobre su relación con ella para aligerar la tristeza y Alicia le confesó que le caía bien, pero que había sentido mayor empatía por Diana, aunque apenas la había visto una vez.
Cuando se quedó dormida Pedro cumplió su palabra de regresar a su habitación, la arropó como solía hacer cuando era niña, mientras recordaba cuando llegó a casa. Él no quería verla porque se sentía celoso, todo el mundo no hacía nada más que hablar de la nueva bebé y todavía no había llegado, así que cuando lo hiciera sus padres se olvidarían de él. Vio que Lisandro lo hacía y decía que era muy linda, así que también se acercó llevado por la curiosidad
Su madre había llegado con ella en brazos, estaba envuelta en una manta blanca como la nieve y era muy pequeña, con la piel sonrosada como si hubiera tomado mucho sol, unas largas y espesas pestañas que descansaban en sus mejillas pues dormía. De inmediato un sentimiento desconocido se instaló en su pecho, quedó tan cautivado por la pequeña Alicia, que pasó horas mirándola dormir y cuando se despertó lloraba tan fuerte que él se desesperó para que la atendieran, no porque le molestaba su llanto, sino porque no quería verla triste.
Se secó las lágrimas ante la nostalgia que le provocó ese recuerdo y el dolor de lo que acababa de vivir, acercándose a ella despacio le dio un beso en la frente y le acarició el cabello mientras se prometía a él mismo que no dejaría nunca que alguien volviera a hacerle daño. Se alejó caminando para salir de la habitación y antes de cerrar la puerta la miró una vez más para asegurarse de que ella estaría bien.
Caminó por el pasillo solitario, eran casi las dos de la mañana y suponía que Paula les había contado a todos dónde se encontraba, además de lo que estaba haciendo, los imaginaba con los nervios de punta mientras rezaban.
Acordó con Alicia hablar con el resto de su familia a la mañana siguiente, ellos merecían saber la verdad.
La habitación estaba oscura y en completo silencio cuando entró, solo los rayos de la luna que dibujaban la figura de Paula que dormía del lado derecho de la cama, la vio moverse cuando cerró la puerta tras él.
—Pedro —lo llamó con la voz ronca y le extendió la mano.
Él se acercó de inmediato sintiendo que necesitaba de Paula, de esa seguridad que ella le brindaba cuando el miedo lo golpeaba, se tendió en la cama para abrazarla con fuerza, no quería volver a recordar lo que había vivido con Alicia y mucho menos atormentar a Paula, así que se tragó su pena haciéndose el fuerte y le dio un beso para levantarse e ir al baño, se prepararía para dormir o al menos intentarlo.
—¿Qué sucedió con Alicia? —preguntó parpadeando para ajustar sus ojos a la oscuridad de la habitación.
—Todo está bien, sigue descansando amor, enseguida regreso —susurró dándole un beso y le dio la espalda para entrar al baño.
El esfuerzo por contener sus emociones estaba funcionando, pero en cuanto miró su reflejo en el espejo y éste le devolvió la desolación que cubría su semblante, no pudo seguir manteniéndose en pie. Se desplomó en el piso mientras lloraba amargamente, siendo consciente de lo que le había
sucedido a su hermana, que había estado a punto de convertirse en tío, que ella tuvo que enfrentarse sola a la angustia de un embarazo no planificado, al rechazo de un malnacido que le dio la espalda y luego a la pérdida de esa vida que llevaba en su vientre y había comenzado a querer.
La rabia lo hizo golpear fuertemente el piso con la mano, queriendo cobrarle a la vida lo que le había hecho a Alicia, comenzó a llorar estremeciéndose por los sollozos, lleno de ira, dolor e impotencia. Sintió la puerta abrirse y sus ojos se toparon con la figura de Paula que lo veía desconcertada, le rehuyó la mirada escondiéndose, pues no quería arrastrarla a ella a ese estado en el cual se encontraba.
—Pedro… amor… ¿Por qué estás así? —preguntó y al ver que él se negaba a responder se acercó poniéndose de rodillas a su lado e intentó tomarle el rostro para mirarlo a los ojos—.Pedro por favor mírame y dime lo que sucedió —pidió de nuevo sufriendo al verlo así.
Él no pudo hablar, apenas consiguió aferrarse a la cintura de Paula para buscar de manera desesperada alguien que lo mantuviera en pie, sentía que no podía con tanto dolor dentro de él.
Odiaba inspirar lástima y siempre había luchado por mostrarse fuerte, pero en ese momento le importaba una mierda todo eso, lo único que quería era poder sacarse del pecho lo que sentía y lo estaba matando.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver a Pedro de esa manera, se sentía tan impotente sin saber qué decirle y lo único que podía hacer era abrazarlo mientras le besaba el cabello, queriendo hacer mucho más, queriendo alejar de él esa pena que lo torturaba, se juró que si Alicia había sido la culpable de que él se pusiera en ese estado, le diría unas cuantas cosas así terminara odiándola a ella también.
Él comenzó a calmarse mientras dentro de su pecho las palabras pujaban por salir, sabía que quizás no debía contarle nada a Paula, después de todo era un secreto de Alicia, pero cómo hacer que su mujer entendiera lo que vivía si no se desahogaba, así que después de tomar aire y mirarla a los ojos, iba hablando a medida que los sollozos lo dejaban.
Paula no pudo disimular el asombro y el dolor que reflejaba en su rostro, a medida que Pedro le contaba lo sucedido a Alicia, ella sospechó lo del chico que la desilusionó pero nunca que el daño había sido tan grande, sin poder evitarlo comenzó a llorar, no solo por Pedro sino también por la chica, pensando que quizás su madre no había actuado tan mal después de todo, al menos no al sembrar en ella el miedo de un embarazo no planificado si no se cuidaba como debía.
Estuvieron allí al menos dos horas mientras él se desahogaba y ella lo consolaba, nunca lo había visto llorar de esa manera, parecía un niño de lo frágil que lucía con la cabeza apoyada en sus piernas, mojando con su llanto la seda de su camisón al tiempo que temblaba.
—Yo debí estar junto a ella Paula, tenía que haber regresado para ayudarla —decía culpándose sin poder dejar de llorar.
—Pedro por favor, ya para de culparte… Alicia te lo dijo ya, ella al igual que tú cometió un error y tuvo que enfrentarse a las consecuencias, lo más triste de todo esto es la pérdida del bebé, eso es cierto y es muy doloroso —hablaba acariciándole el pecho—. Pero que tú te culpes ahora no hará que él regrese, ni que las cosas sean distintas. Ahora lo que debes hacer es servirle de apoyo, cumplir con tu promesa de no abandonarla de nuevo y ser ese hermano que siempre fuiste, porque así como a ti no te gusta inspirar lástima, estoy segura que a Alicia tampoco, se le nota en el carácter — agregó mirándolo a los ojos.
—Me esforzaré por hacerlo… voy a dar lo mejor de mí, lo haré, te lo prometo Paula —decía respirando para no llorar de nuevo.
—Eso no debes prometérmelo a mí, sino a ti mismo —esbozó con una sonrisa al recordar las palabras que le dijera su madre hace meses.
Él asintió moviendo la cabeza y tragó para pasar las lágrimas, hacía mucho que no lloraba de esa manera, ni por una razón que no fuera la ausencia de Paula, pero ella estaba allí junto a él y en su mirada podía ver que lo estaría por siempre, se puso de pie extendiéndole la mano a ella para ayudarla a levantarse mientras le sonreía.
—Vamos para que te des un baño y te acuestes, debes estar agotado —mencionó acariciándole la espalda con un gesto tierno.
Caminaron hasta la ducha y aunque ella planeaba quedarse fuera mientras Pedro se bañaba, él le pidió que lo acompañara y Paula aceptó. Experimentando otras sensaciones en ese momento, pues el mismo carecía de lujuria y deseo, pero se desbordaba en cariño y comprensión, dejándoles ver que su amor no estaba basado nada más en una atracción física, sino en sentimientos más reales y profundos.
Paula incluso tomó una toalla para secarlo como si se tratase de un niño y lo llevó hasta la cama de la mano, acostándolo sobre su pecho para dormirlo mientras le cantaba en susurros Di Sole e d'azzurro
—Vorrei illuminarti l'anima, nel blu dei giorni tuoi più fragili, Io ci sarò —sonrió al ver la sorpresa reflejada en su rostro, lo besó y siguió arrullándolo y acariciándole el cabello para hacer que se durmiera.
A la mañana siguiente cuando todos se reunieron para el desayuno, el ambiente parecía normal, pero las miradas que intercambiaban los que se encontraban ajenos a la conversación entre Alicia y Pedro, hacían evidente su desespero por saber lo que había sucedido. Sobre todo porque Pedro aún no llegaba, Paula lo había dejado dormir un par de horas más, sabía que debía estar exhausto y solo le quedaba ese día para descansar antes de regresar a la villa para continuar las grabaciones.
—Parece que a alguien no lo dejaron dormir mucho anoche —mencionó con sorna Lisandro cuando vio entrar a Pedro a la cocina, las sombras bajo sus ojos eran demasiado notorias para pasarlas por alto.
Alicia dejó ver una sonrisa ante el comentario de Lisandro, el leve sonrojo de Paula y Pedro frunciendo el ceño, sus hermanos siempre se portarían como dos niños, su mirada se encontró con los ojos azules de su hermano y ver cómo se iluminaban la hizo muy feliz.
—En realidad… quien no dejó dormir a Pedro anoche fui yo, se lo robé a Paula casi hasta la dos de la madrugada —esbozó ella levantándose de la silla para ir a recibirlo.
Amelia dejó caer la cucharilla con la cual estaba sirviendo la mermelada, Fernando casi se ahoga con el café, Vittoria la miró como si fuera una extraterrestre y Lisandro se quedó con la boca abierta a la espera del trozo de pan en su mano, cuando la vieron abrazar a Pedro con fuerza y además le daba un beso en la mejilla.
—¿Alguien nos puede explicar lo que sucede? —pidió Amelia mirando a sus hijos que se veían con semblante cansado, pero sonrientes.
Ella estaba al tanto de la conversación que tuvieron, porque Paula se los comentó cuando regresó al salón la noche anterior, apenas había logrado dormir por la zozobra que sentía, pero un buen presentimiento en su pecho le dijo que quizás Pedro y Alicia podían reconciliarse. Claro está, no esperó que fuera tan pronto, cuando la confianza se pierde cuesta mucho restablecerla y ella sabía que su hija la había perdido.
—¿Les parece mejor si desayunamos y después hablamos? Es que me muero de hambre madre — indicó Pedro mirando a su progenitora con una sonrisa que llegaba a su mirada.
Antes de sentarse junto a Paula le dio un beso en el cabello a Alicia y le dedicó una mirada para hacerle saber que todo estaría bien. La vio asentir apenas con la cabeza, evidentemente estaba nerviosa, pero a pesar de ello le entregó una hermosa sonrisa y regresó a su puesto.
Aunque todos, a excepción por supuesto de Pedro, Paula y Alicia, deseaban desesperadamente conocer lo que había sucedido, intentaron mostrarse casuales mientras desayunaban, haciendo comentarios del agradable clima que hacía, de sus compromisos al regresar a Roma, lo que harían esos días y tantas cosas más para distraerse.
—¿Vittoria me ayudas con la vajilla por favor? —solicitó Paula cuando terminaron, y su mirada le pedía a la novia de Lisandro que le siguiera la corriente, mientras se ponía de pie.
—No es necesario Paula, ya ustedes cocinaron, nos toca a nosotros —mencionó Fernando como el caballero y el abogado justo que era, al tiempo que se levantaba de su silla.
—Suegro déjenos a nosotras, así nos salvamos de cocinar para el almuerzo, es un trueque justo — mencionó Vittoria con una sonrisa.
Ella entendió la mirada de Paula y sabía que la familia necesitaba espacio, así que se puso de pie y comenzó a ayudar a la escritora a recoger la mesa, le guiñó un ojo a su novio que la miraba asombrado. Odiaba tener que lavar platos, o hacer cualquier tarea del hogar y lo único que sabía hacer con las sábanas de una cama era desarreglarlas, del resto era una completa inútil para todo eso, solo esperaba que Paula tuviera más práctica, porque ella fue criada rodeada de un ejército de personas que le hacía todo.
Alicia vio que Paula intentaba facilitarle las cosas y le agradeció por ello con una sonrisa amable, después buscó a Pedro con la mirada para conseguir valor a través de su hermano. Él asintió moviendo apenas su cabeza, pues sentía las miradas de sus familiares puestas en los dos, no quería que Alicia se sintiera presionada.
—Papá, mamá… Lisandro —mencionó con la voz ronca, se detuvo para aclararla un poco, tragó para tomar aire luchando por sosegar los latidos de su corazón y continuó—. Quisiera hablar con ustedes —pidió y de nuevo miraba a su hermano— ¿Pepe puedes acompañarnos por favor? —le preguntó mirándolo.
—Por supuesto, vamos al salón —se levantó y miró a Paula.
—Nosotras terminaremos aquí y saldremos a pasear un rato, no se preocupen —respondió ella mirándolos a todos mientras sonreía.
—Claro… —indicó Vittoria asintiendo con la cabeza, siguiéndole la corriente a Paula aunque no entendía nada y se moría por descubrir qué había pasado para ver ese cambio en Alicia.
—Bien… vamos —pronunció Amelia sintiendo que una incómoda sensación de zozobra se apoderaba de su cuerpo, se acercó a su esposo y le tomó la mano para caminar con él hacia el salón.
Lisandro casi les exigía a sus hermanos que le dijesen lo que ocurría con la mirada, pero al ver que ambos le rehuían se armó de paciencia y caminó con todos hacia el salón. Era evidente que algo había ocurrido para que Alicia se mostrase así y además que Paula lo sabía, quizás Pedro se lo había contado, a lo mejor su hermano se había decidido a decirle toda la verdad a Alicia, aunque parecía que la que tendría la voz cantante en esa reunión sería ella y no Pedro.
Pedro caminaba al lado de su hermana sintiendo la ansiedad recorrer todo su cuerpo, no sabía cómo tomarían sus padres lo sucedido y aunque siempre habían sido muy compresivos, quizás les daría mucho más fuerte enterarse de lo de Alicia, después de todo ese bebé que murió hubiera sido su primer nieto. Llegaron hasta el salón y todos tomaron asiento, el silencio tardó en ser llenado por Alicia al menos un minuto.
Ella intentó hacerles el relato a sus padres mucho menos dramático, pero las expresiones en sus semblantes no la ayudaban mucho y ni siquiera se animaba a mirar a Lisandro que parecía una estatua a su derecha, de vez en cuando lo miraba de soslayo para ver si seguía respirando, a su lado Pedro le tenía la mano tomada y le acariciaba el dorso levemente con el pulgar cada vez que la sentía temblar.
Amelia y Fernando escuchaban atentos cada palabra de su hija y las emociones en ambos eran muy similares, por parte de ella el instinto de madre prevalecía sobre cualquier otro, mientras que en él lo hacía más ese instinto de hombre que desea vengar la afrenta sufrida por su hija, buscar a ese miserable y cobrarle cada lágrima que había derramado.
Pero en los dos lo que más pesaba era el sentimiento de culpa al comprender que nada de eso hubiera pasado si hubieran tenido más comunicación o hubieran estado más pendientes de su pequeña.
Cuando llegó el momento más difícil todos lloraban, incluso Pedro que ya conocía la historia volvía a hacerlo, le dolía ver en el rostro de sus padres más que decepción como ocurrió en su caso, una gran culpa, sostuvo a Alicia rodeándole los hombros con un brazo y le daba besos de vez en cuando en la cabeza.
Amelia sentía que el dolor que estaba atravesando era quizás mayor a aquel que sintió por Pedro, porque en el caso de su niña fue una vida lo que se perdió, una vida que ella hubiera amado con toda su alma sin importarle la circunstancias de su concepción. Mientras Fernando se sentía tan impotente y a la vez furioso con él mismo, intentaba respirar para drenar el dolor en su pecho, nunca había sufrido del corazón pero ante las sensaciones que lo embargaban, lo mejor era intentar calmar los latidos de su corazón, no era el mejor momento para tener un ataque.
—Mamá… papá, lo siento tanto… por favor perdónenme, sé que fui demasiado irresponsable, que todo lo que sucedió fue mi culpa y les juro que si hubiera previsto lo que sucedería nunca habría actuado de esa manera, no me arrepiento de ese bebé que llegué a querer, pero… si tan solo… — decía en medio de sollozos mientras las lágrimas bajaban copiosas por sus mejillas, cada vez se le hacía más difícil respirar y el nudo en su garganta también le dificultaba hablar.
—Ven aquí mi niña —le pidió Amelia moviéndose en el sillón mientras le extendía los brazos, intentando sonreírle en medio del dolor.
Alicia corrió hasta ella y se refugió en el regazo de su madre, quien de inmediato la envolvió entre sus brazos para arrullarla. Ella se volvió para mirar a su padre pidiéndole con la mirada que la perdonara por el sufriendo que le estaba causando, él envolvió con sus brazos a las dos, mientras sus ojos azules reflejaban todo el dolor y la culpa que sentía.
—No tenemos nada que perdonarte Alicia, ya no llores mi niña… ya lo has hecho demasiado, por favor no sigas… lo que más me duele de todo esto es que hayamos sido tan ciegos, que no viéramos lo que te sucedía… porque quizás las cosas hoy fueran distintas —mencionó Fernando con la voz ronca por las lágrimas que ya no se esforzaba por contener.
Ella se extendió un poco más explicando por qué su resentimiento había sido mayor hacia su hermano, diciéndoles que después que él desapareció, todos aquellos que se decían sus amigos le dieron la espalda, ya no era la hermana del gran actor, sino de un fantasma y muchos se molestaron con ella cuando decía que no sabía dónde se encontraba, la tildaron de mentirosa y que no confiaba en ellos. Pasó de ser la chica más hermosa y popular de la escuela a la más rechazada por todos, puesto que además Cesare se había encargado de decir que Pedro era un abusador de mujeres y que él había vengado a su hermana pagándole con la misma moneda y comenzó a burlarse de ella delante de todo el mundo cada vez que la veía.
Sus padres y Lisandro también le solicitaron el nombre completo del chico, para buscarlo y exigirle una explicación, pero Alicia los hizo desistir al decirles que volver a encontrarse con él, sería revivir ese horrible episodio de su vida que deseaba olvidar, además de decirles la condición en la cual él se encontraba actualmente.
El mismo sentimiento que percibió en Pedro el día anterior al enterarse de lo ocurrido, los invadió a ellos, pues sentían que ese joven merecía un castigo, incluso Amelia que era tan compasiva y no le deseaba mal a los padres del chico, pensó que la vida le había dado una gran lección por haber hecho tanto daño a su hija, si ellos como padres habían fallado, no podía decir que los de aquel joven fueran los mejores.
Todos se sorprendieron y voltearon a ver hacia Lisandro cuando dejó escapar un sollozo. Hasta el momento el mayor apenas había hablado y no había mostrado reacciones como las de sus padres o las que tuvo Pedro la noche anterior, sabían que había llorado porque se limpiaba las lágrimas con disimulo, pero cuando se llevó las manos al rostro para cubrirlo escondiéndolo además entre sus piernas y comenzó a sollozar, todos quedaron perplejos.
—Lisandro, por favor no llores —le pidió Alicia acercándose a él.
—No… no me pidas que no me sienta mal, fui yo quien más falló, se suponía que debía cuidar de ambos, que era su hermano mayor y mi responsabilidad es que a ninguno de los dos les pasara nada —lanzó en un torrente de palabras y sollozos que apenas lograba esbozar.
—Tú no has fallado en nada Lisandro, fueron nuestras decisiones… no te culpes ni te pongas de esa manera —indicó Pedro que también se había levantado y caminó hasta él.
Alicia se puso de rodillas ante su hermano y le tomó el rostro para que la viera a los ojos, con ternura le limpió las lágrimas que bajaban por sus mejillas. Él la tomó como si fuera una niña de cinco años y la sentó en sus piernas, llenándole el rostro de besos.
—Eres mi princesa… siempre lo serás Alicia, tenías que habernos hablado de todo eso y sí me siento molesto, pero porque pensé que confiábamos unos en los otros —dijo mirándola a los ojos y después le extendió la mano a Pedro haciendo que se sentara en el brazo del asiento, a su hermano también le rodeó la cintura con el brazo, mientras las lágrimas seguían desbordándose—. No vuelvan a hacerlo nunca más, no quiero un jodido secreto, ni misterio entre nosotros… si tienen un problema háblenlo carajo… yo soy su hermano y sea lo que sea que les ocurra encontraremos la solución, pero no se callen por favor —les pidió a ambos con esa seriedad que pocas veces mostraba, mirándolos.
Pedro y Alicia asintieron en silencio, pues la voz de ambos había sido reemplazada por todas las emociones que los embargaban. Ella se acurrucó contra Lisandro como queriendo ser de nuevo la niña consentida y feliz que una vez fue, mientras Pedro le envolvió los hombros a su hermano con un brazo y le dio un beso en el cabello, queriendo agradecerle por todo lo que había hecho por ambos.
Amelia y Fernando al ver esa imagen de sus hijos apenas podían contener las lágrimas y la felicidad, era como si volvieran a ser los niños que ellos recordaban antes de que el dolor tocara a su familia, ahora estaban en ellos las huellas de las experiencias vividas y comprendieron que habían crecido, pues los golpes los habían enseñado.
—Nosotros somos los mayores responsables Lisandro, tú has sido un hijo excelente y no debes culparte por algo que aún no te corresponde, pero toma esto como experiencia… cuando nos casamos pensamos que nuestra vida sería perfecta, ya vez que nada debe darse por sentado, fallamos en muchos aspectos, pero la vida nos está dando una nueva oportunidad a todos, incluso a nosotros — pronunció Fernando captando la atención de sus hijo y los miró sintiendo tanto amor por los tres.
—Si tú fallaste Lisandro, nosotros como padres somos un desastre, les dimos libertad pensando que de esa manera los beneficiaríamos, pero olvidamos los peligros que existen fuera de nuestra familia, y ante los cuales nos encontramos impotentes por no poder estar a su lado todo el tiempo…
debimos ser más claros, debimos pensar en que ustedes no eran perfectos, que eran humanos y propensos a equivocarse… —habló Amelia con la voz ronca por el llanto derramado—. Lo sentimos tanto hijos… les pedimos perdón a los tres, incluso a ti Lisandro por haberte dejado sin saber una responsabilidad que no era tuya.
—Yo no me siento mal por ello madre, no se disculpe conmigo —indicó él mirándola a los ojos.
—Lo hago porque así lo deseo… ven aquí, después de todo tú también fuiste nuestro niño y aunque nunca pasaste por situaciones como las de tus hermanos, eso no quiere decir que no hayamos fallado contigo… —le dijo cuando él se paró frente a ella y le instó a que se sentara en medio de ambos, le dio un beso en la mejilla—. Mira la edad que tienes y aún sigues pensando como cuando tenías diecisiete, creo que es hora que sueltes nuestras responsabilidades y asumas las tuyas — mencionó mirándolo a los ojos mientras le acariciaba el cabello.
Él la miró un tanto sorprendido, pero supo de inmediato a lo que se refería, ese intercambio de miradas con su madre le dio el valor para hacer lo que debía, lo que había deseado desde hacía mucho tiempo pero que por miedo a fallar no había realizado. Él era un hombre responsable, nada más su profesión lo decía, cada vez que comandaba un vuelo era decenas de almas que se ponían en sus manos, así que sonrió sintiéndose de cierto modo feliz y liberado porque ya no había temor en su ser.
—Ve y entrégaselo… sé que siempre lo llevas contigo —mencionó Amelia con una gran sonrisa y lo besó en la frente.
Fernando que no tenía secretos con su mujer sabía a lo que se refería, le guiñó un ojo a ella y le asintió en silencio cuando Lisandro buscó su mirada, después lo abrazó con fuerza para asegurarle que todo estaría bien, lo hizo ponerse de pie y le dio una nalgada como cuando era un niño y lo enviaba a hacer algo, sonrió ante la sorpresa de su hijo.
—Anda… o tu hermano te ganará la partida —esbozó refiriéndose a Pedro y le guiñó un ojo.
—Ni loco, yo soy el mayor… y seré el primero en casarme —indicó Lisandro con una gran sonrisa.
Se acercó a Pedro para desordenarle el cabello y le dio un beso a Alicia en la frente, después de eso salió corriendo hacia su habitación. Su madre tenía razón siempre lo llevaba con él, incluso durante sus vuelos, a la espera del momento adecuado y así habían transcurrido tres, pero había llegado, ese era el correcto, todo se lo gritaba.
Subió hasta su habitación con rapidez y buscó entre sus cosas la pequeña caja de terciopelo negra, la abrió encontrándose con la elegante sortija de oro blanco coronada con un diamante de corte imperio, le había costado una pequeña fortuna pero su futura esposa merecía eso y más. La cerró manteniendo una hermosa sonrisa en su rostro, se la guardó en un bolsillo, sabía que había salido con Paula a pasear por el pueblo, ya no quería esperar más así que salió a buscarla.
CAPITULO 201
Después de tomar aire levantó la mano para golpear en la madera, no recibió respuesta a su primer llamado así que lo intentó de nuevo, estaba por llamar de nuevo cuando escuchó la voz de su hermana invitándolo a pasar. Sintió su corazón hacer sus latidos más lentos y pesados mientras giraba la perilla, en ese instante se dio cuenta que no sabía qué le diría, así que recurrió a parte de sus cualidades como actor: La improvisación.
—Hola… ¿Puedo pasar? —preguntó asomando medio cuerpo.
—¿Qué sucede? —contestó con una pregunta, de inmediato se puso en guardia pensando que él venía a reclamarle por lo sucedido con su novia, se sentó pegando la espalda en el cabecero de la cama.
—Nada, solo quería saber si te sentías bien, después de la cena desapareciste —contestó entrando y cerró la puerta tras él.
—Fui a la terraza, seguramente tu novia te lo habrá dicho.
—¿Paula? —preguntó jugando a que no sabía nada.
—Sí, y no vengas a decirme que no lo sabías porque estoy segura que ella fue a contarte que la puse en su lugar por querer meterse en mis asuntos —respondió mirándolo de manera desafiante.
—No me ha dicho nada, solo que intentó entablar una conversación contigo —dijo frunciendo el ceño, pues lo que temía había ocurrido.
—¿Una conversación? Yo más bien diría que fue un interrogatorio —señaló mirándolo molesta mientras se cruzaba de brazos. Él sonrió ante ese comentario, su hermana tenía razón, todos los miembros de la familia Chaves eran así, lo que ellos percibían como una simple conversación, terminaba siendo un duro interrogatorio para sus interlocutores, su mirada se encontró con la de Alicia. —¿Cómo la conociste? Porque ya sé que no fue en el casting… sino hace muchos años —indicó relajándose un poco, dejándose ganar por la curiosidad al ver el brillo en la mirada de Pedro.
—Esa es una larga historia… —mencionó lanzando el anzuelo y al ver que Alicia se quedaba en silencio sin dejar de mirarlo continuó—. Pero si deseas escucharla y no tienes sueño puedo contártela.
—Bien —contestó rodándose un poco en la cama para hacerle espacio, no lo invitó a sentarse, pero esperaba que él entendiera. Pedro sintió que la llama de la esperanza se hacía más intensa dentro de su pecho, se acercó para tomar asiento y se quitó los zapatos con los talones, después se movió apoyando su espalda en el cabecero y estiró las piernas sobre la cama, posó su mirada en Alicia sonriéndole.
—La conocí en la Toscana, hace ya cuatro años… —decía como quien inicia un cuento de hadas.
—Espera… ¿Ella es la chica de la que hablaste en la entrevista? —inquirió sorprendida, pues siquiera creía que existiese en realidad.
—Sí, es la misma… la que me enamoró… y también me salvó —respondió sintiendo que la emoción de pronto era reemplazada por el miedo. Había llegado la hora de contarle todo a su hermana, tomó aire para infundirse valor mientras la miraba a los ojos—. Alicia… yo quiero contarte los motivos que me llevaron a ausentarme por tanto tiempo, y comprenderé si después de esto… —su voz se quebró ante el temor, pero la mirada de su hermana le pedía continuar—. Entenderé cualquier decisión que tomes, solo te pido que me escuches hasta el final —dijo mirándola fijamente a los ojos, rogándole con la mirada que le diera una oportunidad para recuperarla. Alicia asintió en silencio mientras dentro de su pecho se expandía una extraña sensación, suspiró esforzándose por no llorar al ver la mirada de su hermano tan turbada, le prometió sin palabras que escucharía todo lo que tenía que decirle, pues deseaba hacerlo de él y no de terceros. Pedro comenzó a relatarle la historia tal cual lo hiciera con Paula años atrás en ese mismo lugar, era asombroso como todo parecía coincidir una vez más y el mismo miedo que lo invadió en aquel entonces ante un posible rechazo por parte de Paula, una vez más latía en su interior, pero esta vez por perder por completo a Alicia, por defraudarla como había hecho años atrás con el resto de su familia. Su hermana mostró muchas de las reacciones que se esperaba, le había prometido escucharlo hasta el final y lo estaba haciendo, pero eso no limitó que le reclamara varias veces su manera de proceder, sobre todo cuando le contó lo del robo del talonario de récipes a su madre, y la vio sorprenderse al saber de las fiestas que llevaba a cabo junto a Stefano.
—Tú estuviste a punto de morir esa noche y yo… —se llevó las manos al rostro para ocultar su vergüenza y también sus lágrimas.
—No te pongas así Alicia, yo merecía aprender la lección… debía reaccionar y parar, lo que me pasó tenía que sucederme. Yo me lo busqué y nadie más tuvo la culpa, ni nuestros padres, ni Lisandro, mucho menos tú hermosa… por favor ya no llores mi niña —mencionó envolviéndola con sus brazos para arrullarla contra su pecho, mientras le besaba el cabello, sintiéndola estremecerse por los sollozos—. Todo está bien ahora, dejé todo eso desde aquella noche… y no me he acercado a ninguna maldita droga desde entonces, no volveré a hacer nada que los dañe Alicia… mírame — ella lo hizo y le siguió—. Te lo prometo.
—No está bien Pepe, nada está bien… ¿Por qué no me dijiste nada? Tenías que habérmelo contado, yo te hubiera ayudado —mencionó con rabia mientras lo miraba a los ojos.
—Porque no quería defraudarte, porque me daba vergüenza —confesó desviándole la mirada.
Ella lo comprendía mejor de lo que podía pensar, pues también había pasado cuatro años de su vida ocultándole a su familia un gran secreto, simplemente porque no podía siquiera imaginar la vergüenza y la decepción que les causaría si llegaban a enterarse. El dolor que había sufrido años atrás regresó derrumbando las presas que lo contenían, no pudo controlar su propio llanto y comenzó a llorar aferrada a su hermano, justo como quiso hacer en ese entonces, pero él no estuvo.
—Yo te necesité tanto Pedro —esbozó entre sollozos.
—Lo sé mi niña… lo sé… —susurraba acariciándole el cabello.
—No, no lo sabes… no tienes ni idea lo que viví cuando tú no estuviste. Nadie lo sabe —señaló intentando ponerse de pie pero él la detuvo y eso la hizo sentir acorralada.
—¿De qué hablas Alicia? —inquirió él presintiendo que había algo más detrás de sus palabras y su actitud. Ella se quedó en silencio mientras gruesas lágrimas bajaban por sus mejillas, al tiempo que su corazón latía como un ave salvaje que es enjaulada y no lograba dar con su voz para responder a la pregunta de Pedro, todo el miedo por verse descubierta la golpeó de pronto.
—Alicia por favor háblame, dime qué te sucedió cuando yo estuve en la villa de los Codazzi —le exigió sintiendo sus latidos acelerados.
—Por favor Pepe… no vayas a juzgarme, ya lo he hecho hasta el cansancio yo misma —rogó mostrándose como la niña que él dejó cuatro años atrás antes de tener que internarse en la Toscana.
—Hermosa yo no voy a juzgarte… ¡Por Dios Alicia! Mira todo lo que acabo de contarte y tú aún sigues aquí… ¿Cómo puedes creer que me atreveré a ser tu juez, cuando tú no lo has sido conmigo? —preguntó mirándola a los ojos, limpiándole las lágrimas con sus pulgares.
—Es que yo fui tan estúpida —esbozó rehuyéndole la mirada.
—¿Y acaso yo no lo fui? No creo que haya existido alguien más imbécil que yo, no solo dejé que Stefano me llenara de porquerías, sino que además le permití que me robara y estuve a punto de morir —indicó buscando su mirada—. Alicia por favor confía en mí, lo que sea que tengas que contarme te prometo que lo entenderé —dijo mirándola.
Ella sintió de pronto que podía hacerlo, que Pedro la comprendería y la ayudaría a llevar esa carga tan pensada, apretó las manos de su hermano para sentir a través de ese toque la fortaleza de la cual carecía en ese momento, lo miró a los ojos pidiéndole que la escuchara, él asintió y ella comenzó.
—Cuando entré al último año de la preparatoria, el chico que siempre me había gustado comenzó a acercarse a mí, yo me sentía tan feliz —mencionó mostrando una mueca de sonrisa, suspiró para continuar con su mirada puesta en la unión de sus manos—. Nos hicimos novios y yo sentía que era la envidia de todas las chicas de la escuela, porque el joven más apuesto estaba enamorado de mí — esbozó dejando escapar una lágrima, tomó aire para seguir—. Además tú eras mi hermano y eso hacía que todos quisieran ser mis amigos y tenerme cerca, me hacían sentir tan ridículamente importante —agregó mirándolo.
—Sé lo que es eso… y ese chico ¿tiene nombre? —preguntó dejando salir ese sentido de hermano protector que sentía hacia ella.
—Tiene… pero no te lo diré. Es lo mejor Pedro —contestó manteniéndole la mirada, él asintió y ella prosiguió—. Él era mayor que yo por dos años y ya tenía cierta experiencia, así que nuestra relación cada vez se fue haciendo más intensa —esa última palabra la susurró sin mirarlo, sintió de inmediato cómo su hermano se tensaba.
—Alicia tú eras apenas una niña, tenías quince años… —decía cuando ella lo interrumpió.
—Acababa de cumplir dieciséis, recuerda que cumplo casi tres meses antes que tú —le recordó, él frunció el ceño pero no dijo nada más—. Igual tienes razón… era muy niña para darme cuenta de algunas cosas.
Pedro esperaba que su hermana le dijera que descubrió al chico engañándola con alguna de las falsas amigas, que esa edad nunca falta y que eso hizo que se despertara en ella, el rechazo que sentía por los hombres. Aunque muchas pasaban por situaciones así y las superaban sin tanto rencor, pero tratándose de mujeres jamás se sabía, tal vez para Alicia que siempre había sido criada dentro de un mundo rosa, un evento como ese podía trastocarla más que a otras chicas.
Ella sentía que debía decirle todo de una vez, que entre más vueltas le diera a eso le resultaría más difícil, pero no era fácil contarle a su hermano mayor lo que hizo, sobre todo cuando no había logrado ni siquiera abrirse con su madre y decírselo, tomó aire mientras buscaba las palabras para retribuir la confianza que Pedro le había brindado.
—Él llevaba dos meses insistiendo para que… estuviéramos juntos, yo sentía miedo y muchas dudas, pero lo quería, de eso era lo único que estaba completamente segura, así que acepté entregarme a él —se detuvo al sentir que Pedro se había tensado tanto que parecía una piedra, ella buscó su mirada pidiéndole comprensión—. Por favor Pepe, no esperarías que a esta edad siguiera siendo virgen —esbozó defendiéndose de esa mirada acusadora que él mostraba.
—A esta edad no, pero a los dieciséis esperaba que sí… sin embargo prometí no juzgarte, no soy quién para ello. Continúa por favor Alicia… Espera ¿dónde y cuándo fue? —la interrogó y su voz exigía una respuesta, no cedería como lo hizo con lo del nombre del chico. Si ese imbécil se había llevado a su hermana a algún basurero o la había obligado, podía jurar que lo encontraría y le daría la paliza de su vida, porque Alicia era su princesa y lo mínimo que deseaba para ella era que hubiera sido tratada como tal.
—Ambos éramos menores de edad y no podías ir a ningún hotel, así que pensamos en hacerlo en la casa de nuestros padres… —la mirada asombrada de Pedro la hizo apresurarse—. No irrespeté la casa de papá y mamá no me mires así… fue durante el viaje que hicimos a las ruinas de Pompeya, nos escapamos a medianoche de los profesores —esbozó bajando la mirada, sintiéndose muy avergonzada.
—¡Malditos viajes de escuela! —exclamó molestándose, pero al ver la actitud de su hermana recapacitó, suspiró llenándose de paciencia—. Alicia mírame… —le tomó el mentón para hacer que lo viese a los ojos y después habló—. Confieso que era algo que no me esperaba, pero tampoco es un pecado lo que hiciste, me hubiera gustado que esperases un poco más, no te lo negaré. Sin embargo, fue tu decisión y nosotros no podemos hacer nada, solo respetarla… es lo que siempre nos han dicho nuestros padres —decía cuando lo interrumpió negando con la cabeza.
—Es que no todo terminó allí… lo peor vino después —mencionó sintiendo de nuevo la rabia y el dolor regresar a ella.
—¿A qué te refieres con eso? —inquirió, aunque sospechaba que era lo que había pensado, el chico la engañó con otra.
—Cuando regresé a la casa y me enteré que no estabas me sentí un tanto aliviada, si tú estabas de viaje no notarías lo que había sucedido, siempre he sentido que tienes el poder de ver a través de mí como si fuera un cristal —contestó y al ver que él sonreía sintió la necesidad de acercarse más a su hermano, le tomó la mano entrelazando sus dedos.
Pedro sentía que había recuperado casi del todo a Alicia, pero aún dentro de él latía esa sensación de zozobra que no lograba dominar, quizás esa manera de contarle a cuenta gotas lo que le había sucedido lo tenía en ese estado de tensión, pero intentó relajarse por ella.
—Seguramente lo habría notado… o quizás no, ni siquiera me di cuenta de que estabas enamorada —indicó frunciendo el ceño.
—Sabía que Lisandro y tú se pondrían como locos si se los decía, así que preferí callar, no te imaginas cuánto me arrepiento de ello —dijo y detuvo sus palabras para sumirse un instante en sus pensamientos, inhaló decidida a acabar con eso—. Después de tres semanas comencé a sentirme extraña y pensé que era todo el estrés de los exámenes, así que no le presté atención, pero cuando se lo conté a una amiga me dijo que si estaba usando protección… —Pedro cortó sus palabras.
—Ustedes tomaron precauciones ¿no es así?—preguntó mirándola a los ojos y cuando la vio negar fue como si lo patearan en el pecho— ¡Mierda Paula! —Pedro la miró sin poder creer lo que su hermana le estaba diciendo, sentía demasiada presión en el pecho— ¿Cuántas veces nuestra madre habló de eso con nosotros? Incluso papá que le costaba más tratar esos temas nos advertía que debíamos ser cuidadosos —expuso sintiéndose en verdad molesto.
—Lo sé… Pepe lo sé… pero él me dijo que la primera vez no ocurría nada, que sería más fácil para mí si no usaba preservativo y que él estaría atento —respondió sintiendo la cara prendida del sonrojo.
—¡Pues el muy miserable te mintió! —se quedó callado, intentó controlarse cuando la vio temblar, las palabras hervían junto a la rabia en su interior—. Sigue ¿qué pasó luego? —le exigió, había decidido buscar a ese malnacido aunque le llevara años dar con él.
—Quise hablar con mamá pero ella estaba demasiado preocupada por ti, sentía que no era el momento adecuado y no estaba segura de nada, mi amiga logró sobornar a la empleada de una farmacia para que le vendiera un test de embarazo y pude hacerme la prueba —su voz se quebró impidiéndole continuar, mientras las lágrimas bajaban por sus mejillas, sintiendo que revivía el mismo terror de antes.
—¿Dio positivo? —inquirió Pedro con la respiración acelerada, aunque era más una afirmación por el tono de su voz. Ella asintió en silencio sollozando, su llanto se hizo más amargo y doloroso al tiempo que sentía que el pecho se le abría en dos, intentó limpiarse las lágrimas que le nublaban la visión pero más salían, no se atrevía ni siquiera a elevar el rostro para ver a su hermano.
Pedro se levantó alejándose de ella para no lastimarla con la ira que corría por sus venas, no se sentía furioso con ella porque Alicia no había sido culpable de nada, solo de creer en una basura que la ilusionó. Apenas podía procesar la idea de que su hermana estuvo embarazada con apenas dieciséis años, y que nadie nunca se dio cuenta de ello, porque de haberlo hecho él se habría enterado, su madre no le ocultaría algo así, eso despertó un gran temor en su pecho y la miró.
—¿Fuiste a hablar con él? —preguntó desde la distancia donde se encontraba. La vio asentir mientras intentaba contener el llanto—¿Te dijo que no lo tuvieras? —inquirió, aunque ya sospechaba la respuesta.
—No… —esbozó con la voz ronca mientras negaba con la cabeza—. Me dijo que no era posible porque él había sido muy cuidadoso, que estaba mintiendo y que él no se haría responsable de nada porque no era su problema, que me las arreglara como pudiera —contestó sin mirarlo.
—¡Maldito miserable! Claro que era responsable, ¿o acaso tú te embarazaste sola? Él también participó y debía responder —indicó caminando para drenar le furia que sentía quemándole el pecho.
—Yo le exigí que me ayudara, que no podía hacerme cargo sola de un bebé y me dijo que seguramente no tendría problemas porque tú me ayudarías y te encargarías de todo. Incluso que de esa manera aprenderías a no jugar con las hermanas de los demás… —mencionó ella sintiendo la misma rabia e impotencia de ese entonces.
—¿Qué quiso decir con eso? —cuestionó mirándola.
—Según él tú le habías hecho lo mismo a su hermana, la habías ilusionado y después la dejaste botada. Me puse furiosa y le grité que estaba mintiendo. Entonces comenzó a decirme que tantas cosas de ti, yo no quería seguir escuchándolo, así que me le lancé encima para pegarle, él se defendió y me empujó… —vio palidecer a Pedro y apresuró sus palabras—. Mi amiga corrió y me sujetó antes de que cayera al piso, él me miró furioso porque le lastimé la cara, me dijo que no volviera a buscarlo.
—¿Perdiste al bebe por lo que él te hizo? —preguntó acercándose de nuevo a su hermana al verla tan desolada.
—No, pero cada día me sentía peor, no quería comer porque todo me daba asco, y no quería que nuestros padres sospecharan si me veían con náuseas… le decía a mamá que comía en el instituto cuando me preguntaba —respondió con la piernas recogidas contra su pecho.
—Tenías que haberle dicho a mamá, tenías que haber ido a un médico Alicia… —decía cuando ella lo detuvo mirándolo con rabia. —Intenté hacerlo, cuando te llamaba y te pedía que volvieras era porque te necesitaba conmigo… porque necesitaba de mi hermano, de ese que era mi cómplice, mi amigo… tenía la estúpida esperanza de que tú me entenderías y me apoyarías —decía llorando con desesperación.
—Princesa yo… hubiera querido estar contigo… pero no podía, te lo acabo de contar; tú lo sabes Alicia y claro que te hubiera apoyado —dijo aunque sabía que eso no lo justificaba, ahora sabía dónde había fallado.
—Pues muchas gracias por la intención Pedro, pero eso ahora no me vale de nada y créeme no te culpo, sé que no era tu problema tampoco, sé que era solo mío. ¿Y quieres que te diga por qué no se lo dije a mamá? —preguntó mirándolo dejando ver su dolor y su rabia, no esperó que él respondiera—. Porque cada vez que me llenaba de valor para contárselos, la encontraba llorando o triste por tu culpa y cuando le preguntaba lo único que me decía era “Alicia tú eres muy pequeña para comprenderlo” siempre fue así, siempre me trataron como una niña, me sobreprotegieron… pero no me prepararon para poder defenderme de malnacidos como Cesare… —se interrumpió cerrando los ojos en cuanto ese maldito nombre salió de sus labios.
—Alicia… —Pedro intentó acercársele para reconfortarla.
—¡No! —exclamó adoptando una posición defensiva—. Ya no vale de nada que intentes reparar el daño que él me causó, el que yo misma me causé… ya nada será igual Pedro. Lo que digas o hagas ahora no me traerá de vuelta a mi bebé… ése que a pesar de todo había comenzado a querer, el mismo que perdí una maldita madrugada y que ni siquiera supe cómo… —esbozó llorando mientras todo su cuerpo temblaba y sentía que debía continuar—. Yo solo… me levanté porque sentía que me dolía, fui al baño, me senté en el escusado y de pronto… no lo sé, el dolor se hizo más fuerte… era insoportable, mordí una toalla para no gritar, todo pasó muy rápido fue como si algo se desprendiera dentro de mí… y no pude retenerlo —un sollozo rompió su voz. A él no le importó si ella intentaba rechazarlo de nuevo, pero necesitaba abrazarla, no podía verla sufrir de esa manera sin hacer nada, para su alivio Alicia se aferró a su cuerpo y él la envolvió protegiéndola, pensaba que lo que le había pasado con la sobredosis, había sido algo traumático siendo ya un hombre de veintiséis años, pero eso no era nada comparado a lo que tuvo que vivir su hermana siendo una niña.
—No llores… princesa no llores… —decía arrullándola. —Intenté aferrarme a él Pedro… y en mi desespero cerré las piernas pero el dolor era demasiado, quise llamar a mamá y recordé que ellos habían viajado a donde los abuelos.
Estaba sola con los empleados… en un instante no sé cómo, accioné la palanca y cuando abrí las piernas lo único que vi fue sangre, me dejé caer a un lado para meter la mano sin importarme nada, lo único que quería era no perderlo… pero fue muy tarde… ni siquiera pude verlo Pepe… no pude, no supe cómo era… yo no pude… —comenzó a llorar sintiendo esa sensación de pérdida y vacío que la había torturado por años, y hundió el rostro en el pecho de su hermano al tiempo que los sollozos hacían convulsionar su cuerpo, azotada por el dolor del alma que era más fuerte que el físico.
Pedro no sabía cómo alejar tanto sufrimiento en Alicia, no sabía cómo hacer para no verla romperse ante sus ojos, sentía tanta angustia y rencor dentro de su pecho, saber que no estuvo allí para ella cuando más lo necesitó. Su hermana lo odiaba y tenía todo el derecho de hacerlo, porque no solo le había fallado al no volver cuando se lo pidió, sino también al haber alimentado el resentimiento en el que le hizo eso, aunque no lo justificaba porque había sido un maldito cobarde.
El cúmulo de emociones que lo llenaban era tan poderoso, que ni siquiera lograba encontrar su voz para pedirle que no siguiera llorando, solo podía abrazarla con fuerza y pegarla a su pecho, sintiéndola como la primera vez que se lastimó las rodillas por caerse de una bicicleta, solo tenía cinco años. En ese momento se veía igual de frágil o tal vez más. Minutos después él se encontraba recostado en el cabecero de la cama y la tenía a ella con la cabeza apoyada sobre su pecho, ya no lloraba como minutos atrás, pero seguía haciéndolo en silencio pues sus lágrimas aún le mojaban la camisa, él le acariciaba y besaba el cabello, luchando porque su llanto fuese aún más silencioso. Alicia le terminó de contar que su mejor amiga fue quien la ayudó, la atendió cuando ella se negó a ir a un hospital, lo que más temía era que los doctores pensaran que se lo había hecho, que ella había matado a su bebé. Y que cuando sus padres regresaron ya lo peor había pasado, así que ella les ocultó todo.
—Mi bebé se fue como si nunca hubiera existido… me negué a volver a hablar de eso con Laura y ella lo entendió. Él se fue a la universidad en otro país, no volví a saber de su vida… hasta hace un año cuando me enteré que había tenido un accidente esquiando y se rompió la columna… pero eso no me alegró, ni me causó alivio. Sencillamente no sentí nada… desde que mi bebé se fue ya no sentía nada —comentó con la mirada perdida, solo escuchando los latidos de Pedro.
Quizás ella no sentía nada al enterarse de lo ocurrido a ese miserable, pero para él había sido el cobro de la justicia divina a lo que había hecho, porque algo así no podía quedar impune, ningún hombre que se portara de esa manera podía ir por la vida como si nada, merecía un castigo. Negar a un hijo era negarse a sí mismo, era el peor acto de egoísmo y cobardía, incluso él que durante años amó tanto su independencia, si hubiera vivido una situación como esa habría asumido las consecuencias, porque no se trataba solo de ser responsable, sino de ser un hombre.
—Cuando cumplí la mayoría de edad… una de las primeras cosas que hice fue hacer una cita con una ginecóloga, quería… necesitaba saber porqué lo había perdido, si había sido mi culpa — mencionó consciente que él también se sentía culpable.
Había vivido demasiado tiempo con ese sentimiento en ella para no reconocerlo en su hermano, pero él no era responsable de nada. Ni siquiera de no haber estado a su lado porque no sabía lo que le ocurría, así como ella tampoco supo lo que le sucedió a él.
—¿Qué te dijo? —preguntó con la voz grave, mirándola fijamente.
—No me dio una respuesta concreta… solo me dijo que a esa edad quizás mi matriz no estaba preparada para albergar una vida. Que suele suceder con mucha frecuencia… —respondió manteniéndole la mirada y de nuevo sus ojos se llenaron de lágrimas—. Después le pregunté si eso me afectaría para tener bebés más adelante y me dijo que no lo sabía, que no podía saberlo hasta que estuviera embarazada de nuevo pero que siempre existían tratamientos y métodos, que además yo era una mujer sana y joven —agregó dejando libre su llanto.
—Alicia tú vas a poder tener bebés, no uno… vas a tener varios. Princesa puedes jurar que así será, aunque tengamos que… —decía con determinación, cuando ella lo detuvo negando con la cabeza.
—Pedro… aunque mi cuerpo no sea el problema ¿dime cómo haré para confiar en otro hombre? ¿Cómo haré para superar este miedo de que me usen y me dejen? —preguntó con un hilo de voz.
—Eso no sucederá de nuevo porque tú no lo permitirás Alicia, antes eras una niña sin experiencia y ese maldito pudo engañarte, pero ahora eres una mujer que aprendió la lección; además yo estaré siempre junto a ti, quiero que me dejes ser tu amigo de nuevo, que confíes en mí… Alicia perdóname por no haber estado a tu lado, por haberme robado toda la atención de mis padres durante años… no fue mi intención, nunca quise que Lisandro y tú fueran relegados por mi culpa —dijo con sinceridad.
—Tú también debes hacerlo conmigo Pedro, yo fui demasiado dura contigo y no tenías culpa de nada Pedro… a todos los traté tan mal, me llené de amargura —expresó avergonzada.
—Olvidemos todo eso princesa, prometamos que dejaremos detrás las culpas y aprovechemos esta oportunidad que la vida nos brinda ¿Qué dices? —inquirió con una sonrisa mientras la miraba a los ojos.
—Lo prometo —dijo con la vista fija en los ojos de su hermano. Y después de tantas lágrimas, pudo sonreír.
CAPITULO 200
Paula la vio salir de ese lugar sin decirle una sola palabra, ni siquiera se volvió a mirarla; así que por un instante se llenó de miedo al no saber si se había extralimitado, si había terminado por arruinar la relación entre Pedro y su hermana. Levantó la mirada al cielo que como siempre lucía hermoso con millones de estrellas, al tiempo que alzaba una plegaria para que lo que había hecho no trajera consecuencias negativas, pues no soportaría ver a su novio sufrir todavía más por Alicia.
—Bueno Paula, tú nunca has eludido tu responsabilidad, así que no te queda más que contarle a Pedro lo que hiciste… que él esté al tanto para que no lo tome por sorpresa si Alicia le reclama —se dijo a sí misma saliendo del salón—. Y la próxima vez no te dejes llevar por tu curiosidad, ya ves que solo te mete en problemas.
—Te estaba buscando ¿dónde estabas? preguntó Pedro con una sonrisa cuando la encontró en medio de la escalera.
—Fui hasta el salón superior… —decía cuando él la detuvo.
—¿Estabas recordando? —inquirió de nuevo en un tono sugerente apoyando sus manos en las caderas de Paula—. Si quieres podemos escaparnos a ese lugar cuando todos se vayan a dormir —propuso con una sonrisa y le miraba los labios con deseo.
—Vas a acabar conmigo Pedro Alfonso—se quejó como hiciera él durante la madrugada, le acarició el pecho liberando un suspiro, consciente que debía decirle la verdad—. Estaba hablando con Alicia —vio la sorpresa reflejada en los ojos azules y también varias interrogantes, así que se apresuró a contestar—. Quería charlar con ella un rato y no sé, intentar averiguar por qué había cambiado tanto, por qué se siente tan resentida contigo…
—¿Qué hiciste qué? ¡Paula por favor! —la detuvo molestándose por lo que hizo—. No tenías que hacer nada de eso.
—No te pongas así… no lo hice por mal, podemos ir a la habitación. Todos nos están mirando — pronunció viéndolo a los ojos, sintiéndose apenada por la reacción de la familia de Pedro.
—Ven —mencionó tomándola de la mano y subió las escaleras con ella sin siquiera despedirse o excusarse con los demás.
Caminaron en silencio por el pasillo, al llegar a la recámara él cerró la puerta y pasó el pestillo para asegurarse que nadie viniera a inmiscuirse, ya conocía a su familia. Se volvió para mirar a Paula exigiéndole una explicación sin palabras, solo con su actitud.
—Pedro yo no quise… ya sé que no debí meterme en este asunto, que me tomé atribuciones que no me correspondían y merezco que te enojes conmigo. Pero te aseguro que no lo hice para traerte problemas… yo solo quería… —se detuvo porque el nudo en su garganta no la dejaba continuar, se sentó al borde de la cama clavando la mirada en sus manos, suspirando para liberar la presión en su pecho.
Él inhaló profundamente para relajarse, la imagen que mostraba Paula lo golpeó en el pecho haciéndole ver que había actuado mal, ella solo había querido ayudar y él en lugar de agradecerlo se lo reprochaba, estaba molesto sin saber siquiera el motivo real, quizás era por esa maldita manía que se había impuesto de tratar a Alicia con guantes de seda, él temor de sentir que si la presionaba o la enfrentaba iba a terminar perdiéndola de manera definitiva.
Caminó hasta Paula sintiéndose más calmado y se puso de cuclillas frente a ella, le tomó las manos mientras buscaba su mirada para hablarle haciéndolo a los ojos, que viera que sentía mucho haberse mostrado así con ella y sobre todo delante de su familia.
—Amor mírame —le pidió al ver que ella se negaba a darle la cara, llevó su mano hasta la barbilla para subirla, ver que estaba a punto de llorar le estrujó el corazón—. Perdóname por haberme portado como un idiota, no vuelvas a decir que tomas atribuciones que no te corresponden, porque tú eres parte de mi vida y todo lo que tenga que ver con ésta te concierne… así como yo me he inmiscuido en la tuya, tú también tienes derecho de hacerlo con la mía —expuso mirándola a los ojos.
—Pero te molestó que hablara con Alicia —intentó reprocharle.
—Me molestó porque no deseo que te veas expuesta a su rechazo, ni que ella haga o diga algo que te lastime… yo solo quiero cuidar de ti Paula —decía cuando su novia lo interrumpió.
—Pues yo también deseo cuidar de ti, no quiero verte sufrir Pedro y sé que la situación con tu hermana te lastima… pensé que si hablaba con ella quizás podía hacer que eso cambiara — mencionó con la voz ronca por aguantar el llanto—. En verdad no quise incomodarte… yo solo quiero verte feliz —expresó y las lágrimas la desbordaron.
—No, no llores Paula. Yo soy feliz, tú me haces feliz preciosa.
—Pero eso no es suficiente… yo sé de lo que te hablo Pedro, es como que yo te dijera que soy completamente feliz, cuando sé que debo buscar la manera de reconciliarme con mi madre, hacerle entender que las cosas que hago son para mi bienestar y mi felicidad. Sé que si no reparo ese lazo que debe unirnos como madre e hija nunca me sentiré feliz del todo —explicó mirándolo a los ojos—. Puedo decirte Pedro tú me haces feliz, pero en el fondo de mi corazón está ese asunto pendiente que no me dejará en paz nunca… y eso mismo debe sucederte a ti con Alicia.
—¿Segura que en otra vida no fuiste la hermana gemela de mi madre? —preguntó sorprendido porque la forma de ver el mundo de las dos era muy parecida, también porque quiso relajar un poco la tensión en ambos.
—No, ella es bellísima y tiene unos hermosos ojos grises —contestó intentando seguirle el juego, suspiró para seguir sintiendo que los dos se relajaban—. Tienes que hablar con Alicia… —decía cuando lo vio ponerse de pie rehuyéndole—. Pedro tienes que hacerlo, no puedes seguir dejando que la distancia entre los dos crezca porque va a llegar un punto en el cual ya no habrá vuelta atrás —decía caminando hasta él.
—Paula yo he intentado acercarme a ella y siempre termina rechazándome, ya no sé qué hacer. He sido muy paciente con ella porque sabes que la quiero mucho… pero temo que en una de esas discusiones yo tenga un arranque de los de antes y le diga cosas que después lamente —confesó
dándole la espalda para caminar hacia la ventana.
—¿Y crees que haces bien callándote todo lo que sientes? —le preguntó girándolo para que la viera a la cara—. Ya sé que yo no puedo dar cátedra de esto, pero tú sí… tú me enseñaste que debía expresarme libremente, a decir lo que pensaba y sentía… a no guardarme nada que pudiera hacerme daño. Sé que has cambiado y que ahora piensas mejor las cosas antes de actuar, que eres más maduro, más centrado; eso está bien Pedro, pero hay momentos en los cuales debemos arriesgarnos “A veces correr riesgo es lo que hace que sintamos que estamos viviendo realmente” eso me lo dijiste tú, ¿lo recuerdas? —inquirió mirándolo.
—Sí, lo recuerdo… pero Paula, yo no sé cómo acercarme a Alicia, las cosas ya no son tan sencillas como antes —esbozó con pensar.
—Pues haz que lo sean… ¿O tendré que citarte de nuevo? Creo que he perdido a mi novio porque no lo veo —indicó tomándole el rostro entre las manos, lo vio cerrar los ojos y suspirar, luego apoyó la frente sobre la suya, como si apenas pudiera soportar el peso de sus pensamientos.
—Está bien… —se detuvo cuando Paula gritó emocionada y lo abrazo—. Hablaré con ella mañana…
—¡No! Tienes que hacerlo ahora que te has decidido. Es temprano, dudo que esté durmiendo y así no te pasas toda la noche atormentándote por lo que pueda suceder —mencionó con determinación.
—¿Quién es la impaciente ahora? —preguntó frunciendo el ceño.
—Pedro Alfonso o vas ahora mismo a hablar con tu hermana o… —se calló buscando algo con lo cual amenazarlo, pues había pensado en negarse a estar con él, como generalmente hacían las mujeres, pero sabía que eso sería terminar perjudicándose ella misma.
—¿O? —preguntó él consciente de lo que rondaba su cabeza.
—Olvídalo —respondió sonriendo y después le rodeó la cintura con los brazos—. Si vas y haces el intento de reconciliarte con Alicia, me harás muy, muy feliz —agregó en un susurro cerca de esos labios que adoraba, mientras se perdía en la mirada azul de Pedro.
Él suspiró, consciente que no podía negarle nada a Paula y al mismo tiempo sintiéndose esperanzado, deseaba creer que podía recuperar su relación con Alicia, después de todo él también se había prometido recuperarla a ella, quizás ya era hora.
Los dos salieron al pasillo tomados de la mano, Paula regresaría al salón para hacerles ver a sus padres que todo estaba bien y él debía ir hasta la habitación de Alicia para hablar con ella, cuando se encontró frente a la puerta de su hermana se tensó, pero la caricia que le dio su novia en la espalda lo llenó de seguridad y asintió haciéndole saber que estará bien, la despidió con un suave beso en los labios.
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