martes, 25 de agosto de 2015

CAPITULO 152




Al día siguiente cuando despertó estaba sola, Ignacio se había marchado sin despedirse, ni dejarle una nota como acostumbraba hacer cuando se iba y ella quedaba dormida, de inmediato supo que las cosas habían cambiado entre los dos, aunque él se haya mostrado casual ante su actitud de la noche anterior eso no la salvaba de que su novio haya sacado sus propias conclusiones al verla así.


Lo único que rogaba era que por lo menos no fuera a relacionar su depresión con Pedro porque estaba segura que si llegaba a buscarlo para exigirle una explicación, él podía decirle toda la verdad en venganza por su rechazo.


No tenía apetito, pero aun así desayunó prácticamente obligada por Rosa y después de eso se internó en su estudio, revisaba su celular cada cinco minutos a la espera de algún mensaje de Ignacio, le preocupaba mucho su silencio. Estaba por hacer una zanja en el piso si seguía caminando de un lugar a otro, pero no podía quedarse sentada como si su mundo no se estuviera cayendo, incluso se sintió tentaba a ir hasta la torre Howard Woodrow para buscarlo, pero le pareció arriesgado.


—Buenos días Pau… ¿Cómo amaneces? Te ves… —Jaqueline entró al estudio con una gran sonrisa, saludándola como siempre, pero en cuanto vio el semblante de su amiga supo que algo andaba mal.


—Hola, no es necesario que me lo digas sé que me veo fatal —dijo mostrando una mueca de desagrado, pues ya había visto los estragos de la noche anterior en su rostro esa mañana.


—¿Qué sucedió? Me voy un fin de semana Paula y te encuentro de esta manera —esbozó preocupada acercándose a ella.


Pedro está aquí —decía pero la rubia no la dejó continuar.


—¡Aquí! Es decir… ¿En tu departamento? —inquirió entre emocionada y sorprendida.


—¡No! Claro que no, está aquí en Chicago… en realidad se está quedando en la torre, en los pisos del hotel —contestó con desgano.


—¡Vaya! El hombre es impresionante… seguirte hasta aquí, buscar tu dirección —pronunciaba intentando no mostrarse muy entusiasmada.


—Aún no sé cómo se enteró, quizás por algún portal de internet o por la gente de producción, el caso es que se presentó el domingo junto a Diana, al parecer se encontraron por “casualidad” en el vestíbulo —dijo.


—Yo creo en las casualidades, pero definitivamente no en ésta… ¿No habrá sido Di quien le dio tu dirección? —preguntó mirándola.


—No, no creo… igual ya no importa, seguramente se habrá marchado o lo hará pronto — respondió bajando la mirada al sentir una punzada de dolor en su pecho.


—¿Qué te hizo? —la interrogó sin poder esconder su molestia.


—No tiene caso Jackie… ya todo terminó, en realidad acabó desde el día en que dejé la Toscana, debo hacerme a esa idea y continuar con mi vida hasta ahora… el problema es que no sé qué sucederá con Ignacio después de lo de anoche —contestó conteniendo su llanto.


—¡Oh, por Dios! No me digas que se enteró de todo… que Franco Donatti es en realidad Pedro y Rendición es el romance que ustedes dos tuvieron años atrás —lanzó todo en una avalancha.


—No, tengo que agradecer que eso no haya ocurrido, o al menos eso creo… es que yo, fui tan estúpida Jaqueline, anoche me encontraba muy mal por la discusión que tuve con Pedro, fui a buscarlo a su habitación para exigirle que se alejará de Di porque la estaba usando a ella para acercarse a mí, pero ya sabes cómo es mi hermana, intenté persuadirla y perdí el tiempo, estaba empeñada en salir con él —pronunció caminando hacia el love seat blanco junto a la biblioteca.


—Querrás decir en acostarse con él —murmuró.


—Jackie, por favor… —la reprendió Paula.


—¿Qué? Por favor Pau, ambas sabemos lo liberal que es Diana, rompió el record de aventuras de tus dos hermanos juntos, tan solo tiene veintitrés años, pero te aseguro que ya ha tenido más sexo que yo en mis treinta —acotó tomando asiento junto a ella.


—Bueno, pero el culpable de esta situación es Pedro y no ella. Fui ayer para pedirle que terminara con este juego pero… —se interrumpió sonrojándose y desvió la mirada.


—¿Pero? —inquirió Jaqueline buscando sus ojos.


—No sé cómo demonios terminamos tumbados en el sofá besándonos —decía un tanto avergonzada.


—¡Tuviste sexo con él! —no era una pregunta, era una afirmación y la nota de felicidad en su voz no se pudo ocultar.


—¡No! Y no veo porqué tenga que alegrarte que algo así suceda, se supone que eres amiga de Ignacio —le reprochó pues le dolió lo rápido que había llegado a esa conclusión, ella sabía que odiaba las traiciones.


—Lo sé, lo siento es solo que… Paula aunque tú te empeñes en negarlo aún sigues enamorada de Pedro Alfonso, y sí puede que yo aprecie mucho a Ignacio, pero te quiero más a ti, por lo tanto todo aquello que a ti te haga feliz a mí también y sé que estar junto al italiano te hará feliz — explicó mirándola a los ojos.


—La felicidad que me puede dar Pedro es demasiado efímera Jackie, ayer me quedó muy claro y la verdad ya estoy cansada.


—Pau… mira, es lógico que ustedes tengan discusiones y terminen hiriéndose, ambos tienen demasiado guardado dentro de sus corazones, han pasado cuatro años llenándose de dudas y fantasmas, eso no es fácil de borrar en un par de semanas… solo necesitan un poco de tiempo para que las aguas regresen a su cauce, pero más que nada hablar con la verdad —dijo tomándole una mano mientras le sonreía.


—Ya no hay vuelta atrás Jaqueline, él esperaba que yo dejara todo de lado y me lanzara a sus brazos, que terminara con Ignacio… se enfureció porque recibí su llamada, me exigía que le contara todo. Yo no puedo hacer eso Jackie, no puedo lastimar a Ignacio de esa manera, no se lo merece — dijo con una mezcla de rabia y dolor.


—Al parecer la paciencia y la sutileza no son cualidades del señor Alfonso, tienes razón él debe ser consciente que tu relación con Ignacio no se puede acabar de la noche a la mañana, si de verdad desea recuperarte debe empezar por conquistarte de nuevo, no estar presionándote —comentó Jaqueline mirándola.


—Él sabe que odio que lo hagan, siempre se lo decía… pero es tan ¡Obstinado! Y ayer lo hizo tanto que terminé por quebrarme, ya no deseo verlo ni saber nada más, si toma la decisión de renunciar al papel será lo mejor, después de todo sería un infierno para mí enfrentarme a una situación como esa —mencionó y aunque ella en el fondo se sentía feliz de que él haya obtenido el papel, no sabía hasta dónde podría soportar tenerlo cerca de nuevo, ya que si se quedaba sería inevitable.


De esa manera continuaron con la conversación,Paula puso al día a Jaqueline de todo lo que había acontecido, desde la llegada de Pedro a ese lugar junto a Diana, su encuentro con Ignacio, el almuerzo en casa de sus padres y la incómoda situación con Nicolas, que para su mala suerte Jaqueline le terminó casi confirmando que ciertamente él debía saber algo, su hermano siempre había sido muy intuitivo y después de su ingreso a la academia militar mucho más.


Así llegó hasta la discusión del día anterior y apenas comenzó a decirle todas las palabras que mencionó Pedro las emociones la desbordaron uno vez más al recordar la actitud de él, no lograba entender aún porqué la trató así si se suponía que deseaba recuperarla. Terminó siendo consolada por Jaqueline una vez más que se quedó junto a ella e intentó animarla cuando la invitó a responder los miles de mensajes de sus seguidores, y aunque renuente en un principio porque la mayoría estaban relacionados con Pedro no le quedó más que hacerlo.


Algo que la preocupó pero no se lo hizo saber a Jaqueline porque sabía que ella sería la primera en poner el grito al cielo, era que todos sus lectores esperaban que estuviera en el rodaje de la película, al parecer confiaban más en ella que en el propio director, pero ya había decido que no iría, aunque debía notificar al equipo de producción del cambio pues ellos saldrían en cinco días.


Al caer la tarde ya no soportaba más la incertidumbre con relación a Ignacio, así que tomó su teléfono y marcó a su móvil, pero la llamada fue desviada al buzón de mensajes, lo intentó un par de veces obteniendo el mismo resultado, así que se decidió a llamar a su oficina. Su asistente le informó que había estado todo el día ocupado en reuniones y quizás por ello no la había llamado, pero que ella gustosamente le daría su mensaje en cuanto estuviera desocupado.


Paula se sintió bastante desconcertada por esa respuesta, Ignacio siempre tenía tiempo para una llamada o al menos un mensaje al día para ella, además que dejar su apartamento esa mañana sin avisar no era nada habitual en él. Se acercó al ventanal recordando lo que había sucedió la noche anterior y su angustia cada vez que se daba cuenta de lo evidente que había sido, tanto que él no quiso que ella le contara nada.


Quizás ya lo sabía todo, a lo mejor había llegado por sí solo a la conclusión y estaba tan decepcionado que no quería hablar con ella. Se llevó las manos al rostro para cubrir su vergüenza, lo de ellos no debía acabar así, aun podían luchar por su relación.


—No te sigas engañando Paula… y no sigas haciéndolo con él. Tienes que ser sincera y contarle todo, quizás si lo haces pueden encontrar una solución, pero debes decirle toda la verdad — se dijo.








CAPITULO 151



El ascensor se encontraba solo pero ella se obligó a controlarse, no podía seguir llorando así, no podía seguir dando espectáculos tan patéticos cada vez que Pedro se le diese por trastocar su mundo, debía aprender a hacerse inmune a él y justo en ese momento tomó una decisión. No viajaría con el equipo de producción a Italia, no regresaría a ese lugar ni se expondría a la espantosa tortura de verlo revivir toda su historia con otra mujer, si aún existía algo entre los dos acababa de morir.


—Rosa, me duele la cabeza voy a descansar… por favor, que nadie me moleste, ni siquiera mi madre si llama —dijo sin mirar a la mujer.


Entró a su habitación y se dirigió hasta su armario para cambiarse de ropa, cuando se miró en el espejo comenzó a llorar de nuevo ante la imagen que daba y el recuerdo de los besos de Pedrose dejó caer en el diván de cuero rojo que tenía allí, dejó su llanto correr con absoluta libertad, ya no le importaba si alguien la veía o escuchaba, estaba cansada de fingir, de controlarse, de todo.


Dos horas después se encontraba tan encogida que daba la impresión de ser un ovillo al borde de su cama, había logrado cambiarse de ropa, llevaba un pijama de seda rosa de pantalón y camisa.


Hacía años que no lloraba con tanta desolación, ni siquiera cuando se enteró que él planeaba buscarla, ese dolor era mucho mayor al que sintió incluso en aquel momento que sufrió años atrás, cuando meses después de su separación con Pedro, sin recibir una señal de él, supo que lo de ellos no tendría vuelta atrás. Comenzó a escribir Rendición para darle a su historia ese final feliz, ese donde Franco llegaba al aeropuerto desesperado y le rogaba a Priscila que no lo abandonara, porque sencillamente no tendría la vida que deseaba sin ella a su lado, ese mismo donde ella renunció a todo por él, cuando se arriesgó a poner su vida en manos del hombre que le había enseñado a amar, que la había hecho inmensamente feliz.


—¡Maldita sea! Ya basta… deja de dolerme Pedro, déjame en paz, no puedo soportarlo más, no puedo —esbozó en medio de un llanto amargo que la hacía estremecer.


Hundió su rostro entre las almohadas mientras sentía que el dolor en su pecho la estaba matando, se abrazó a sí misma con fuerza y cerró los ojos para intentar detener las lágrimas, pero éstas la rebasaron humedeciendo la impecable almohada blanca.


Minutos después parecía que había agotado la fuente de sus lágrimas pues ya no lloraba más, se encontraba entumecida, vacía y sentía que ya nada le importaba, le dolía demasiado afrontar que ese amor que pensó que sería para siempre había acabado, lo deseó tantas veces, creyendo que eso la
liberaría, pero solo hizo que todo fuera mucho peor porque en lugar de alivio le había dejado desolación y amargura.


Sintió que abrían la puerta muy despacio, cerró los ojos y fingió que estaba dormida para que quien fuera se marchara y la dejara en paz, no quería ver a nadie, que se dieran cuenta de su estado.


—Paula… amor, ¿te sientes mal?


La voz de Ignacio la hizo tensarse hasta el punto de sentir que su cuerpo dolía, apretó aún más los ojos y rogó que su respiración no se descontrolara dejándola al descubierto delante de él. Sintió el peso de su novio cuando subió a la cama y sus ojos se llenaron de lágrimas, no quería que él estuviera allí en ese momento, los labios de Ignacio le rozaron la mejilla hasta llegar a la sien y después bajó para depositar un beso en su hombro, no pudo controlar el temblor que la recorrió cuando reforzó sus barreras para evitar llorar de nuevo.


—Yo estoy aquí y voy a cuidar de ti princesa —susurró en el oído de Paula al sentirla estremecerse y repitió ese beso en el hombro.


Eso fue todo lo que ella pudo soportar, se rindió ante lo que sentía y dejó que el llanto se liberara, intentó hacerlo en silencio, pero un sollozo se atravesó en su garganta y la estaba ahogando así que no le quedó más que soltarlo, percibió que él se tensaba a su espalda y buscó la mano que había apoyado en su cintura para llevársela a los labios, dejó caer una lluvia de besos en el dorso.


Ignacio se quedó en silencio ante ese gesto de ella, aunque tenía cientos de preguntas torturándolo era mucho mayor su miedo, quería saber el motivo que tenía a Paula de esa manera, pero al mismo tiempo le aterraban las respuestas que ella pudiera darle. La vio sufrir en silencio mientras sentía que a él también se le estaba derrumbando el mundo.



La abrazó con fuerza pegándola a su pecho, sintiéndola tan pequeña y frágil como nunca la había visto, eso lo llenó de dolor porque algo le decía que nada de lo que él hiciera lograría alejar la pena de ella, hundió el rostro en el cabello de Paula y la amarró en un abrazo sintiéndose angustiado, desesperado por quedarse así junto a la mujer que amaba, que lo era todo para él, conteniendo las lágrimas y su propia derrota para no hacerla sentir mal, porque sabía que Paula se le estaba escapando y que sin importar lo que él hiciera ya no podría retenerla más a su lado.


Toda su vulnerabilidad quedó expuesta ante Ignacio, no podía dejar de llorar ni de temblar mientras él intentaba envolverla con su cuerpo para hacerla sentir segura, para protegerla.


En ese momento ya no pudo seguir cegándose ante su verdad, Ignacio era un hombre maravilloso que estaba dispuesto a poner el mundo a sus pies, hacer todo lo que estuviera a su alcance para verla feliz, pero ella no lograría entregarse como él merecía, no lo haría por la sencilla razón que todavía seguía enamorada de Pedro y aunque se esforzase en ir contra la corriente no podía luchar contra su corazón, contra ella misma.


Quedarse junto a Ignacio sería hacerle daño y engañarlo, se decía que deseaba cuidar de él, pero de todas las personas a su alrededor la que más heridas podía causarle era ella, debía tomar una decisión, tenía que hacerlo aunque le doliera, porque sabía que le iba a doler demasiado dejar ir la que podía ser su única tabla de salvación.


—Ignacio… —ella se volvió lentamente para mirarlo.


Se sentía avergonzada al mostrarse tan afectada delante de él, aún su rostro mostraba la humedad de las lágrimas sabía que su nariz y sus ojos debían estar enrojecidos e hinchados de tanto llorar, bajó la mirada un instante, pero después la elevó buscando la de Ignacio, debía actuar en ese momento
que había reunido el valor para hacerlo.


—No, no digas nada Paula —susurró acariciándole las mejillas.


Se sentía temeroso de lo que ella pudiera decirle y más al ver la determinación en los hermosos ojos ámbar, que se encontraban opacos por las lágrimas derramadas. Le dolió mucho ver los estragos del dolor en Paula y no quiso saber nada, le dio un beso en la frente primero y después fue secando con sus labios los rastros de la humedad que habían dejado el llanto, la escuchó dejar libre un suspiro que más le sonó a lamento y eso lo hirió en lo más profundo de su pecho.


—Duerme… ya mañana hablaremos, me quedaré contigo —dijo dedicándole una sonrisa, aunque no podía ocultar la tristeza de su mirada.


Se separó despacio de ella después de darle un beso en la frente y un toque en los labios. Se quitó la corbata dejándola en la mesa de noche y se abrió dos botones de su camisa de lino, también se recogió las mangas, también se quitó los zapatos y los calcetines.


—Vas a dormir incómodo… en el armario hay varios pijamas tuyos, deberías cambiarte —sugirió Paula más por costumbre que por algo práctico, intentó levantarse para buscar una.


—No te preocupes, estoy bien así Pau, ven aquí y déjame dormirte —le pidió tendiéndose de nuevo en la cama mientras se tocaba el pecho.


Paula no dijo nada más y de inmediato se tendió a su lado apoyando su cabeza en el pecho de Ignacio, escuchaba el latido acompasado de su corazón mientras sentía los dedos de él deslizarse por su cabello y acariciar con suavidad su nuca, comenzó a sentir los párpados pesados, los cerró
sintiéndose en verdad agotada, poco a poco se dejó llevar al mundo de los sueños y no supo en qué momento terminó por quedarse dormida en los brazos de su novio.








lunes, 24 de agosto de 2015

CAPITULO 150




Le daría un preámbulo como ella merecía y como él deseaba, la acercó al sillón en forma de para lentamente irla tendiendo en éste, mientras seguía besándola y acariciándola, gimiendo en cada ir y venir de sus lenguas que se rozaban amoldándose con la misma perfección de años atrás.


No podía darle tiempo a dudar, así que apoyó su cuerpo sobre el de Paula dejando que apenas parte de su peso descansara en ella.


Paula estaba siendo consciente de todo lo que ocurría, pero no tenía la voluntad para detener Pedro, solo podía besarlo y rendirse a sus caricias, a esa emoción que iba despertando su cuerpo con una contundencia que la hacía estremecer y aferrarse a los fuertes brazos de él, sintiendo la calidez de su piel, la fuerza de sus músculos que se contraían ligeramente soportando el peso.


Llevó una mano hasta la nuca de Pedro y deslizar sus dedos en el cabello castaño de él fue exquisito, lo sintió temblar ante el roce y se aventuró a ir más allá, deslizó su otra mano por la poderosa forma de la espalda de Pedro hasta anclarla en la pretina del jean que llevaba.


Sentía que él la tenía completamente atrapada en ese torbellino de placer, su sentido común se había esfumado y en su lugar solo quedaba esa emoción que era mucho más poderosa que el deseo, era locura y necesidad, era algo que no podía definir pero que la estaba llevando a un lugar donde todo era perfecto. Y en ese lugar solo existía Pedro, él lo llenaba todo, él era todo lo que sentía, lo que anhelaba, lo que necesitaba para sentirse tan plena, tan enamorada que nuevas y viejas ilusiones comenzaban a hacer nido en su pecho.


Las caricias y los besos de Paula estaban despertando su cuerpo, era como si el tiempo no hubiera pasado para ellos, la llama seguía más viva que nunca dentro de su pecho, deslizó una de sus manos por la larga pierna femenina y la movió para apoyarla en su cadera, abriéndose espacio entre las extremidades para que su pelvis rozara la de ella y quedar justo en ese lugar que lo volvía loco, en la calidez y la suavidad que albergaba Paula en medio de sus piernas.


Ahogó con su lengua y un beso más profundo el gemido que ella liberó cuando la hizo consciente de su innegable erección, movió sus caderas una vez más, gimiendo esta vez él al sentirla temblar y sus deseos de darle riendas sueltas a la pasión que bullía en su interior lo rebasaron. 


Llevó una de sus manos por debajo de la ligera camiseta que Paula llevaba y le acarició primero el estómago,
luego las costillas hasta llegar a su turgente seno derecho que abarcó por completo.


Pedro —susurró ella cuando él liberó sus labios para viajar hasta su cuello dejando caer besos húmedos y cálidos, haciéndola sentir el calor de su respiración y su aliento justo lo que había deseado antes.


—Paula —susurró él contra la delicada piel nácar de su garganta.


—No… no podemos… no me hagas esto, por favor —pidió con voz temblorosa pero seguía acariciándole la espalda porque no podía estar sin tocarlo, necesitaba hacerlo, deseaba hacerlo.


—Lo deseas tanto como yo Paula… te estás quemando al igual que me estoy quemando yo, solo abrázame, bésame… siénteme y hazme sentirte preciosa, haznos arder como años atrás — susurró contra sus labios mientras la miraba a los ojos, rozó sus cuerpos y cuando la vio cerrar los ojos supo que se había rendido ante él una vez más.


Estaba a punto de besarla cuando una melodía llenó el ambiente, Paula se tensó de inmediato abriendo los ojos, en ellos estaba reflejado un sentimiento que él no logró definir en ese instante, pero que evidentemente había reemplazado la pasión que segundos atrás la dominaba. El sonido continuó y él buscó el lugar de donde provenía, su mirada se topó con el bolso de Paula tirado cerca de ellos.


—Necesito responder —susurró sintiéndose culpable y apenada.


—No lo hagas… déjalo, quien sea se cansará de llamar —mencionó buscando sus labios, pero ella lo esquivó.


Pedro por favor —esbozó moviéndose para liberarse.


—¿Es él? —inquirió sintiendo que la llama de la pasión se transformaba en un infierno dentro de su pecho.


Ella no respondió, no hizo falta pues su mirada la delató y ese afán por responderle lo enfureció aún más, se levantó quedando sentando en una esquina del sillón para permitir que ella se pusiera de pie y buscara el maldito aparato que lo iba a volver loco, vio cómo sus manos temblaban mientras
hurgaba en su bolso, lo sacó y se quedó mirando la pantalla, él se odió por ponerla en una situación como esa, pero apenas podía controlar la rabia que lo embargaba.


—¿No piensas contestarle? —lanzó el reto y su voz contenía su furia.


—No sé lo que le diré… —confesó con voz trémula.


—¿Qué te parece la verdad? Deberías ser sincera de una vez por todas con él y decirle que no lo amabas, que solo estás a su lado porque es lo que tus padres desean que tengas, pero que no es lo que tú quieres en realidad —expresó mirándola a los ojos.


—¿Por qué te crees con derecho a hablar de algo que no conoces? —preguntó furiosa y dolida, porque en el fondo sabía que Pedro decía la verdad, pero eso era algo que no admitiría delante de él.


— Paula puedes intentar engañarme todo lo que quieras, pero no lo conseguirás. No lo amabas y puedo asegurar que tampoco lo deseas, junto a él te ves tan fría y opaca, pareces un maniquí… no eres ni la sombra de la chica que fuiste cuando estabas conmigo —se desahogó dejando que el dolor y la rabia salieran en sus palabras.


—Mi relación con Ignacio no es asunto tuyo, no tengo que andar dando muestra de lo que siento por él en público simplemente para que veas que estás equivocado y lo que haga con él en privado es algo que solo nos concierne a los dos —pronunció furiosa pues una vez más él cuestionaba su
relación en un plano íntimo. ¿Acaso se creía que era el único hombre capaz de hacerla sentir mujer? ¿Tan grande era su ego?


—Yo solo hablo de lo que vi ayer entre ustedes, y de lo que siento cuando te tengo en mis brazos, conmigo eres fuego y brillas, seduces con una mirada o una caricia —esbozó mirándola con intensidad y se deleitó con el suave sonrojo que pintó ese bello rostro que ella tenía.


Paula controló un suspiro que revoloteaba en su pecho y estaba por responderle cuando, la imagen de Ignacio y ella abrazados apareció una vez más en la pantalla, junto a la melodía que salía del aparato, sintió que el corazón se le encogía ante la felicidad que mostraba su novio.


—O le contestas tú o lo hago yo —la amenazó mirándola a los ojos.


Ella lo miró entre molesta y aterrada, él parecía haberse vuelto loco, no estaba dispuesta a dejar que lastimara a Ignacio ni destruyera una relación de dos años simplemente por puro capricho. Lo miró desafiante y deslizó su dedo por la pantalla para atender la llamada.


—Hola, disculpa que no te respondiera cielo, tenía el teléfono vibrando, que alegría escucharte —contestó manteniéndole la mirada.


Pedro tuvo que aferrarse a todo su autocontrol para no arrancarle el teléfono de las manos y decirle al imbécil de Howard dónde y con quién realmente se encontraba su perfecta novia. Caminó para alejarse de ella y la maldita vista del ventanal lo hizo tensarse, pero la rabia no dejó que se paralizara, se dirigió hasta su habitación y cerró la puerta estrellándola con fuerza, a sus cojones si el miserable intruso lo escuchaba, ya comenzaba a cansarse de todo eso.


Paula solo estuvo dos minutos al teléfono, justificó el fuerte golpe diciendo que estaba en la terraza y la brisa cerró la puerta, por suerte él le creyó. Su novio la llamaba para disculparse por su actitud de la noche anterior y para compensarla invitándola a cenar. Ella se negó en un principio, pero consciente que podía darle mayores motivos a Ignacio para sospechar y molestarse de nuevo con ella terminó aceptando.


Se quedó cerca de un minuto mirando la pantalla en negro y después elevó el rostro encontrándose con la mirada fría y distante de Pedro, desvió la suya y tomo su bolso dispuesta a irse sin decirle una palabra, pero cuando estaba por abrir la puerta se volvió regresando hasta quedar muy cerca de él, mirándolo a los ojos.


—¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué me haces todo esto? ¿Por qué te empeñas en arruinar mi vida Pedro? ¿Para qué regresar a removerlo todo si sabes de ante mano que no funcionará? — preguntaba dolida por la actitud de reproche que él mostraba.


—¿Por qué te cierras de esa manera Paula? ¿Por qué te niegas a darnos una oportunidad? Aún sientes algo por mí, me lo acabas de demostrar en ese sillón, me lo has demostrado desde que nos vimos de nuevo… me pediste un acto de fe y aquí estoy, dime qué más quieres y te lo daré — pronunció mirándola con seriedad.


—Gracias, pero llegas muy tarde… yo esperé por ti Pedro, esperé mucho tiempo y jamás recibí un mensaje de tu parte, no hiciste ningún intento por acercarte a mí… por el contrario
regresaste a tu mundo y me olvidaste por completo. ¡Pues bien! Yo también lo hice y tú no tienes ningún derecho a reprocharme nada, es mi vida y hago con ella lo que mejor me parezca —mencionó mirándolo a los ojos, se sentía furiosa al verlo tan impasible mientras ella se caía a pedazos por dentro y luchaba contra las lágrimas.


—Tú tampoco me escribiste o intentaste contactarme ¿Por qué tenía que ser yo quien se doblegara? —inquirió molesto por sus acusaciones.


—¡Porque fuiste tú quien me dejó ir! —exclamó asombrada ante su cuestionamiento—. Sabías que deseaba continuar con nuestra relación aunque fuera estando lejos, pero no te importó… eras quien debía dar el primer paso —decía cuando él la detuvo.


—Lo estoy haciendo ahora, ¿o acaso crees que viajé hasta aquí solo por el protagónico de Rendición? —preguntó furioso.


—Pues ahora no vale de nada, ahora yo tengo la vida que deseo, tengo a un hombre que me ama a mi lado, que haría lo que fuera por verme feliz, para el cual soy perfecta tal como soy y no intenta cambiarme… esta es la vida que tengo y la que deseo, lo que tú puedas ofrecerme ya no me interesa así que no entiendo porqué sigues aquí —dijo con toda la rabia que corría a través de sus venas.


—No lo entiendes… ¿De verdad? Bueno déjame decir algo Paula ¡Yo tampoco lo hago! ¡No entiendo qué carajos hago aquí! Yo podía decir adiós y dejar ir a una mujer sin tocarme el corazón y me sentía feliz siendo así. Fuerte, decidido, independiente… Pero llegaste tú, llegaste tú y lo cambiaste todo, contigo todo es distinto, único. Nadie se parece a ti, nada de lo que haga con otras mujeres me llena como lo hacías tú, y te juro que no he deseado a ninguna otra como te deseo a ti, pero dime ¿Qué gano con todo eso? Ya no sientes lo mismo, la verdad ni siquiera puedo asegurar que lo hayas sentido, ya lo dijiste antes “Escribo ficción, nada de eso tiene que ver conmigo”.


—No estás siendo justo… no puedes condenarme por todo, ni exigirme que deje mi vida aquí para tener una nueva aventura contigo que seguramente terminará en un fracaso como la anterior. Lo siento Pedro ya no soy una chica que pueda darse esos lujos… si viniste aquí creyendo que yo me lanzaría a tus brazos en cuanto te viera te equivocaste, tu tiempo ya pasó, así que te aconsejo que cambies de dirección —esbozó llena de rencor porque tuvo que soportar durante un año todos los rumores que lo relacionaban a decenas de mujeres en Italia.


—Te veo y no puedo creer que seas la misma mujer… sé que fallé y que no sería fácil tenerte junto a mí de nuevo, pero te escucho y es como hacerlo con una completa extraña ¿Sabes lo que deseo? Ahora lo único que quiero es irme de aquí y olvidarme de todo, tener la entereza que tuve antes para lanzarte al olvido como hice con las demás… —dejó escapar un suspiro trémulo de sus labios y negó con la cabeza, bajando el rostro para esconder sus emociones—. No te imaginas con cuánta fuerza lo deseo Paula Chaves, pero tengo un problema, frente a ti me quedo sin fuerzas, sin voluntad… Mi vida no era perfecta era un desastre, pero era mía. No necesitaba que te metieras en mi corazón, en mi piel, en mi alma… que te volvieras mi debilidad —su voz se quebró y sus ojos derramaron las lágrimas con la cuales había estado luchando.


Ella se quedó en completo silencio ante las palabras de Pedro que le oprimieron el corazón, sintió que su garganta empezaba a cerrarse y las lágrimas colmaron sus ojos, le dolió verlo así y no supo qué la mantuvo allí congelada, qué impidió que se acercara hasta él y abrazarlo como estaba deseando. Había tanto dolor y resentimiento entre los dos, se habían lastimado mucho y lo seguían haciendo porque sus palabras contradecían su actitud, era evidente que a él no lo hacía feliz que ella tuviera ese poder sobre su vida.


—Una vez me dijiste que necesitabas a un hombre que no se rindiera a la primera y que lo apostara todo por ti, vine hasta aquí dispuesto a demostrarte que yo soy ese hombre… pero tú no eres la misma mujer que me lo exigió —esbozó con tanto dolor que su voz estaba ronca y transmitía su lamento, ver que ella seguía en silencio terminó por acabar con las esperanzas que tenía, caminó hasta la puerta y la abrió—. Vete de aquí Paula… Regresa con tu vida de mentiras, regresa con él y complace a todos menos a ti, sigue engañándote… sigue siendo la cobarde que siempre has sido. Esto era todo lo que necesitaba para terminar contigo —finalizó mirándola con más dolor que rabia.


Las palabras de Pedro la hirieron profundamente, habían pasado muchos años desde que él la lastimara de esa manera y no podía creer que lo estuviera haciendo de nuevo, que ella le hubiera dado la libertad para afectarla así. 


Caminó tan rápido como sus piernas trémulas le permitieron,
antes de salir se detuvo con la vana esperanza que él no la dejara irse, pero tal y como pasó antes, se quedó inmóvil.


Salió manteniendo la cabeza en alto, sintiendo que eso también era lo que le hacía falta para terminar con él, para cerrar este capítulo en su vida y poder ser de una vez por todas feliz junto a Ignacio. Eso se decía para armarse de valor y no derrumbarse en medio de ese pasillo, pero al sentir que su lucha contra las lágrimas estaba perdida corrió hasta el ascensor llevándose la mano a la boca para ahogar los sollozos que amenazaban con reventarle la garganta.


Él cerró la puerta en cuanto ella salió y apoyó la frente en ésta, cerró los ojos para evitar que las lágrimas lo rebasasen, pero al no poder hacerlo descargó su furia en la puerta dándole varios golpes a la madera. Ella se había ido una vez más de su lado y estaba seguro que ya no habrían segundas oportunidades para los dos.