jueves, 24 de diciembre de 2015
CAPITULO ESPECIAL 2
Horas después, toda la familia Alfonso Chaves se encontraba en la estación de trenes de Roma, esperando la llegada del jefe de la familia. El lugar se encontraba lleno de periodistas, quienes luchaban por ser los primeros en recibir las impresiones de los actores sobre su exitosa gira.
Paula procuraba pasar desapercibida junto a sus hijos, pues ellos también eran blancos de las cámaras, su fama había aumentado con los años; ser la esposa de uno de los mejores actores de Italia y además seguir liderando las ventas de libros no era algo que pudiera pasar inadvertido, mucho menos cuando tres de sus últimas obras ya habían sido llevadas al cine y habían contado con gran éxito, aunque hasta el momento ninguno había superado a Rendición, ni en taquilla ni en el número de reconocimientos y el gusto del público.
Cuando el tren fue anunciado por fin, el grupo que se encargaba de la seguridad de los actores creó un cordón para evitar que las fanáticas y los periodistas más atrevidos se abalanzaran sobre ellos.
A eso también se había acostumbrado Paula, a pesar de llevar ya casi quince años de casados y tener una familia con cuatro hijos, su esposo seguía despertando pasiones. Ella no podía culparlas, Pedro era como un buen vino que mejoraba con los años, no era que antes no fuera apuesto, siempre lo había sido pero quizás esas primeras líneas de expresión en su frente o esas hebras plateadas que empezaban a acentuarse en su cabello, eran lo que hacía que luciera mucho más interesante, misterioso y atractivo.
Después de todo, las mujeres buscaban seguridad y su esposo era la viva imagen de ello, una carrera exitosa en el mundo del espectáculo, un viñedo muy rentable y que cada día le daba más prestigio a su nombre, unos hijos hermosos y una esposa rebosante de felicidad. Sí, quizás muchas deseaban estar en su lugar y por eso no descansaban en su afán de intentar captar su atención, pero era una pérdida de tiempo porque él era suyo y lo sería para toda la vida.
—Podemos acercarnos, tú eres su esposa y todo el mundo lo sabe, no te cortarán el paso —mencionó Amelia a su lado.
—No, aquí estamos bien… hay demasiado alboroto y los niños pueden resultar atropellados. Creo que no fue tan buena idea llegar hasta aquí, lo hubiéramos recibido en casa —contestó en tono casual y sonrió al ver la desilusión en el semblante de su suegra.
Sabía que Amelia se moría por abrazar a Pedro tanto como ella, más de tres semanas sin hacerlo era demasiado tiempo; sin embargo, ella prefirió esperar en un lugar seguro junto a los niños, ya después podría hacer eso y mucho más.
Los actores comenzaron a bajar y de inmediato buscó con la mirada a su esposo, fue casi el último en descender; cuando al fin lo vio todo el paisaje se iluminó, él era como el más hermoso de los soles de primavera, su corazón se aceleró al máximo.
—¡Mami! no lo veo, ¿dónde está? —preguntó Daphne, poniéndose de puntillas.
—Ya viene mi amor, ya viene.
Él se encaminó hacia donde se encontraba su familia pero sus hijos le impidieron seguir avanzando, corrieron hasta donde él se encontraba y lo abrazaron, Daphne y Gabriel lo sujetaban de la cintura, el tercero de sus hijos había ganado algunos centímetros y estaba casi del alto de su hija mayor, dejando detrás a Justine con quien se llevaba solo unos meses de diferencia.
Su hija menor se apoderó de su pierna derecha, su princesa seguía estando igual de pequeña, lo miraba con esos enormes y hermosos ojos cafés que había heredado de Paula, Franco por su parte lo estrechó en un abrazo rápido, típico en adolescentes, pero cargado del amor que sentían como padre e hijo, él también cada día lucía más alto, sospechaba que lo alcanzaría en estatura antes de llegar a la mayoría de edad.
—¡Papi, bienvenido! —esbozaron los dos menores a la vez.
—Papi, te extrañamos muchísimo —mencionó Daphne.
—Papá, bienvenido a casa —dijo Franco sonriendo.
Sus hijos lo miraban como si se tratase de un Dios, siempre había deseado eso, que lo vieran como él lo hacía con sus padres, que se sintieran orgullosos de él, que lo amaran por quien era en verdad, no por el personaje público o el empresario, sino simplemente por ser su padre.
—Gracias por esta bienvenida tan efusiva, no me la esperaba —pronunció verdaderamente emocionado.
Pedro reía abiertamente al verse completamente inmovilizado por sus hijos y la emoción de ese recibimiento no lo dejaba esbozar palabra, solo los veía como lo que eran, sus más grandes tesoros, sus razones para vivir aunque ahí faltaba alguien, la dueña de su amor y que había extrañado durante cada minuto que estuvieron separados.
Él bajó y le dio un beso a cada uno en la frente, abrazándolos con fuerza y después tomó en brazos a Justine, acto seguido caminó hasta donde se encontraba su esposa observando la escena con una sonrisa.
De inmediato fue hechizado por sus hermosos ojos marrones, jamás dejaría de sentir que caminaba en el aire cada vez que estaba cerca de ella, su sonrisa iluminaba su universo por entero, si había algo que lo hacía sentirse realmente completo era mirarse en los ojos de Paula.
—¡Pedro, bienvenido! —dijo ella con una sonrisa que iluminaba su mirada húmeda por las lágrimas de felicidad.
Él bajó a Justine, dejándola parada junto a sus hermanos y tomó a Paula entre sus brazos con fuerza, quería dejar atrás todos los días que deseó tenerla así pero no pudo y sin importarle todas las personas a su alrededor o los lentes de las cámaras que sabía los tenían enfocados, atrapó los labios de su esposa en un beso profundo, cargado de todo el amor y el deseo que sentía por ella, disfrutando del mismo como la primera vez.
Paula intentó mostrarse mesurada pues la cohibía estar rodeada de decenas de personas, pero solo fue cuestión de segundos para que se dejase llevar por ese beso que su esposo le brindaba. Sus manos se aferraron a la fuerte espalda de Pedro al sentir que él casi la doblaba cuando la hizo hacia atrás y gimió extasiada por las sensaciones que despertaron en su cuerpo al sentir el posesivo roce de la lengua masculina.
Sus tres hijos menores los veían con las miradas brillantes de felicidad, sintiéndose emocionados al ver el amor que compartían sus padres; sin embargo, Franco negó con la cabeza frunciendo el ceño al escuchar el clik de todas las cámaras tras ellos y segundos después ver los flashes que los iluminaban.
—Mañana saldrán de nuevo en primera plana de todos los periódicos —murmuró llevándose la mano a la suave cabellera castaña para deslizar los dedos y acomodarla.
Ese gesto lo había heredado de Pedro, su padre lo hacía cuando se encontraba incómodo por algo y en él ocurría exactamente lo mismo. No es que no le gustara ver a sus padres profesarse muestras de cariño, pero cada vez que lo hacían en público media Italia se enteraba y sus compañeros de escuela no dejaban de molestarlo por ello.
A veces se decía que no debía darle importancia a sus comentarios, que ellos no eran quienes para juzgar la manera en cómo sus padres se comportaban, pero entonces salía a relucir el carácter Chaves que había heredado de su madre y de su abuela, ése que le daba a lo que pensaran las personas una prioridad que no debía tener y terminaba atormentándose como justo en ese momento.
—Me parece extraordinario… Así todo el mundo ve lo enamorados que siguen estando tus padres, ¿no te parece? —preguntó Amelia rodeándole los hombros con un brazo a su nieto para traerlo hacia ella y darle un beso en la cabellera castaña, sacándole una sonrisa al serio Franco Alfonso.
Los comentarios alegres de los periodistas que seguían capturando el momento con sus cámaras sacaron a Pedro y Paula de la burbuja donde se encontraban. Él siendo más dueño de la situación terminó el beso con un par de toques de labios y mostró una radiante sonrisa al ver el rostro arrebolado de Paula, el que le hinchó el pecho de emoción.
—Luces hermosa, eres la mujer más bella del mundo Paula —expresó con esa sonrisa que se extendía hasta sus hermosos ojos azules y le acarició las mejillas disfrutando del sonrojo y la calidez que las colmaba.
—Gracias… —esbozó ella sonriendo, sintiéndose aún aturdida por las sensaciones que viajaban a través de su cuerpo y buscó la mirada de Pedro—. ¿Qué fue eso? —inquirió llena de curiosidad por ese gesto tan impulsivo, por lo general ellos se cuidaban de no hacerlo en público de esa manera.
—Un beso de película —contestó en un susurro cerca del oído de su esposa y sus labios dibujaron una sonrisa contra la mejilla de Paula, se sentía muy feliz.
Ella suspiró sintiéndose cautivada por Pedro, él nunca dejaba de enamorarla, después de todo ese tiempo juntos seguía conquistándola con palabras y gestos que la hacían sentir la mujer más feliz del mundo, le acarició el pecho mientras lo miraba a los ojos viéndose tentada de besarlo una vez más.
—No es que me sienta celosa porque no hayas volteado a verme —habló Amelia captando la atención de ambos y cuando sus miradas se cruzaron continuó—: Pero si siguen así, van a terminar dándome un quinto nieto —señaló con una sonrisa cargada de picardía y se acercó hasta ellos.
Pedro caminó hasta ella para envolverla en sus brazos con fuerza y elevarla unos centímetros del suelo mientras le daba un beso cargado de ternura en la mejilla. Después la miró a los ojos y bajó la cabeza para que su madre le diera un beso en la frente como siempre hacía.
—Estoy seguro que usted estaría muy feliz si le diéramos un quinto nieto madre —acotó riendo y compartiendo una mirada cómplice con ella.
Franco puso los ojos en blanco ante la sola idea de tener un hermano más, Paula abrió los de ella con asombro pesando que Pedro se había vuelto loco y los otros tres miembros de la familia Alfonso Chaves aplaudieron para demostrar su apoyo a la idea.
Caminaron juntos hasta el auto, un chico del personal de la compañía de teatro con la cual estaba trabajando Pedro, había llevado su equipaje hasta el mismo, Paula le abrió el compartimento para que ubicara las maletas y después lo despidió con una sonrisa amable, que el joven le regresó mostrando una efusiva y haciendo un ademán con la mano.
Ella seguía cautivando a los italianos, quienes no dejaban de verla como la bella americana, aunque ya gozase de la misma nacionalidad que ellos, pues la había adoptado.
Cuando se volvió para caminar hacia el puesto del piloto, su mirada se encontró con la de Pedro, quien la veía con una ceja arqueada y los labios apretados, ella sonrió divertida mientras negaba con la cabeza, su esposo jamás dejaría los celos de lado.
Él también sonrió consciente de que había actuado como un tonto, Paula era completamente suya. Le pidió las llaves para ser quien condujera hasta la casa y ella seguramente al saber que estaba loco por hacerlo, puesto que odiaba viajar en tren, se las cedió; él caminó para abrirle la puerta mostrándose como el caballero que era y después regresó a la del piloto.
Amelia y Franco subieron junto con Daphne, Gabriel y Justine en los asientos de la parte de atrás de la SUV familiar que había comenzado a usar Paula, en vista de que su familia necesitaba más espacio y era la mejor opción para viajar hasta la Toscana, algo que hacían con mucha frecuencia.
Pedro tomó la mano de Paula y le dio un suave beso en el dorso antes de poner en marcha el motor, el tiempo no había menguado esa necesidad de tocarla que siempre había sentido estando cerca de ella.
Paula le acarició el cabello y le entregó una hermosa sonrisa al ver que él cerraba los ojos ante el gesto que le daba, se acercó para besarlo en la mejilla y después acariciarla con la nariz, disfrutando de la sensación que le brindaba la barbaba perfectamente recortada que seguía usando.
Los niños observaban esa escena y no podían ocultar su felicidad, los ojos de su madre brillaban con mucha más intensidad, incluso Franco viéndose en ese momento libre de las cámaras y los curiosos, sonrió sintiéndose feliz al verlos tan compenetrados y enamorados.
Cuando llegaron a la casa el ambiente era festivo, Amelia, Paula y Daphne se habían encargado de organizar una fiesta con los demás integrantes de la familia para darles la bienvenida a Pedro. Sus hermanos fueron los primeros en acercarse para abrazarlo, por supuesto Alicia le impidió a Lisandro ser el primero, caminó con rapidez hasta él y se le colgó del cuello como si fuera una chica de quince años, había recuperado la alegría de tiempo atrás.
—Estaba a punto de tomar un tren e ir a secuestrarte —mencionó dejándole caer una lluvia de besos en la mejilla.
—No sé cómo lograrías hacerlo con esa panzona que tienes —acotó Pedro riendo pues apenas podía abrazarla.
—¡Oye! ¿Acaso qué esperabas? Seré la primera Alfonso en tener gemelos y mi vientre es normal… no es ninguna panzona —contestó queriendo mostrarse seria pero no podía dejar de sonreír, estaba feliz de tenerlo allí.
Pedro le apretó las mejillas con suavidad y le dio un tierno beso en la nariz, ella seguía siendo su primera princesa, aunque ya tuviese tres más, Paula y sus dos hijas.
Caminaron hasta la terraza donde los demás los esperaban, pues el salón del apartamento se le quedaba pequeño.
Cuando llegó Gabriel, él quiso comprar una casa más amplia pero Paula siempre se negaba diciendo que ése lugar era perfecto para su familia y la complació quedándose allí.
—Lisandro —saludó a su hermano acercándose hasta él para abrazarlo con fuerza.
—¡Oye, sin apretar mucho! La espalda comienza a matarme —le advirtió con una sonrisa.
Ese era el precio que estaba pagando por tantas horas sentado al mando de un avión, pero se negaba a dejar de hacerlo, todavía se consideraba un hombre joven; sin embargo, desde la llegada de su tercer hijo dejó de lado los vuelos internacionales para realizar solo nacionales, una vez al mes hacía alguno fuera del país, pero dentro del mismo continente europeo.
—Ya estás viejo ¡Admítelo! —mencionó Pedro riendo.
—¡Primero muerto!
Lisandro adoptó una postura erguida mientras lo miraba con superioridad, conteniendo el aire y apretando el estómago para demostrarle a su hermano que se equivocaba, pero cuando Pedro le golpeó el abdomen con la palma de la mano, soltó el aire con brusquedad y la barriga hizo acto de presencia.
—Desgraciado —murmuró apretando los dientes.
—Pedroo ya deja a mi esposo en paz… para tu información, se conserva muy bien para tener casi cincuenta —lo defendió Vittoria llegando hasta ellos, abrazó a su cuñado dándole la bienvenida y después besó en los labios a Lisandro.
—Gracias mi amor, pero la próxima vez omite lo de los “casi cincuenta” —indicó en voz baja.
Eso hizo que tanto Pedro como Vittoria y Paula que se les había unido comenzaran a reír, haciendo incluso que el pobre de Lisandro se sonrojada como si fuera un chiquillo.
—¡Bienvenido, hijo! —habló Fernando acercándose hasta ellos con una gran sonrisa y los brazos abiertos.
—Gracias padre, pero… ¿Qué hace con ese delantal? —inquirió viéndolo después de abrazarlo.
—Preparo la receta preferida de mis nietos, una de mis especialidades —contestó con una sonrisa.
—Pizza en el horno de piedra —señaló Pedro con una sonrisa, sintiéndose emocionado pues también era su favorita—. Voy a cambiarme y vengo para ayudarlo, seguro tendrá que hacer docenas para este batallón —agregó mirando a todos los niños que jugaban en el patio.
—Pero… tú acabas de llegar, debes estar cansado.
—Dormí durante el viaje y créame, necesitará de mi ayuda… nada más con Daphne y Tony tiene para pasar la tarde haciendo pizzas —acotó sonriendo y todos los demás lo acompañaron porque sabían que tenía razón, esos dos eran adictos a la receta de su abuelo y podían comerla sin parar.
Estaban sus cuatro hijos, los tres de Lisandro, la pequeña Isabella y también Esmeralda que cada día se parecía más a Diana, en ese instante vio a la hermana de Paula acercarse con una gran sonrisa hasta él.
—Hola cuñado ¡Cada día luces más apuesto! —mencionó abrazándolo mientras sostenía en su brazo izquierdo a la bella Laura de siete meses de nacida.
Ante la insistencia de Esmeralda y Marcelo por agregar otro miembro a la familia Calvani Chaves, Diana se había embarazado de nuevo y aunque ella deseaba tener un varón, terminó dando a luz a otra hermosa niña.
—Gracias, tú te ves igual de bella como siempre y qué decir de mi sobrina, se hace más linda cada día —mencionó Pedro tomándola en brazos para cargarla, la niña le recordaba a Justine cuando tenía esa edad.
—Te veo muy entusiasmado con mi bebé, ¿no estarás pensando en embarazar a Paula de nuevo, no? —inquirió con una sonrisa y sus ojos mostraban asombro.
Pedro dejó libre una carcajada pues con ella y su madre ya eran dos las que le decían lo mismo en un solo día, se quedó mirando a la pequeña en sus brazos y sintió una sensación de expectativa llenarle el pecho, era consciente de que había acordado con Paula que Justine sería la última, pero eso no limitaba que se emocionara ante la idea de tener otro hijo.
—¿Qué están tramando? —preguntó Paula y supo que estaba en lo cierto cuando ambos se sobresaltaron.
—Yo nada, pero Pedro planea embarazarte de nuevo, así que yo siendo tú, estaría muy atenta —puntualizó Diana.
—¿Cómo? —inquirió Paula, parpadeando de manera nerviosa mientras fijaba la mirada en su esposo.
—No he dicho nada, es tu hermana quien tiene una imaginación más creativa que la tuya —se defendió él riendo.
—Pues déjame decirte que no es imaginación, sino intuición. Conozco a los hombres muy bien y sé cuándo planean algo.
Diana afirmó mientras los veía y sonrió al ver la mirada que intercambiaban, esos dos seguían estando igual de enamorados que el día que se casaron y no le extrañaría en lo absoluto si tenían otro hijo, Paula no podía negarle nada a Pedro y él tampoco a ella. Le extendió los brazos a su hija para tenerla de vuelta al ver que comenzaba a hacer un puchero, pero la niña no vino con ella, si no que buscó a Paula.
—¿Quieres venir con tía? —preguntó sonriéndole y le ofreció las manos para tomarla.
Pedroo se la cedió mostrando una sonrisa, las hijas de Diana eran como suyas y de Paula también; cada vez que su aventurera cuñada se iba de viaje con Marcelo para captar imágenes alrededor del mundo, Esmeralda se quedaba con ellos y estaba seguro que con Laura sería lo mismo. Se sintió embelesado mirando cómo la niña se acurrucaba contra el pecho de su esposa y ella la acariciaba meciéndola para hacerla dormir, la maternidad le sentaba de maravilla a Paula.
—Te ves hermosa —pronunció acariciándole la mejilla cuando ella subió su mirada para verlo.
Diana que observaba el cuadro no pudo evitar mostrar una sonrisa traviesa, esa mirada de su cuñado gritaba que deseaba ser padre de nuevo, nunca imaginó que Paula llegaría a tener una familia tan numerosa.
—Estoy segura que te va a convencer de tener otro —acotó Diana sonriendo y después les guiñó un ojo.
Aprovechó que Laura se quedaba dormida en el regazo de su hermana para ir a ayudar a las demás mujeres a mantener a los niños entretenidos con juegos de mesa mientras los hombres ayudaban a Fernando con las pizzas que ya olían delicioso.
Paula buscó la mirada de Pedro para confirmar que lo que le había mencionado su hermana no era cierto, que él no estaba verdaderamente pensando en la posibilidad de tener otro hijo. No era que rechazara la idea de tajo o que tener otro bebé lo viera como una complicación, pero creía que ya con cuatro eran más que suficiente; además, a su edad un embarazo era de cuidado y apenas le quedaba tiempo para atender a Gabriel y Justine que requerían de mucha de su energía.
—Son solo suposiciones de Diana, en serio no le dije nada… soy consciente de lo acordado y creo que está bien —comentó él viendo la pregunta en la mirada de su mujer—. Sin embargo, no puedo negar que te veas hermosa con Laura en brazos y que me diera algo de nostalgia al recordar a Daphne y Justine —agregó acercándose a ella para abrazarla y darle un beso.
—Yo también lo extraño a veces, sobre todo con Daphne que cada vez está más grande… pero no debemos tener un bebé cada vez que sintamos nostalgia, imagina que lo deseemos cuando tengamos ochenta años —indicó sonriendo divertida al tiempo que lo miraba a los ojos.
—Para ese momento ya tendremos nietos y ellos alejarán la nostalgia —puntualizó riendo lleno de felicidad.
Caminaron hasta el moisés para dejar a Laura quien se había quedado dormida y le avisaron a Diana para que estuviera pendiente mientras ellos subían a su habitación, Pedro necesitaba cambiarse de ropa y refrescarse un poco.
Apenas entraron a la habitación Pedro envolvió a Paula entre sus brazos y la besó con la misma pasión que mostró minutos atrás en la estación de trenes, en realidad mucha más pues allí no había testigos, sus manos descendieron por la estilizada espalda femenina hasta posarse en el perfecto trasero de su esposa, gimiendo al sentir la suavidad.
—Pedro… —susurró ella cuando él liberó su boca para llenar de besos su cuello.
—Te extrañé muchísimo preciosa —le dijo mirándola a los ojos mientras respiraba el dulce aroma de su piel.
—Yo también te extrañé mi vida… los días se me hacían eternos y las noches eran horribles, pero ahora te tengo aquí… te tengo aquí y no hay en el mundo una mujer más feliz que yo —esbozó acariciándole el cabello al tiempo que sonreía.
Pedro lo hizo también pues no había tampoco un hombre más feliz que él, atrapó de nuevo los labios de su esposa con pasión y llevado por ese sentimiento, comenzó a brindarle caricias más intensas a Paula, sus dedos buscaron
la cremallera del vestido burdeos que llevaba su esposa y se disponía a bajarla cuando ella se separó de sus labios.
—Pedro… no, no podemos ahora amor, tu familia está abajo y han venido para darte una fiesta de bienvenida.
—¿No le podemos decir que ya la fiesta terminó? —preguntó mirándola con ojos de cachorro regañado.
Ella negó con la cabeza mientras reía y le tomó el rostro entre las manos para besarlo con suavidad, procurando no ir más allá y evitar perder el control, sabía que ella deseaba lo mismo y con la misma intensidad que lo hacía él.
—Mejor voy a buscarte algo para que estés cómodo y ayudes a Fernando con las pizzas —se alejó caminando hasta el armario.
—¿No me acompañarás ni siquiera a darme una ducha? —pidió parándose detrás de Paula y rodeándole la cintura con los brazos al tiempo que le daba suaves besos en el hombro.
—Si entro contigo al baño ahora, dudo que podamos salir de allí rápido —dijo moviendo su rostro para verlo a los ojos y le dedicó una sonrisa al ver cómo la mirada de su esposo se iluminaba—. Deseo tenerte mucho más que una hora Pedro, son muchas noches las que debemos recuperar y ahora tienes que estar junto a tu familia, ya después te tendré solo para mí —indicó dándole un suave beso en los labios.
—No creo que tengan problemas si nos desaparecemos una hora, después de todo es lógico que deseemos un momento a solas después de tantos días separados —insistió porque en realidad se moría por hacerle el amor a su mujer.
Paula se sintió realmente tentada a dejarse llevar cuando sintió los besos de Pedro subir por su cuello hasta su oreja y las fuertes manos masajear suavemente sus senos, con ese toque que solo él sabía darle. Cerró los ojos temblando al sentir la leve tensión que comenzaba a mostrar el miembro de su esposo, dejó que él la girara para atrapar su boca en un beso intenso y cargado de todas las ansias acumuladas.
De pronto una algarabía que provenía del jardín los regresó a la realidad, Paula más dueña del momento fue quien tuvo la voluntad para alejarse, le dio un par de besos en la mejilla para que el deseo menguara en ambos. Aunque deseaba con todas sus fuerzas a Pedro, sabía que ese no era el momento,parte de su familia se encontraba allí y si ellos desaparecían por una hora no tardarían en llegar a la causa de su ausencia.
—Será mejor que esperemos hasta que todos se vayan —susurró dándole suaves toques con sus labios en los de él—. Ellos han venido a verte y pasar un rato en familia, no está bien que los hagamos esperar —decía intentando mostrarse equilibrada, aunque por dentro estuviera hirviendo.
—Está bien, me rindo, pero debes prometerme que se si no se han ido para cuando anochezca, te fugarás conmigo —su tono no admitía un no por respuesta.
—Prometo darte el cielo si me lo pides esta noche Pedro —susurró contra los labios de él, mirándolo con intensidad.
—Se le da muy bien la poesía señora escritora —esbozó realmente emocionado por esas palabras.
—Se me dan mejor las caricias —mencionó deslizando su mano hasta alcanzar la naciente erección de su esposo y la acarició con suavidad—. Pero lamento decirle a su amigo que deberá esperar algunas horas para disfrutar de lo que le haré —agregó sonriendo de manera traviesa y se mordió el labio cuando su esposo le regaló un gemido.
—Será mejor que guardes energías y sostengas tus palabras Paula porque esta noche no te daré tregua, entre más me ruegues más lo voy a disfrutar y entre más me pidas más te daré… —decía cuando ella lo detuvo.
—Creo que se le olvida que he aprendido a jugar su mismo juego señor Alfonso… yo también sé cómo hacer que me suplique, también puedo volverlo loco —su voz desbordaba convicción, así como su actitud.
Pedro elevó una ceja mientras la retaba con la mirada y el deseo se instaló de nuevo en sus pupilas que se dilataron en segundos, cerró la cintura de su mujer con los brazos para pegarla a su cuerpo y le acercó los labios hasta el oído.
—Ya veremos quién termina perdiendo la cabeza señora Alfonso, desde ya presiento que la escucharé cantar esta noche una de mis canciones favoritas —murmuró rozándole la oreja con los labios y sus manos le apretaron con fuerza las nalgas para hacerle pagar su altanería.
Paula soltó una carcajada al recordar cuál era la canción que siempre debía cantar, su esposo aún no superaba lo sucedido años atrás y eso de alguna manera la animaba mucho, pues ella seguía siendo un reto para él y uno que se esmeraba en conquistar a cada instante, con gestos y palabras.
—Me encantará hacerlo… esta noche —sentenció ella, alejándose antes de que no pudiera controlar el deseo.
Él dejó escapar un suspiro sintiéndose frustrado, pero no le quedó más remedio que resignarse, sabía que tampoco le bastaría con tener una hora a Paula, la deseaba toda una noche, hacerla su mujer hasta que el sol los sorprendiera en la mañana y aliviar la tensión que sentía por su tiempo de abstinencia, necesitaba sentirse pleno y feliz como solo ella podía lograr que se sintiera.
CAPITULO ESPECIAL 1
Roma, Italia – Mayo de 2028
El sol entraba a través de los enormes ventanales de la habitación iluminándola casi por completo, ella despertó y parpadeó un par de veces para ajustar sus ojos a la luz, se dio media vuelta y solo encontró a su lado un espacio vacío, ya había pasado casi un mes en el cual despertaba y lo único que encontraba era la ausencia de su marido.
Dejó salir un suspiro y cerró de nuevo los ojos, recordando en lo que se había convertido su vida, la verdad nunca pensó que podía ser tan feliz, tenía una familia maravillosa, su profesión, sus hijos, su hogar.
Un toque en la puerta la hizo volver de sus cavilaciones, dejó escapar un suspiro y se acomodó quedando sentada en la cama mientras se arreglaba un poco el cabello.
—Adelante —dijo frotándose los ojos para terminar de despertar y sonrió al ver a Dalia.
—Buenos días Paula, te traigo el desayuno y también la prensa —pronunció la mujer al tiempo que colocaba la bandeja con cuidado en el lado vacío de la gran cama.
—Gracias Dalia, ¿cómo marcha todo? —preguntó tomando el diario que seguramente traía noticias de Pedro.
—Perfecto, todo está listo para recibir a Pedro —respondió con una sonrisa.
—Excelente, ¿los niños ya despertaron? —inquirió de nuevo.
—Aún no, pero seguro Daphne no debe tardar —contestó la mujer, esbozando una sonrisa al recordar las travesuras de la niña.
—Seguro —agregó Paula con una sonrisa, entendiendo el gesto de la empleada.
Después de eso salió para continuar con sus labores.
Paula tomó la taza con la ensalada de frutas y comenzó a leer mientras desayunaba, acostumbraba a hacerlo con los niños pero seguramente ellos deseaban dormir hasta más tarde, aprovechando que era fin de semana.
En la sección de espectáculos, la nota principal era el rotundo éxito de la pieza de teatro que protagonizaba Pedro.
Los críticos se desvivían en elogios para con su trabajo, tal como mencionó una vez, al parecer los críticos solo esperaban que hubiera ganado un Oscar para tomarlo en serio.
Sus ojos se deslizaron a la fotografía junto a la nota, era de la rueda de prensa antes de la función, él se veía feliz y guapo como siempre, había otra que lo mostraba sobre el escenario durante la actuación. Una sonrisa rebosante de orgullo se dibujó en sus labios mientras su dedo índice acariciaba la imagen, sin poder evitarlo se llenó de nostalgia dejando escapar un suspiro y cerró los ojos de nuevo.
—¡Mamá, buenos días!
Mencionó Daphne entrado a la habitación, corriendo hacia ella. Su cabello castaño lucía desordenado como siempre y sus hermosos ojos grises destellaban llenos de vida, intentó subir con rapidez a la gran cama de sus padres.
Paula la conocía tan bien que apenas la vio entrar, tomó la bandeja y la trasladó al otro lado para mantenerla estable o la energía que desbordaba su hija terminaría volcando el desayuno, se volvió entregándole la mejor de sus sonrisas.
—¡Buenos días princesa! —saludó abriendo sus brazos para recibirla y le dio un beso en la mejilla.
—Hoy es el día, ¿verdad? —preguntó Daphne con una sonrisa que llegaba a su mirada, sacando hermosos reflejos a sus ojos, que no eran tan azules como los de Pedro pero sin duda eran hermosos.
—Sí amor, hoy es el día. Tu papá llega en la tarde, tenemos que dejar todo listo para ir a recibirlo —respondió con una sonrisa que también creaba matices en su mirada.
La sonrisa de Daphne se hizo más efusiva mientras compartía una mirada cómplice con Paula, estaba muy emocionada por ver a su padre de nuevo y ver todos los regalos que le había prometido. Se quedó en la cama junto a su mamá y tomó el desayuno con ella mientras escuchaba la melodiosa voz que leía llena de orgullo los elogios que le hacían a su padre, le gustaba esos momentos que compartía con su escritora favorita y la mejor madre del mundo.
martes, 15 de septiembre de 2015
EPILOGO 5
La toscana, Italia – junio 2023.
Paula se deleitaba con la imagen de su apuesto esposo que se observaba en el espejo, comprobando el nudo de la corbata que le había hecho. Se sentía rebosante de orgullo ante todo lo que ambos habían alcanzado hasta ese momento, su vida como esposos era un sueño, aunque nunca faltaban las discusiones por cualquier tontería, puesto que ambos mantenían su esencia y ese carácter que los hacía chocar de vez en cuando, el amor era mucho más poderoso, haciendo que vencieran cualquier obstáculo.
Estaban por cumplir diez años de casados y catorce de haberse conocido, desde ese día en que sus mundos cambiaron por completo. Ella dejó libre un suspiro recordando aquel instante y eso atrapó la atención de su esposo que se volvió a mirarla, Paula le dedicó una sonrisa y se acercó hasta él.
—Eres el hombre de cuarenta años más apuesto y sensual que he visto en mi vida —susurró contra los labios de Pedro.
—Me estás sumando meses Paula —indicó elevando una ceja y al ver la picardía en la mirada de su esposa, la apretó contra su cuerpo—. Puedo tener ochenta, pero tú siempre me harás sentir de veintiséis —acotó sonriendo y llevó sus manos al perfecto trasero de Paula que seguía enloqueciéndolo.
—Señor Alfonso, quite las manos de allí que tenemos un vino que presentar —le advirtió, pero no pudo evitar morderse el labio cuando vio el azul hacerse más oscuro.
—Y yo puedo dar fe que es el mejor vino que el probado en mi vida —susurró él besándole el cuello.
Recordando cuando la noche anterior, había tomado una de las cien botellas que habían sido trasladadas hasta la villa para el lanzamiento del vino y él quiso catarlo, pero de una manera muy especial. Preparó la tina e invitó a su esposa a acompañarlo, derramó el vino en esos preciosos senos y esperó que la copa que había colocado debajo de uno se llenara, mezclado con la esencia de Paula era el mejor vino que hubiera probado en su vida, uno que solo probaría él para su suerte.
Pero ella no se quedó atrás, también derramó el exquisito licor rubí sobre el cuerpo de Pedro, dejando que sus labios y lenguas lo recogiesen directamente de la piel bronceada de su esposo, encontraba un sabor mucho más delicioso y excitante, el juego los llevó a beber varias botellas de vino.
Terminaron haciendo el amor con esa pasión que los años no habían menguado, entregándose por completo, dando y exigiendo todo en cada encuentro.
La mirada de Paula también se oscureció ante el recuerdo de ese erótico momento, se acercó a él para darle un beso apasionado y antes de que pudieran dejarse llevar por sus deseos y llegar tarde a la presentación de su primera gran reserva, un golpe en la puerta los hizo detenerse, dejaron libre un suspiro y compartiendo una sonrisa que hacía cientos de promesas, se separaron.
—Adelante —mencionó Paula a quien llamaba.
—Paula, perdón que los moleste, pero Olivia despertó y pregunta por ti, ya le di su biberón.
Mencionó Dalia, una de las señoras que ayudaba a Paula con la casa y con los niños, teniendo ya cuatro, debió requerir a ayuda, porque no le alcanzaba el tiempo entre ellos y escribir; aunque igual disfrutaba mucho de su rol de madre.
Su hermosa niña de ojos ámbar, había sido una sorpresa para todos, siete meses después del nacimiento de Gabriel se enteró que estaba embarazada de nuevo, había cambiado de método preventivo para poder alimentar a su hijo sin problemas, y pensaba que estaba segura, por eso no tomó otro cuidado.
Sin embargo, cuando sus sospechas fueron confirmadas, se sintió embargada por esa inmensa felicidad, ésa que traer una nueva vida al mundo brinda. Tomó a su princesa en brazos y la arrulló contra su pecho, secándole con besos las delgadas lágrimas que bajaban por sus mejillas, sintió a
Pedro acariciar la cabeza de su hija y besarla.
Compartieron unos minutos más con ella hasta dejarla dormida de nuevo, aunque deseaban tener a toda su familia presente, ella estaba muy pequeña para asistir al evento.
Sus familiares habían viajado hasta la villa para acompañarlos, también muchos de sus amigos y la prensa que cubriría el lanzamiento del vino, todos estaban allí para respaldar el éxito de vino, muchos de ellos ya habían tenido muestras del mismo y podía casi asegurar que era elixir de dioses.
Paula y Pedro se habían alejado un poco de los medios, sin embargo, ambos seguían trabajando cada uno en sus profesiones, aunque no a tiempo completo, pues su mayor prioridad era su familia.
El viñedo no comenzó a funcionar bajo sus apellidos, sino dos años después, cuando lograron obtener todos los permisos y a las personas expertas en cada área, ellos deseaban un ofrecer un producto de calidad así que buscaron solo a los mejores.
Ya llevaban ocho años produciendo vinos con el sello del matrimonio Alfonso –Chaves, había sido todo un éxito desde su lanzamiento y esperaban que cada día ganaran mayor renombre, sobre todo con la presentación de esa reserva especial a la cual le habían dedicado, tiempo, esfuerzo, dinero y sobre todo mucha pasión, pues estaba muy ligada a los dos.
Pedro dio inicio al discurso, hablando de su pasión por los vinos y cómo su esposa había mostrado el mismo interés por ellos, desde que se cocieron, éstos habían estado presentes desde el inicio de su relación y en honor a la misma, presentaban ese que había sido añejado por casi diez años.— Es un placer para nosotros presentarles “Rendición” nuestra primera reserva especial — mencionó Pedro con orgullo.
Mostró la elegante botella negra que contenía un exquisito Chianti, del color del rubí, con todos esos elementos que los identificaban, como lo eran las fresas y el chocolate, todo combinado en un solo cuerpo, que al igual que sus hijos, le daban forma y figura al amor.
Al día siguiente cuando ya todo el revuelo de la presentación había terminado, los esposos le dedicaron el día completo a sus hijos, admirando el paisaje que los rodeaba, sintiendo la brisa y el dulce aroma de la naturaleza, vid, olivos, girasoles.
Cada una estaba estrechamente ligada a ellos, a lo que eran y lo que sentían, sus hijos se habían alejado para jugar y ellos se encontraban tendidos en una manta de cuadro, como aquel primer día que se entregaron.
—¿Paula, estás dormida? —preguntó él, acostándose de lado.
—No, solo tenía los ojos cerrados y recordaba… —contestó adoptado la misma posición de él.
—¿Si?—preguntó intrigado y se acercó más a ella—. Cuéntame qué recordabas —pidió con una sonrisa.
—Recordaba la primera vez que nos encontramos en el río y tú me apretaste con fuerza entre tusbrazos… —decía mirándolo y él asintió dándole a entender que sabía lo que hablaba—. Recordaba lo que me dijiste en ese entonces… “Piense en los hermosos hijos que no tendrá si hace algo como eso” —citó sus palabras dejando ver una hermosa sonrisa y le acarició el rostro—Me alegra muchísimo no haberte pegado en ese momento —acotó riendo.
—Muy graciosa señora Alfonso —mencionó tumbándola de espalda y la cubrió con su cuerpo.
—Gracias por haberme dado cuatro hermosos hijos señor Alfonso —susurró ahogándose en el azul zafiro de sus ojos.
—Gracias a ti por tenerlos conmigo Paula —esbozó sintiendo el pecho lleno de orgullo y emoción.
—Te amo… —susurró ella, acariciándole el cabello.
—Te amo —expresó él y se acercó para besarla.
Se fundieron en un beso que los elevó, pero que no tuvo la necesidad de crear un mundo aparte porque ya el suyo era perfecto, era todo lo que habían deseado y más. Ellos eran uno la vida del otro y el mundo del otro, ambos habían logrado salir adelante a pesar de todas las adversidades contra las cuales tuvieron que luchar. Juntos, siempre juntos, su amor es de esos hechos para sembrar más amor.
La vida les había premiado con aquello que siempre soñaron, cuando se pone la vida en las manos de otra persona, se lucha porque eso sea para siempre, se trabaja día a día por hacer que el sentimiento crezca, que dé frutos, que jamás se permita dudar.
Eso fue lo que encontraron Paula y Pedro, ellos construyeron su propio mundo en ese lugar, un mundo libre y hermoso, como ése que solo puede nacer del amor, ellos hicieron que un amor de verano, se convirtiera en un amor para toda la vida.
EPILOGO 4
Roma, Italia – agosto 2020.
Pedro se encontraba en ese estado en medio del sueño y la realidad, tendido boca abajo en la amplia cama que compartía junto a Paula, sintiendo los suaves y cálidos besos que su mujer le daba en la espalda para despertarlo, una sonrisa afloró en sus labios cuando la sintió subir hasta su hombro y después a su mejilla.
—Feliz cumpleaños —susurró acariciándole la espalda.
Pedro subió el rostro ofreciendo sus labios, para que lo besara, ella no se pudo resistir y terminó haciéndolo, aunque ya tenía otros planes, pero había aprendido junto a él que a veces es bueno romper los patrones. Sin embargo, esa mañana no podía hacerlo.
—Tienes que levantarte y ponerte un pijama… yo iré por los niños —susurró Paula cuando acabó el beso.
—Quédate un rato más y hagamos el amor —pidió él mientras acariciaba la perfecta pierna de Paula, que estaba apoyada sobre su trasero, siempre dormían enredados así.
—¡Pedro! —se quejó parpadeando asombrada—. Anoche apenas me dejaste dormir, ahora mismo tengo que ir a beber una jarra de café para mantenerme en pie —decía cuando él la detuvo.
—Siempre te quejas… pero cada vez que te propongo hacerlo de nuevo, nunca me dices que no —dijo con sorna y abrió los ojos para verla, lucía hermosa como siempre.
—Pues en este instante lo haré… sabes que los niños siempre esperan este día con emoción, así que ponte algo mientras yo los busco —mencionó saliendo de la cama y para hacer que él reaccionara le jaló la sábana, dejando al descubierto ese increíble cuerpo desnudo, que cada día parecía desear más.
Pedro se estiró cuan largo era en la cama, disfrutando de la sonrisa que mostró su esposa cuando lo vio hacerlo, pero igual se le escapó corriendo hasta el baño para no caer en la tentación.
Él se puso de pie y tomó del armario un pantalón de seda azul marino, que era del último pijama que su madre le regaló, había empezado a usarla desde la primera vez que Franco llegó a la habitación llorando porque había tenido una pesadilla y les pidió que lo dejaran dormir allí.
Ser padre había sido una de las experiencias más abrumadoras, agotadoras y maravillosas que había vivido junto a Paula, no dejaba de asombrarse ante el nuevo sentido que había adquirido su mundo desde la llegada de su primer hijo, pensó que con Daphne ya estaría acostumbrado y las sorpresas no serían muchas, pero se equivocó, su hija le demostró que con ella todo sería distinto, era un terremoto en comparación con su hermano mayor.
—¿Listo? —Le preguntó Paula volviéndolo a la realidad.
Lucía hermosa con ese sencillo vestido verde agua y su cabello castaño, que caía suelto sobre los hombros. Su perfecto cuerpo no había cambiado con los embarazos, solo sus caderas que se habían hecho más anchas y sus senos más voluptuosos, pero eso la hacía mucho más atractiva.
—Sí —respondió dándole un beso en los labios.
—Perfecto, ahora denos su mejor actuación señor Alfonso, vaya y hágase el dormido — expresó con una sonrisa.
Él sonrió y se metió a la cama de nuevo. Paula había adoptado por tradición, llegar la mañana de su cumpleaños junto a Franco y Daphne para despertarlo con un pastel, los niños disfrutaban mucho ese momento y ellos como padres también. Cerró los ojos y esperó pacientemente por su familia.
Minutos después los sintió abrir la puerta y hablar en susurros, mientras él tenía que hacer como le dijera Paula, su mejor actuación para fingirse dormido y no sonreír de felicidad.
—Feliz cumpleaños papi, feliz cumpleaños a ti —cantaban los tres acercándose y Paula llevaba el pastel con las treinta y siete velas que lo adornaban.
Habían transcurrido once años desde que ella vivió al lado de su esposo su primer cumpleaños, uno que se había quedado grabado en su memoria, caminó despacio y esbozó una sonrisa al ver que él se removía entre las sábanas, pero no despertaba.
—¡Papi no seas perezoso! ¡Levántate! —exclamó Daphne subiéndose a la cama y comenzó a pegarle con sus manitas en la espalda, buscado atraer la atención de su padre.
—¡Daphne no era así! —le reclamó Franco que era idéntico a Pedro físicamente, pero había heredado el carácter serio de Paula, se acercó para separar a su hermana.
—¡Vengan acá los dos! —los atrapó Pedro girándose para tumbarlos sobre la cama y hacerles cosquillas.
—¡Papi no! ¡Papá! —exclamaban los niños riendo.
—¡Hey, ustedes tres! El pastel se va incendiar si no apagamos rápido las velas —indicó Paula atrayendo la atención de todos.
Pedro se puso de rodillas sobre la cama, esperó a que su esposa y sus hijos le cantaran el cumpleaños de nuevo.
Ellos le recordaron sus deseos, pero viéndolos allí y sintiéndose tan feliz como en ese instante lo era, sentía que ya no tenía nada más que desear, pero pidió lo que se repetían año tras año, tenerlos a ellos siempre.
Paula dejó el pastel con cuidado sobre la cama, la bandeja donde lo llevaba impedía que manchara las sábanas. Se sentó al borde de la cama, sacó un sobre que estaba en la gaveta de su mesa de noche y se apoyó contra el espaldar.
—Tu regalo de cumpleaños —esbozó Paula entregándoselo mientras sonreía—. ¡Ábrelo! — exclamó sintiéndose feliz.
—¡Sí papi! ¡Ábrelo! ¡Ábrelo! —pidieron sus hijos.
Pedro lo hizo lleno de curiosidad, extendió la hoja de papel ante sus ojos y una sola palabra escrita en éste, hizo que su corazón triplicara los latidos, Paula le confirmó lo que allí estaba escrito mientras sonreía asintiendo en silencio, él se acercó a ella para besarla con ternura y amor, agradeciéndole por hacerlo tan inmensamente feliz, los regalos de cumpleaños que le entregaba siempre eran los mejores, no cabía en sí de la felicidad.
—¿Qué es? —preguntó Daphne mirando la hoja, ella aún no sabía leer bien, acababa de cumplir cuatro años.
—Tu mami está esperando un bebé… vas a tener un hermanito —contestó Pedro sentándosela en las piernas.
—¿Otro? —inquirió Franco frunciendo el ceño como hacía su padre cuando algo no le gustaba.
Los esposos rieron y Paula lo tomó por la cintura para cargarlo, aunque estaba próximo a cumplir seis años, para ella seguía siendo su bebe; le cubrió el rostro de besos y le susurró cuánto lo amaba, haciéndolo así para que Daphne que había heredado la personalidad competitiva de ella, no fuera a armar un berrinche.
En la fiesta que se ofreció esa tarde en la casa de los padres de Pedro, todos se mostraron felices ante la llegada de un nuevo miembro a la familia, los nietos a Amelia y Fernando les habían llovido.
Primero fue Tony, el hijo de Lisandro con Vittoria, después llegó Franco llenándolos de felicidad, dos años después cuando llegó Daphne, su hermosa niña que era idéntica a Paula, pero había heredado la desenvoltura de su padre, muchos les hacían broma por ello, sus dos hijos era una combinación de los dos.
Alicia les anunciaba que estaba esperando un bebé junto a Piero, aquel reencuentro en el matrimonio de Pedro y Paula los llevó a retomar su amistad, eso dio paso a una relación de año y medio la cual terminó en casamiento, la pequeña Isabella llegó para llenar ese vacío que le causó tanto daño a su madre.
Pero no solo ellos habían sido bendecidos con nietos, los Chaves también. Lidia y Walter tuvieron su segunda niña a la que bautizaron como Valeria, igual de hermosa que la dulce Emilia quien se sintió feliz de inmediato ante la llegada de su hermana.
Nicolas y Jaqueline también habían sorprendido a todos cuando anunciaron que esperaban un bebé, pero que después de unos meses resultaron ser dos. Aunque ambos habían decidido esperar para casarse, esa noticia y el chantaje por parte de la mamá de ella, los llevó a darse el sí frente a un altar cuando ella tenía ya siete meses de embarazo.
Por su parte Diana, también les había entregado ya una nieta a sus padres y Marcello que apenas podía con la emoción al saber que sería padre, pensó que moriría sin saber lo que sentía vivir una experiencia como esa. Después que se enteró se replanteó muchas otras y el matrimonio fue una de éstas.
Pasó tres meses rogándole a su mujer para que se casaran, pero la naturaleza libre de Diana no era fácil de domar, al final terminó convenciéndola, pero lo hicieron después de que nació la niña, a la que llamó Esmeralda, como él siempre llamaba a Diana.
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