sábado, 12 de septiembre de 2015

CAPITULO 211




El auto se desplazaba por la larga carretera bordeada de altas y frondosas setas, que seguían mostrando ese verde intenso que las caracterizaba a pesar de encontrarse a finales de verano, a ambos lados de la misma los campos toscanos se extendían mucho más allá de lo que su vista podía abarcar, mostrando el tono amarillo que precede al otoñó, salpicado en algunos lugares por diminutas flores rojas, blancas y violetas. Ya había estado antes en esa región, disfrutando de los hermosos paisajes que podía ofrecerle Italia, pero que no visitaba desde hacía mucho y sin embargo, se sintió allí mientras leía el último libro de Paula, que estaba ambientado en ese lugar.


Durante el vuelo lo había hecho de nuevo, saltándose las escenas eróticas, tampoco era tan masoquista como para torturarse al imaginarla junto a Alfonso protagonizándolas. 


Ya no le quedaban dudas de que él era el misterioso hombre del cual ella había estado siempre enamorada; si los diarios en América habían reseñado en varias ocasiones la relación entre su ex novia y el actor, en Italia habían hecho de eso casi la nota de primera plana a diario, pues no consiguió un solo periódico en los dos días que duró en Roma, donde no hubiera un artículo mencionándolo.


No sabía cuánto se quedaría en ese lugar, por lo que no pensó en alquilar un auto como habitualmente hacía en las ciudades que visitaba, prefirió tomar los servicios de un taxi y dejar sus maletas en Roma, solo había viajado con un bolso de mano; después de todo dudaba que Paula se pusiera feliz al verlo o que él se sintiera cómodo compartiendo con ella y ese hombre. En más de una ocasión se había planteado dejar las cosas así y regresar a su país, pero cada vez que la veía en las fotografías de los diarios su corazón se desbocaba en latidos y eso no era algo que debería ocurrirle, no si ya se había propuesto construir un futuro al lado de Juliana, sabía que ella estaba furiosa con él, pero también que lo amaba y terminaría comprendiéndolo, cuando le dijera que era libre para poder entregarse a ella por completo.


—Necesito que tú me liberes de tus recuerdos Paula, necesito cerrar mi capítulo contigo para poder continuar —esbozó y sus ojos se toparon con el conjunto de casas en la cima de una colina.


Esa era la villa de los Codazzi, el lugar donde se estaban llevando a cabo las grabaciones de Rendición, solo esperaba que la seguridad lo dejara pasar sin tener que rogar para ver a Paula.


Las grabaciones habían llegado a su final, al menos para Pedro quien había finalizado el día anterior todas sus escenas y algunas de retoques que habían hecho en caso de necesitarlas, todo dependía de la edición final, por ese motivo se encontraba libre al igual que Paula, Kimberly y la
mayoría de los integrantes del equipo. Solo Guillermo, Thomas y Marcus seguían trabajando supervisados por el mismo Guillermo Reynolds padre, quien había viajado desde Los Angeles para participar en el final, de lo que según él sería la película del año.


Debido a la presencia del hombre todos se quedaron en la villa, atentos a cualquier eventualidad o cambio que pudiera suscitarse, también para viajar hasta Roma juntos como tenían por regla. La familia de Pedro igualmente se encontraba en la villa desde hacía dos días por su cumpleaños, había pasado mucho tiempo desde que sus padres y sus hermanos no invadían un set de grabación, para darle la sorpresa de pasar esa fecha tan especial junto a él.


Cuando los vio entrar acompañados por Paula después de un corte, no pudo contener su emoción, corrió hasta ellos abrazándolos e incluso derramando algunas lágrimas, pues había transcurrido más de un mes desde que se despidió estando en Varese, su último receso lo había tomado para viajar hasta Puglia. Su novia no solo llegó con su familia, sino también llevando en sus manos el exquisito pastel de chocolate que años atrás le entregara sobre su cuerpo, la mirada que intercambiaron les dijo a ambos que esa noche se escaparían para revivir aquel momento.


También había mantenido comunicación constante con Alicia, era como si el tiempo hubiera regresado, ellos eran los mismos de antes y Pedro se descubrió siendo uno de esos hermanos acosadores, pues le preguntaba por lo mínimo que hacía, ella se lo hizo saber aunque no como un
reproche, sino como algo que admitió adoraba, la hacía feliz que se preocupara por ella. Esa tarde después de la comida, su hermana casi que lo echó de la villa, recordándole que tenía una novia que atender, así que buscó a Paula y la invitó a dar un paseo a caballo, aprovechando que no tenían nada más que hacer de momento.


—¿En serio no me dejaste ganar? —preguntó Paula con la voz agitada, mientras sonreía y llevaba al trote a Estrella fugaz.


Había hecho una carrera con Pedro sin apostar nada, solo por simple diversión y apenas podía creer que en verdad le hubiera ganado, sobre todo porque él había sido su maestro y era obviamente mejor jinete que ella, además Misterio era más poderoso que su yegua.


—No, te dije una vez que ella era más veloz que Misterio —contestó Pedro y de inmediato recibió un par de relinchos del caballo en protesta por sus palabras— ¿Me vas a culpar a mí? — inquirió hablándole al semental negro que enseguida movió su cabeza afirmando.


Paula comenzó a reír al ver la actitud de ambos y llevó su mano para acariciar la crin del hermoso corcel negro, al tiempo que se acercaba y le ofrecía sus labios al guapo maestrante sobre su lomo. Sintió la mano de Pedro apoyarse en su cintura para atraerla más a él queriendo profundizar el beso y ella deseosa de recibirlo cedió ante su exigencia.


Minutos después la tarde comenzaba a caer, bañando con sus tonos naranjas y dorados todo el paisaje, envolviéndolos a ellos también que suspiraban abrazados mirando el atardecer. Después de su aventura en el establo dos días atrás, comenzaron a darse la libertad para compartir mucho más, aunque todavía se cuidaban de darse muestras de cariño delante de los demás, no por temor a lo que pudieran decir, sino para evitar que alguna imagen de ellos besándose se fuera a colar por “casualidad” en algún diario sensacionalista, deseaban cuidar su intimidad tanto como pudieran, evitar que la volvieran el circo de finales de verano.


—¿Regresamos? —preguntó Paula mirándolo a los ojos.


—Debemos hacerlo o dejarás de ser la favorita de mi madre… apenas le he dedicado tiempo desde que está aquí —respondió mostrando una sonrisa y se puso de pie primero, para después ayudar a Paula.


Ella se veía tan hermosa en ese conjunto de equitación que su madre le había regalado y mientras caminaba hacia donde pastaban los animales, él no pudo evitar quedarse rezagado para disfrutar del sensual balanceó de sus caderas y ese perfecto trasero enfundado en el ajustado pantalón beige, dejó ver una sonrisa cuando la vio subir con absoluta destreza sobre Estrella fugaz, sin requerir ya de su ayuda.


—Pues no ha sido mi culpa sino tuya, te empeñas en secuestrarme —indicó acomodándose en el lomo de la yegua.


—Para ser una mujer cautiva contra su voluntad es muy colaboradora señora Chaves, incluso juraría que disfruta cuando lo hago —señaló sonriendo mientras montaba sobre Misterio, después se acercó para darle un beso en los labios y la miró a los ojos— ¿Hacemos otra carrera para obtener mi revancha? —inquirió con esa sonrisa de medio lado que sabía tenía un efecto devastador sobre Paula.


Ella se quedó mirándolo unos segundos y aprovechando el factor sorpresa se alejó de él saliendo al galope sobre Estrella fugaz, en verdad era una yegua muy rápida, pero él tenía más experiencia, además sabía que Misterio estaba loco por ganarse a la vanidosa yegua y él a la altanera amazonas que se le había escapado haciéndole trampa.


Ignacio había llegado apenas hacía una hora, lo primero que tuvo que enfrentar fue las miradas de desconcierto e incluso de burla por parte de muchos de los hombres allí presentes. 


Caminó en compañía de Guillermo Reynolds quien había tenido la amabilidad de permitirle el acceso, hasta la casa que ocupaba Paula, pero ella no se encontraba en ésta.


—Debe estar de paseo en la yegua que Pedro Alfonso le regaló, sale cada vez que puede… y el actor la acompaña —mencionó de manera casual, pero buscando sembrar en Howard el resentimiento hacia Paula y sobre todo hacia el actor, al ver el gesto de dolor en el rostro del castaño y tuvo que contener su sonrisa.


Como era de esperarse eso sorprendió mucho a Ignacio, nunca había escuchado de boca de su novia que ella montara caballo o que al menos le gustaran esos animales, siempre que la invitaba a los torneos de polo en Los Hamptons, ella sacaba cualquier excusa. Pero nunca le dijo la verdad y terminó enterándose de la razón de su negativa, cuando Susana le contó que de pequeña Paula había sufrido un episodio traumático, por ello odiaba a los caballos, evidentemente algo había cambiado y él seguía descubriendo aspectos de su ex novia que la mayoría desconocía.


—Perdón… si peco de indiscreto pero, puedo hacerte una pregunta —se aventuró Guillermo una vez más, metería tanta cizaña como pudiera.


—Sí, no hay problema —indicó Ignacio con un tono hosco, pues ya sabía lo que el rubio deseaba saber y estaba cansado de la misma mierda.


—¿Ustedes terminaron antes del casting en L.A, verdad? —preguntó mirándolo a los ojos, no le permitiría escapar.


—Sí… —respondió con esa mentira, manteniéndole la mirada.


Lo hizo porque si Paula había retomado su relación con ese hombre no quedaría como el cornudo, además él era un caballero y no la expondría, aunque ella se lo mereciera. No agregó nada más porque ese hombre le daba la impresión de estar pescando en río revuelto, jugando para su lado
¿con qué objetivo? no lo sabía ni le interesaba ya.


—Claro, era de suponerse… sobre todo por lo cercano que se han mostrado ellos dos —indicó Guillermo mirando a otro lado sin darle mucho énfasis, no quería mostrarle sus cartas a Howard.


—¿Por qué lo dice? —peguntó sin poder evitarlo y se sintió estúpido.


—Bueno Ignacio… aquí todo el mundo sabe que Paula y Pedro tienen una relación, aunque ellos no lo han hecho público aún, pero son demasiado evidentes —decía mirándolo de soslayo para comprobar las reacciones de su acompañante—. Siempre pasan los recesos juntos y cada vez que pueden, como ahora, se escapan para pasear en sus caballos —finalizó mostrando una mirada mezcla de pesar e inocencia, como si no estuviera haciendo eso para herirlo o perjudicar a la escritora.


—Entiendo… bueno, igual supongo que cada uno está en libertad para hacer lo que desee. Yo también tengo una relación con otra mujer desde hace un tiempo y solo pasé a saludarla, nosotros nos separamos en buenos términos. Pero me encontraba en Roma atendiendo un negocio en representación de mi padre y se me ocurrió aprovechar para verla —hablaba con naturalidad, era un experto en esconder sus emociones desde hacía mucho, gracias a su padre que lo obligó a mostrarse siempre como un hombre fuerte y exitoso.


—Ya veo… en ese caso no tendrá nada de lo cual preocuparse —indicó fingiendo una sonrisa y su mirada fue captada por Paula que venía a todo galope sobre la yegua rojiza—. Precisamente está llegando, mírela que hermosa y diestra luce sobre ese animal, seguramente estuvo en alguna academia de equitación —indicó queriendo parecer casual, y su sonrisa se hizo más amplia al ver que la mirada de Ignacio Howard lo delataba.


Paula sentía su corazón latir a la misma velocidad que se desplazaba Estrella fugaz, la brisa le rozaba la piel mientras ella hacía gala de todo lo enseñado por Pedro, no solo años atrás sino en los últimos meses en los cuales se había perfeccionado mucho, él estaba a punto de ganarle y la
descarga de adrenalina que corría por su cuerpo le exigía ser vencedora una vez más. Al final cruzaron el arbusto que se había colocado como meta casi al mismo tiempo, pero él terminó llevándose la victoria, comenzó a bajar el trote de la yegua mientras su respiración sosegada también se calmaba.


—Vengo a exigir mi recompensa —esbozó Pedro acercándose a ella mientras intentaba
respirar de manera normal.


—Esto tu revancha… no dijimos… que tendrías una recompensa —indicó Paula con la voz entre cortada por el esfuerzo.


—Pues la merezco porque usted me hizo trampa señora escritora —le reprochó y al ver la picardía con que ella se reía, tomó las riendas de Estrella para jalarla hacia él dejándola tan cerca que sus rostros casi podían tocarse—. Dame un beso —le exigió mirándola a los ojos.


Paula sintió su sangre arder ante la actitud de Pedro que desbordaba sensualidad y fuerza, se veía tan apuesto con esa camisa negra que resaltaba su bronceado, el cabello desordenado por la brisa, su respiración agitada y lo mejor de todo la intensidad de su mirada; ella supo de
inmediato que no podía negarse y se acercó a él.


—¡Paula! —Guillermo la llamó interrumpiendo el beso que estaban a punto de darse, suponía que ya el ex novio de la escritora había visto lo suficiente y si no lo había hecho, él sí—. Mira quién ha venido a verte —anunció con una gran sonrisa mientras caminaba hacia ella.


Paula se sobresaltó al escuchar la voz del productor y se volvió de inmediato para mirarlo, pero nada la preparó para el golpe que resultó ver a Ignacio en ese lugar, se notaba más delgado y demacrado, o quizás fue la expresión de dolor que mostraba su rostro en ese instante. Se alejó de Pedro en un acto reflejo y encaminó la yegua hacia donde él se encontraba, sintiendo la imperiosa necesidad de consolarlo, de borrar de sus ojos esa mirada de resentimiento que le dedicaba.


Pedro ni siquiera supo cómo reaccionar ante lo que estaba sucediendo, solo consiguió quedarse allí viendo cómo Paula se aproximaba a ese hombre mientras lo miraba como si le
debiera algo. Salió del trance cuando vio la sonrisa burlona que mostraba el maldito de Guillermo Reynolds, lo veía como si le tuviera lástima y eso desató la ira en él.


—Paula —la llamó en un tono que le dejara claro a esos dos, que ella era su mujer y que ellos podían irse al mismo infierno, se volvió a mirarlo mostrándose asustada así que intentó relajarse—. Vamos a llevar a los caballos al establo y después recibes a tu visita —indicó suavizando el tono de su voz, su rabia no era contra ella.


—Pero tú puedes llevarlos Pedro y dejas que Paula se quede aquí —señaló Guillermo con un tono inocente pero sonreía.


Pedro sabía a lo que estaba jugando el productor, quería que hiciera un escándalo y así cobrarle el que Paula no le haya prestado atención por su causa. Estuvo a punto de conseguirlo pues poco le faltó para bajar de Misterio y caerle a golpes a ese infeliz, se salvó porque Paula habló antes deteniéndolo.


—Iré con Pedro… Ignacio espérame en el salón de la casa por favor, en unos minutos estaré contigo —mencionó y sin esperar una acotación más por parte de alguno de los tres, sintiendo que estaba en medio de un duelo, se dirigió hacia el establo.


Ignacio la vio alejarse y una vez más se preguntó ¿qué estaba haciendo allí? Había viajado tanto para comprobar con sus propios ojos que Paula le pertenecía a alguien más ¿era eso? Tanto vagar y torturarse con recuerdos para terminar allí siendo abandonado de nuevo, era así como ella lo había hecho sentir.


Arrancó su mirada de la maravillosa figura de la mujer sobre la yegua, que no parecía tener ni rastros de la cálida y tímida que lo enamoró años atrás. No podía negar que Paula removió todo dentro de él cuando la vio tan hermosa y feliz sobre la yegua, pero también le resultó tan extraña que se cuestionaba de qué podría hablar con ella, además de que ya le había dejado claro que prefería a ese hombre antes que a él.


—Supongo que la esperará, venga acompáñeme al salón —indicó Guillermo mostrándose serio, aunque por dentro festejaba. Su interés había cambiado de tener a Paula a joder al miserable oportunista de Pedro Alfonso, si él no podía tenerla pues el otro tampoco.


—Quizás no sea buena idea, no quiero causarle inconvenientes… —decía caminando para marcharse de allí.


—¡Claro que no hombre! Ella dijo que lo recibiría y tenga por seguro que así será, y por Alfonso no se preocupe, tiene ese aspecto amenazador pero Paula sabe muy bien cómo
dominarlo ¿no vio cómo se quedó callado? —inquirió burlándose y lo encaminó al salón de la casa que la escritora ocupaba, no estaba dispuesto a perder a su peón.


—Me da igual, pero está bien… vamos —contestó mirándolo.


Ignacio acompañó al hombre para que no creyese que le temía a Pedro Alfonso, eso era absurdo pues no había llegado hasta allí con la intención de hacer algún escándalo, mucho menos de perjudicar a Paula, solo permanecería unos minutos allí para no hacerle un desaire, mientras esperaría el taxi que pediría de inmediato.











viernes, 11 de septiembre de 2015

CAPITULO 210




Los primeros rayos del sol que se estrellaban contra su rostro lo fueron sacando del plácido sueño donde se encontraba, sintiendo la maravillosa calidez y suavidad que Paula le entregaba, la pegó más a su cuerpo sin ser completamente consciente que ya había amanecido y ellos seguían en el establo. Respiró profundamente embriagándose del dulce aroma que se desprendía de su cabello, escondiendo su rostro entre las hebras castañas para escapar de la luz que cada vez entraba con mayor fuerza por la ventanilla, la escuchó suspirar y sonrió lleno de felicidad.


Ella se giró aún en medio del sueño, pasándole una pierna y un brazo para pegarlo a su cuerpo, buscando estar cerca de él incluso mientras dormía, él abrió los ojos despacio para deleitarse con la imagen de Paula mientras dormía, le gustaba verla así. La luz de la mañana le daba un resplandor
especial, sus mejillas seguían manteniendo el rubor del esfuerzo físico realizado horas atrás y sus largas pestañas lo tenían hechizado, era tan hermosa que todavía no se creía merecer de una mujer como Paula, por ello deseaba conquistarla día a día, mantenerla enamorada y feliz, para que se quedara siempre junto a él.


—¿Estás soñando conmigo? —preguntó en un susurro sintiéndose emocionado cuando la vio sonreír, deslizó su mano por la suave mejilla.


Su pecho estuvo a punto de estallar de felicidad al ser consciente que dentro de poco ella sería suya para siempre, que todas las mañanas despertaría de esa manera, junto a la mujer que lo había enamorado sin siquiera darse cuenta en qué momento, durante cuatro años repasó en su cabeza cada instante que vivió junto a Paula y no había hallado ese momento exacto cuando ella se metió en su corazón.


Paula comenzó a salir lentamente del tranquilo y reparador sueño en el que había caído, después de vivir esa primera experiencia junto a Pedro quedó completamente agotada, ni
siquiera se planteó volver a su habitación después de recuperarse del último orgasmo. Simplemente se dejó arrullar y consentir por él, la trató incluso mejor que Charles después de haberle quitado su virginidad.


No es que el canadiense fuera un desconsiderado, pero no la hizo sentir igual que Pedro, su novio la cuidó no solo durante el acto, sino después cuando se encargó de la leve molestia que le había quedado, masajeándola con el lubricante para bajar la inflamación, ella intentó negarse por pudor pero él le dejó claro que era su mujer y por lo tanto se ocuparía de ella, eso la hizo sentir realmente amada.


Pedro seguía cautivado por la belleza y la entrega de Paula, ella hacía que todo fuera hermoso, especial; como lo fue años atrás, vio que comenzaba a despertar y esa melodía que se había instalado en su cabeza mientras la observaba dormir salió de sus labios.


I could stay awake just to hear you breathing, watch you smile while you are sleeping… While you're far away and dreaming —susurró para no despertarla, solo quería expresar de alguna manera esa emoción que le colmaba el pecho, la vio sonreír de nuevo y parpadear.


Paula sintió que en verdad estaba en medio de un sueño, el más hermoso de todos al escuchar la melodiosa voz de Pedro interpretando una de sus canciones favoritas, ni siquiera necesitaba tener la música de fondo para que ella lo percibiera como la versión más sublime y extraordinaria
que pudiera escuchar y que la perdonara Steve. Abrió los ojos encontrándose con ese precioso par de zafiros que la miraban con tanto amor e intensidad que sintió derretirse, le dedicó una sonrisa animándolo a continuar.


I could spend my life in this sweet surrender… I could stay lost in this moment forever… well, every moment spent with you… is a moment I treasure… —le dio un suave beso en los labios mientras sentía que su corazón latía desbocado dentro de su pecho. Paula lo miraba como no lo había hecho ninguna mujer antes, con tanto amor que lo hacía sentir abrumado, sus ojos se llenaron de lágrimas, tomó aire para pasar el nudo en su garganta y continuar, pues podía ver en los ojos de Paula que ella esperaba que lo hiciera—. I don't wanna close my eyes; I don't want to fall asleep… 'Cause, I'd miss you, baby and I don't wanna miss a thing —él no tenía la potencia vocal del líder de Aerosmith, pero estaba cantándola desde el alma para Paula.


Ella no pudo evitar que sus emociones la rebasaran, el amor que le hacía sentir Pedro era demasiado grande, era más de lo que alguna vez soñó vivir, dejó libre su llanto hundiendo el rostro en el pecho de él, en medio de sollozos y temblores.


—¿Por qué lloras? —preguntó él desconcertado, mientras se movía para mirarla a la cara, ni siquiera pudo recurrir a una broma, sus sentimientos estaban tan expuestos que no se lo permitieron.


—Porque… tú siempre tienes estos gestos conmigo Pedro, siempre eres tan cariñoso… y yo… yo no sé cómo darte lo mismo —contestó deseando por primera vez ser una mujer tierna en lugar de una práctica, poder encontrar las palabras correctas para expresarse.


—Paula… mi amor, mírame… —pidió acunándole el rostro—. No es nada, es solo una canción. No tienes que ponerte así preciosa… ni siquiera es algo mío se la estoy robando a otro — indicó sonriendo.


—Eso no cuenta Pedro… lo que importa son los gestos que tienes para conmigo, no es solo la canción… es tener todos mis libros, es la terraza de tu departamento, haber guardado mi conjunto deportivo… o conservado el Maserati… es todo lo que has hecho en estos años para no olvidarme —decía con rapidez para que no se le escapara nada, vio que él deseaba hablar y negó con la cabeza pidiéndole que la dejara seguir—. Y yo por el contrario me alejé de todo lo que me hiciera recordarte, los vinos, la cocina… incluso escribí Rendición como una especie de catarsis que me liberara de tu recuerdo, fui tan estúpida y justo ahora tú me sigues demostrando que tu amor es más grande que el mío… que tú siempre me das más —mencionaba llorando.


—Para… Paula, para por favor —le pidió sujetándole el rostro— Tú escribiste la historia de amor más hermosa que hubiera leído en mi vida y me hiciste a mí el protagonista de la misma… ¿Crees que eso no es una prueba más que suficiente de que me amas? O la manera en la cual te me entregas o cómo me miras y me sonríes… no es necesario que pongas en palabras lo que me haces sentir cada vez que me besas o me abrazas. Hace años que dejamos esto de estar compitiendo todo el tiempo; tú no eres mi rival, eres mi equilibrio, mi complemento… lo que me hace sentirme pleno, en nuestra relación no hay más ni menos, solo tenemos lo justo, lo que necesitamos y nos hace feliz — pronunció sintiendo que cada palabra salía desde su corazón y pegó su frente a la de Paula para fundir sus miradas.


—¿Ves? Ahí estás de nuevo diciendo cosas tan hermosas —esbozó liberando más lágrimas.


—Bueno, no te volveré a cantar, ni a decir cosas bonitas, ni a… —decía cuando ella lo calló posando un par de dedos sobre sus labios.


—No, quiero que lo sigas haciendo, porque me encanta… y también quiero que me enseñes a mí a hacerlo —pidió mirándolo a los ojos, retiró sus dedos y rozó sus labios con los de él.


—Será un placer ser tu maestro —respondió con una gran sonrisa y después se puso serio—. A ver… dime algo bonito —indicó mirándola mientras se movía para ponerla bajo su cuerpo.


—Que me gustas —se aventuró ella, al tiempo que le hacía espacio entre sus piernas y sonreía acariciándole la espalda.


—No, eso está muy pobre… y además ya lo sé, prueba con algo más —indicó aunque el solo hecho de abrazarlo ya lo derretía.


—Ok, que… me encanta estar contigo —mencionó besándolo.


—Vas mejorando… dime más —indicó moviendo sus caderas.


—Que te amo y quiero pasar el resto de mi vida aquí contigo… —dijo y al ver que él posaba su mirada azul, clara y brillante en ella le dedicó una sonrisa para continuar—. Y deseo con locura que me hagas el amor en este instante, que me hagas sentir como solo tú puedes hacerlo —agregó buscando los perfectos labios de su novio.


—¿Eres consciente de que el sol ya salió? —preguntó mirándola.


—Sí, ya no me importa lo que los demás piensen o digan Pedro, es mi vida y solo yo tengo el poder para decidir qué hacer con ella y decido entregártela, no quiero que nos sigamos escondiendo —esbozó sintiendo lo maravilloso que era poder expresarse con libertad, eso era precisamente lo que quería y lo había conseguido gracias a él.


—Te acabas de graduar con honores Paula Chaves —expresó envolviéndola con fuerza entre sus brazos, para después besarla con pasión.


Sus bocas marcaron los primeros compases que después seguirían sus cuerpos al unirse convirtiéndose en uno solo, los besos se desbordaban en pasión y las caricias calentaban sus pieles tanto como los rayos del sol que los bañaba. Paula no se cohibía intentando ser silenciosa y tampoco en la intensidad que le imprimía al movimiento de sus caderas, dobló sus piernas para hacerle más espacio a él, agradeciéndole al yoga por haberla hecho tan flexible y se dio el placer de acariciar con sus pies, los fuertes glúteos de su novio que se contraían en cada embestida.


Pedro la tomó por las caderas mientras se hundía dentro de ella una y otra vez, besando y lamiendo los duros pezones de Paula que mostraban un bello tono rosa, resaltando en su perfecta piel blanca, invitándolo a beber de ellos como si fueran su fuente de vida. La escuchó gemir con fuerza antes de comenzar a temblar presa de un inminente orgasmo y no quiso quedarse atrás, aunque fuera algo egoísta no quería que ella se fuera sin él, así que moviéndose con rapidez se giró quedando tendido en la manta, sonrió ante el grito de sorpresa que liberó su hermosa mujer y cuando sus miradas se encontraron, él le pidió lo que deseaba, se moría por tenerla arriba, por sentirla moviéndose como solo ella sabía, con ese ritmo que lo hacía delirar y lo lanzaba al espacio.


—Te quiero moviéndote así —esbozó sujetándole las caderas.


—¿Así? —preguntó ella elevando una ceja mientras le daba riendas sueltas a sus caderas, moviéndose primero despacio hacia delante y hacia atrás al tiempo que fijaba su mirada en él.


Él no pudo responderle con palabras, solo lo vio cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, haciéndola sentir la mujer más poderosa, sensual y hermosa sobre la tierra. Quería más de eso que Pedro le provocaba, quería enloquecerlo así como él hacía con ella; se movió con destreza para volverse quedando de espaldas a su novio, lo escuchó jadear ante el cambio de posición y miró por encima de su hombro dedicándole una sonrisa, justo antes de apoyar sus manos sobre las fuertes pantorrillas masculinas, comenzó a empujar metiéndolo en su cuerpo, disfrutando de gemidos que él liberaba y ella compartía.


Pedro sintió que se correría ante la sola imagen de Paula tomándolo de esa manera, su mujer tenía el cuerpo más extraordinario que hubiera visto y gozado en su vida, o al menos eso le hacía sentir en ese preciso instante, mientras acariciaba ese precioso trasero que ya había sido suyo.


Esa certeza fue todo lo que necesito para liberarse con potentes descargas dentro de ella, sudando, temblando y jadeando como si estuviera a punto de morir.


Pedro… Pedro —pronunció ella elevando el rostro al cielo y después de un jadeo que desgarró su garganta cayó sobre él.


Luego de unos minutos sus cuerpos volvían a pertenecerles, la cordura regresaba a ellos mientras disfrutaban de suaves caricias y roces de labios que mostraban el amor que sentían. Escucharon el relinchar de Misterio y Estrella fugaz, al parecer reclamándoles por haberlos despertado, comenzaron a reír sintiéndose felices. Un instante después la imagen del teléfono móvil de Paula
captó su atención, lo tomó para ver qué hora era, suponiendo que debía ser temprano porque no escuchaba al personal trabajando afuera.


—¡Mierda! —exclamó abriendo mucho los ojos cuando vio que marcaba las siete y cuarenta de la mañana, de inmediato se levantó.


—¿Qué ocurre? —inquirió Pedro sorprendido por su reacción.


—Se nos hizo tarde… levántate Pedro —contestó mientras gateaba buscando entre el heno donde había quedado el kimono.


—Te advierto que si en cinco minutos no te pones esa bata encima, no respondo por mis acciones —mencionó sonriendo al verla a gatas y le dio un beso en la espalda.


Paula se relajó gracias a ese gesto de Pedro, pero no olvidó que debían regresar, así que después de recoger todas sus cosas caminó junto a él para salir del establo. Miraron a todos lados y para su fortuna los demás parecían seguir durmiendo, solo Cristina que regaba el jardín y Jacobo que tomaba su café sentado en la terraza.


—Buenos días.


Saludaron los dos al mismo tiempo mientras pasaban sin detenerse y sin mirarlos a la cara, sintiéndose como un par adolescentes que habían sido sorprendidos escapándose. 


Los esposos les dieron los buenos días mientras sonreían al verlos juntos y disfrutando de su amor, después continuaron con lo que hacían para no incomodarlos.


—Quizás debería ir a pedirles un juego de llaves a Cristina… —decía Pedro parado debajo de la ventaba de su habitación.


—De ninguna manera mi amor… tú puedes hacerlo.


—Anoche me costó un mundo Paula y no era consciente por completo de cuán alto estaba — pronunciaba cuando ella lo detuvo.


—Mírame, puedes hacerlo Pedro… y yo estaré aquí abajo no te vas a caer, estaré vigilando que nada ocurra, confía en mí —pidió mirándolo a los ojos y le dedicó una sonrisa antes de besarlo.


Pedro respiró profundamente para armarse de valor y caminó hasta la escalera fijada a la pared, se cercioró que fuera resistente antes de comenzar a subirla, a cada escalón que ganaba la seguridad en él crecía y cuando al fin estuvo en el último, supo que le tocaba lo peor, con cuidado se aferró a la barandilla e intentando no mirar hacia abajo la cruzó para entrar al balcón.


Cuando lo consiguió estaba temblando de miedo y alegría a la vez. Buscó con la mirada a Paula que se mostraba feliz por su logro, con la mirada rebosante de orgullo y eso lo hizo amarla un poco más, la vio esbozar un “te amo” y él respondió de la misma manera, después de eso ella se
despidió con un ademán y salió corriendo hacia su casa.