miércoles, 26 de agosto de 2015

CAPITULO 156




La mirada de Pedro se perdía ante la inmensidad del lago Míchigan y los distintos tonos de azules que iban desde el marino hasta un celeste casi trasparente, la suave brisa movía sus cabellos castaños con suavidad y traía hasta él las palabras de Paula cuando la llevó a Varese resonando en su cabeza, ella le había dicho que se sentía como estar cerca de casa, ahora comprendía por qué.


Había pasado dos días debatiéndose entre lo que debía hacer y lo que deseaba, cuando recibió la llamada de su madre no pudo mantenerla al margen de lo que había sucedido con Paula y aunque en ese momento había asumido que todo estaba perdido, que lo mejor era regresar a Italia y olvidarse de todo eso, su hermosa doña Amelia lo hizo desistir.


Se sentía tan dolido que le importaba muy poco si lo demandaban, si debía entregar la mitad de su dinero en compensación por el incumplimiento del contrato, si con eso lograba olvidarse de Paula, de sus caprichos y sus indecisiones, lo haría con gusto. Él había dado el primer paso, le había dicho que estaba dispuesto a todo, a darle lo que ella le pidiera con tal de una segunda oportunidad. ¿Y qué hizo? Nada, solo sacar excusas para ocultar la gran cobarde que era.


Así que gracias a los consejos de su madre aún se encontraba en ese lugar, ella le había sugerido que le diera un poco de tiempo, lo mismo que le dijeran Lucca y Lisandro, pensó que lo estaba haciendo, que Paula comprendería su actitud después de todo ella lo conocía y sabía que no era de las personas que se quedaban de brazos cruzados, quizás la haya presionado un poco con el tema de Howard, pero no podía controlarse, no podía siquiera imaginar que ese hombre tenía derechos sobre ella, que podía besar y acariciarla a su antojo.


Paula era suya y no le importaban los años que habían transcurrido, ella era suya porque así lo sentía cada vez que la tenía cerca, cada vez que respondía a sus besos y a sus caricias; podía jurar que no lo había olvidado, aunque le dijera que todo estaba acabado él sabía que no era verdad y en el fondo ella también lo sabía. Su corazón aceleró los latidos provocando en él esa sensación que viene cuando se tiene un presentimiento, movió la cabeza para mirar por encima del hombro a las personas en el parque tras él, todo le resultó igual de normal que minutos atrás así que se mantuvo en la misma postura, con sus antebrazos apoyados en la barandilla y la mirada en el paisaje.


—Será mejor que regrese —se dijo y comenzó a caminar.


Cuando entró a la vereda junto al estacionamiento uno de los autos allí detenido le llamó la atención, resaltaba entre todas las camionetas familiares y no creía que fuese de algunas de las personas en ese lugar, era un hermoso Cadillac Ciel modelo del año, su instinto masculino y amante de los autos lo llevó a enfocar mejor la mirada en éste, pero su sorpresa fue mayúscula cuando vio a la mujer dentro de él.


—Es Paula —susurró para sí mismo y se digirió hasta allí.


Llegó comprobando que su mente no le había jugado una mala pasada, era ella y además estaba llorando, de inmediato el corazón se le encogió al verla tan devastada y llevó sus dedos para tocar la ventanilla. La vio limpiarse las mejillas con ambas manos antes de mirar y acomodarse un poco el cabello, pudo ver que lo reconoció pero al parecer estaba debatiéndose entre si él era real o un producto de su imaginación.


—Abre la puerta Paula —pronunció haciéndole señas.


—No… necesito estar sola, por favor vete —pidió Paula desde el interior del auto mientras temblaba, no soportaría una discusión más ese día y siempre que hablaba con él terminaban peleándose.


—No me voy a ir hasta que sepa lo que te sucedió para que estés de este modo, así que abre la puerta —mencionó mirándola a los ojos.


—Estoy bien… no es nada —dijo encendiendo el motor dispuesta a marcharse, no podía contarle todo a Pedro, no sabía cómo reaccionaría él ante eso.


—Paula no seas terca y abre ya —ordenó moviendo la manija.


—Aléjate Pedro por favor o puedo lastimarte —indicó desviándole la mirada y movió la palanca de cambios.


—Perfecto —esbozó y se alejó pero no para permitirle a ella salir sino para apostarse detrás del auto móvil—. No me voy a quitar así que es tu decisión, o me abres la puerta o nos quedamos aquí todo el día y si quieres que me mueva apagarás el motor… no quiero sorpresas.


Se cruzó de brazos y elevó perfectamente su ceja derecha mientras la miraba por el vidrio mostrándose serio, la vio negar con la cabeza y llevarse la mano al rostro quizás para limpiarse las lágrimas, después apagó el motor y se movió para abrir la puerta del copiloto. Él caminó con rapidez antes que Paula fuera a cambiar de idea, subió al auto y posó su mirada en ella que no le daba la cara, solo observaba a las personas en el parque, estaba por hablar pero ella lo hizo primero.


—Te advierto que no estoy dispuesta a recibir una sola presión más, ni un reproche o un juicio, ya he tenido suficiente por hoy… en realidad he tenido suficiente en los últimos días —dijo sin mirarlo.


—¿Puedo preguntar al menos qué sucedió para que estés así? —inquirió mirándola, pero sin llegar a tocarla.


—Mi madre… se enteró de lo que tuvimos, no sé qué la hizo sospechar pero leyó el libro y me pidió que viniera hablar con ella, no me puso sobre aviso en ningún momento, esperó a que estuviéramos juntas.


Su voz sonaba ronca por el tiempo que había estado llorando y aunque deseó mostrarse impersonal, como si todo eso no le afectara demasiado, sintió una vez más las lágrimas acumularse en sus ojos.


No se le pasó por la cabeza que ese fuera el motivo por el cual ella estaba así, pero evidentemente la discusión con su madre tuvo que ser muy fuerte, le dolió verla tan mal y saber que él no estuvo presente en ese momento para defenderla, ese asunto era de los dos y aunque nadie tenía derecho a opinar y mucho menos a juzgarlos, si debían afrontar cualquier consecuencia debía ser juntos.


—¿Qué te dijo? —preguntó y su tono evidenció la molestia.


—Ya qué caso tiene Pedro… no importa —respondió y seguía sin mirarlo, sabía que si lo hacía terminaría llorando.


—¿Ella hizo eso? —le cuestionó mirando el libro destrozado en las piernas de Paula y un fuego se extendió por su pecho desatando la furia en su interior ante esa imagen.


—Sí —la palabra salió acompañada de un sollozo.


—Paula mírame —le pidió tomándola de la barbilla sintiéndola temblar y cuando vio sus ojos llorosos la ira dentro de él se unió al dolor.


—Ella me dijo que era lo peor que pude haber hecho en mi vida… que no debí publicarlo, que por el contrario tenía que estar avergonzada —hablaba dejando que las lágrimas bajaran por sus mejillas pesadas y cálidas mientras intentaba controlar los sollozos.


Pedro sintió que la furia le quemaba el estómago, tuvo que apretar con fuerza la mandíbula para mantener la boca cerrada y no mandar al Diablo a la madre de Paula, se acercó a su escritora y llevó sus manos hasta las suaves mejillas para retirar las lágrimas.


—No llores por favor preciosa, no me gusta verte así —le dijo con la voz ronca mientras la miraba a los ojos—. No tienes nada de lo que avergonzarte Paula, no cometiste ningún pecado ni has perjudicado a nadie con tu actitud y ella puede ser tu madre, pero no tiene ningún derecho a hablarte de esa manera ni mucho menos a hacer esto —mencionó con rabia tomando con una mano el libro y le dolió verlo así.


—Me dijo cosas tan feas Pedro… que era una cínica por haberte llevado a la casa y hacer que compartieras la mesa con ellos y con Ignacio, decía que estaba cegada… discutimos muy fuerte, le dije tantas cosas que me tenía guardadas, se supone que debería sentirme feliz y liberada… pero se trata de mi madre —pronunció sin poder dejar de llorar.


—Lo sé preciosa… lo sé, ya no llores más. Paula te juro que hubiera deseado estar allí y enfrentar todo eso contigo, hacerle ver lo equivocada que está con respecto a ti y a ese tiempo que vivimos juntos.


—No, todo hubiera sido mucho peor… ella podía llegar a ser dura y fría, pero hoy rebasó todos los límites —esbozó con decepción.


—Solo me bastó verla una vez para saber cómo es Paula, te creo y además no puedo explicarme cómo has dejado que te trate de esa manera por tantos años, odié cuando despreció tu trabajo al enterarse del embarazo de tu cuñada… pero eso va a cambiar, te prometo que no volverás a verte expuesta a una situación así nunca más, si me dejas yo cuidaré de ti y haré que te dé el valor que mereces, lo digo en serio, si quieres ahora mismo vamos hasta tu casa y dejas que hable con ella y con tu padre también, no les tengo miedo Paula —mencionó con determinación acunándole el rostro.


Pedro por favor… eso sería complicarlo todo aún más, ella amenazó con destruirte si no hacía lo que me pedía… —decía cuando él la detuvo posando dos dedos sobre sus labios.


—Ella no puede hacerme nada Paula yo sé cómo defenderme.


—Pero… se lo hizo a Charles, le hizo la vida imposible a él por mi culpa y casi hace que pierda su beca —señaló mirándolo con miedo.


—Lo único que ella puede hacer para dañarme es alejarte de mí, nada me dolería más que eso Paula —expresó con su mirada anclada a la de ella, le dedicó una sonrisa y le acarició la mejilla—. Ella pudo dañar a Charles porque tenía poder sobre él, pero no lo tiene sobre nosotros preciosa —dijo para hacerla sentir confiada.


—No, y no la dejaré que haga nada… si se le ocurre intentar perjudicarte con la gente de la productora, porque sé que no se arriesgaría a hacer algo más público, pero si busca la manera de hacerte quedar mal con ellos, para que te saquen del proyecto lo lamentará. Se lo advertí, que no sería para nada sutil y le diría a todo el mundo la verdad… no dejaré que vuelva a controlar mi vida y mucho menos que te haga daño —mencionó con determinación sin predecir lo que sus palabras provocaban en Pedro.


—Aquí está, tú eres la Paula que conocí en la Toscana, gracias por ser tan valiente preciosa —esbozó tomándole el rostro entre las manos y sonrió emocionado.


Ella no pudo evitar sonrojarse ante el cumplido de él y su mirada se perdió en el azul de Pedro, se quedó en silencio solo observándolo y no supo si él se acercó primero o lo hizo ella, o quizás su mirada se lo estaba pidiendo, pero cuando lo sintió posar sus labios sobre los de ella cerró los ojos aferrándose a los fuertes brazos masculinos y abrió la boca para hacer el beso más profundo.


Pedro aceptó gustoso la invitación invadiendo con su lengua la boca de Paula para deleitarse en sus formas, su humedad y calidez, mientras le acariciaba las mejillas con los pulgares,
bebiéndose todos los gemidos que ella le entregaba en ese beso que ponía a latir su corazón con fuerza y a cantar la sangre que corría por sus venas porque era uno compartido y no robado, era uno que ella le estaba ofreciendo.


—¿Qué haremos? —preguntó Paula en un susurro cuando se separaron para tomar aire, tenía los ojos cerrados y la frente apoyada en los labios de él, sintiéndose aún flotar.


—Lo que nos haga felices —contestó de inmediato y se movió para buscar los ojos de Paula, necesitaba verlos.


Ella sabía que eso no era sencillo pero no ganaría nada con decirlo, solo arruinar ese momento y era lo último que deseaba pues se sentía muy bien estar así con Pedro, él la hacía sentir tan segura y tan confiada, llena de esperanzas y en el fondo era como si supiera que sin importar lo que sobreviniera siempre existiría una salida. Le dedicó una dulce sonrisa, pero después le esquivó la mirada apoyando su cabeza en el hombro de él, disfrutando de esa caricia que le dio en el cuello, y el suave y lento beso que depositó en su cabello, dejó escapar un suspiro pensando en todos los obstáculos que tenían delante de ellos.


Paula notó que un grupo de mujeres que se acercaban por la vereda miraban con gran interés hacia su auto, una alerta se disparó dentro de su cabeza y se movió con rapidez para separarse de Pedro, él la miró sorprendido por su arranque, pero no la retuvo así que ella le indicó con la mirada que viera.


—Tenemos que salir de aquí —le hizo saber encendiendo el auto.


—¿Quieres que me esconda en el portaequipaje? —preguntó en tono serio, pero en sus ojos brillaba la picardía.


—¡Tonto! —exclamó y después comenzó a reír.


Quiso darle un beso, pero las mujeres cada vez estaban más cerca y sabía que podía ser arriesgado si ellas los reconocían, así que puso el auto en reversa y con destreza salió del estacionamiento. Tomó la vía de regreso a Chicago y por alguna razón le parecía que su corazón latía a mayor velocidad de la que llevaba el auto mientras sentía la mirada de Pedro sobre ella, buscó mostrarse de manera casual activando el reproductor de nuevo, la música llenaría perfectamente el silencio.


—Esta lista de reproducción es muy vieja… —comentó sin mucho énfasis cuando comenzó a sonar una canción.


—No hay problema, me gusta esa canción Paula —le hizo saber con una sonrisa, le encantaba saber que estaba nerviosa.


Ella le respondió con el mismo gesto y puso su mirada en el camino de nuevo, intentando concentrarse en éste para organizar sus ideas, no sabía lo que sucedería en cuanto llegaran a su destino y la tensión estaba matándola, suspiró para aliviar un poco la presión en su pecho.


Pedro comenzó a seguir la canción en su cabeza y algo dentro de él pujaba para que lo hiciera en voz alta, miró el perfil de Paula sintiéndose tan profundamente enamorado de la mujer a su lado, por la que estaba y estaría dispuesto a todo si ella lo aceptaba a su lado, miró el libro destrozado en sus manos y eso lo llenó de valentía, antes de darse cuenta estaba cantando para ella.


I'm not a perfect person; I never meant to do those things to you and so I have to say before I go that I just want you to know.


Ella pudo distinguir de inmediato la voz de Pedro por encima de la del vocalista de Hoobastank y su corazón se estremeció ante esas palabras, lo que significaban para ella viniendo de él.


I've found a reason for me, to change who I used to be a reason to start over new and the reason is you —su voz sonó ronca por la carga de sentimientos que estaba impresa en cada palabra.


Paula aprovechó la luz roja del semáforo, se volvió a mirarlo sintiéndose primero sorprendida por su gesto y después tan conmovida que sus ojos se llenaron de lágrimas una vez más, pero ya no eran de tristeza sino de felicidad, lo vio tomar su mano y llevársela a los labios para darle un beso en el dorso mientras la miraba fijamente a los ojos.


I've found a reason to show, a side of me you didn't know… a reason for all that I do and the reason is you —continuó la canción dejándole ver a través de esta parte lo que sentía por ella, limpió con su pulgar la lágrima que Paula dejó correr por su mejilla.


—Dame un beso Pedro —le pidió mientras soltaba el broche del cinturón de seguridad y se acercaba a él.


Pedro no dudó ni por un segundo en complacerla, también se liberó y tomó el rostro de Paula entre sus manos para besarla lleno de emoción, sintió la mano de ella acariciarle la nuca y después viajar entre su cabello entregándole esa caricia que tanto le gustaba. Mientras dentro de sus bocas estaban teniendo lugar esas maravillosas sensaciones, donde sus lenguas eran las protagonistas y podía sentir cómo su cuerpo iba ganando calor a medida que los besos se hacían más intensos.


El sonido de un claxon los sacó de la burbuja donde se encontraban, ambos se sobresaltaron separándose, Paula miró a través del retrovisor el auto tras ellos que esperaba para avanzar, elevó la mano pidiéndole disculpas y se puso en marcha de nuevo, mostrando una sonrisa radiante y cargada de picardía.


—La pueden arrestar y quitarle la licencia por hacer algo así señorita Chaves—esbozó juguetón al tiempo que le acariciaba una pierna.


—Y si no deja su mano quieta podemos terminar estrellándonos señor Alfonso —contraatacó mirándolo de reojo.


Ver que él se mordía el labio inferior hizo que algo dentro de ella, se contrajera de una manera tan deliciosa y dolorosa a la vez que no pudo evitar gemir, él movió su mano con lentitud, pero no para alejarse sino para colocarle de nuevo el cinturón. Ella le dedicó una sonrisa en agradecimiento y cuando Pedro le guiñó un ojo tuvo que suprimir un suspiro, tenía que controlarse o quedaría ante él como una tonta enamorada y puede que sí, ella estaba perdidamente rendida a él, pero aún quedaban cosas pendientes; Ignacio por ejemplo, debía hacer algo al respecto con su novio antes de entregarse de nuevo a Pedro.






CAPITULO 155






Sus lágrimas se habían detenido en cuanto salió de casa de sus padres, ya no lloraba ni sentía miedo, todo eso había sido remplazado por una gran sensación de seguridad, pero había algo más que no lograba descifrar y eso comenzaba a crecer dentro de su pecho, vio un desvío hacia uno de los hermosos parques con miradores del lago Michigan, había estado allí varias veces y sintió la necesidad de visitarlo de nuevo aunque fuera unos minutos, encendió la música para distraerse.


Cuando llegó hasta el parque su mirada se topó con varias personas reunidas en grupos, madres llevando a sus hijos en coches y niños disfrutando de los juegos. Recordó que ella nunca había tenido un día así, sus padres siempre estaban ocupados trabajando y por eso construyeron un parque para ellos en el jardín, además que su madre siempre decía que era más seguro.


Pensó en ella y de repente se sintió mal por algunas de las cosas que le había dicho, pero su madre la obligó a eso y ya no pudo seguir callando, lo había hecho por demasiado tiempo, acumulando tantos reproches, dudas y rencores que cuando explotó lo hizo con una fuerza que ella misma desconocía que poseía. Tomó el libro e intentó ordenarlo de nuevo, algunas hojas estaban rotas en varios pedazos así que le llevaría un tiempo repararlo, su mirada se paseó por las líneas escritas.


“Tomando en cuenta todo eso. ¿Dónde está la niña mimada que es incapaz de vivir por su cuenta? Siendo sincero, no la veo por ningún lado ¿Quieres saber lo que yo veo? Veo a una mujer independiente, valiente, hermosa y decidida”.


Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato y sintió en el pecho un gran dolor, la nostalgia la invadió estremeciendo todos sus cimientos, terminó por derrumbarse sobre el volante y comenzar a llorar con fuerza, mientras imágenes de ella y Pedro en Italia le llegaban en oleadas. Todo fue mucho peor cuando en el reproductor dio inicio una canción que no podía más que volver su himno en ese momento.



I've got a right to be wrong I've been held down too long
I've got to break free so I can finally breathe I've got a right to be wrong got to sing my own
song I might be singing out of key
But it sure feels good to me got a right to be wrong
So just leave me alone.


Paula se llevó las manos al rostro para cubrirlo y ahogar sus sollozos, mientras todo su cuerpo temblaba, sentía que algo en su interior se estaba quebrando, el mundo se le había venido encima en los últimos días y ya no sabía cómo seguir soportando todo eso. La música seguía sonando y la voz de Joss Stone que cantaba Right to be wrong, se confundía con su llanto desgarrador.









CAPITULO 154




Paula recorría el trayecto hacia casa de sus padres, no pudo seguir postergando la reunión que tenía pautada con su madre después de que la llamó para recordársela dos veces el día anterior.


Había accionado la función convertible de su Cadillac Ciel aprovechando ese hermoso día de primavera, además que le vendría bien un poco de aire fresco y sol, pues últimamente lucía como si estuviera enferma.


Entró a la I-94 donde el límite de velocidad le permitía ir más rápido, apretó un botón en el volante para accionar el reproductor, la mini pantalla que mostraba las listas de reproducción se encendió y ella de inmediato buscó algo animado, no quería toparse con ninguna canción que
terminara haciéndola llorar una vez más, ya no tenía más lágrimas que derramar pues entre la actitud distante de Ignacio y lo que había sucedido con Pedro estaba a punto de secarse.


—¡Por Dios tengo que actualizar esto! —dijo buscando la adecuada, pero miraba el camino cada cinco segundos, si llegaba a verla un inspector de tránsito le podía ir muy mal—. Bueno esta es vieja pero me gusta —escogió Torn de Natalie Imbruglia y elevó todo el volumen.


La música la envolvió desde sus primeros acordes y ella comenzó a seguirla en voz alta, lo hacía con pasión sin siquiera darse cuenta que prácticamente se la estaba dedicando a Pedro pues era lo único que llegaba a su mente mientras la cantaba.


Illusion never changed… into something real, I'm wide awake and I can see the perfect sky is torn; you’re a little late I'm already torn… Torn —cantó acompañando a la intérprete.


Su mente regresó en el tiempo, intentando comprender cómo había llegado a ese momento, como había dejado que las cosas se le salieran de las manos de esa manera. Antes de Pedro había sido una mujer tan segura de sí misma, podía tomar decisiones con rapidez y siempre tenía claro que antes que nada estaba ella, su estabilidad, su independencia.


Eso era lo más importante, lo que la hacía sentir más orgullosa, saber que no necesitaba de un hombre a su lado constantemente para ser feliz, se sentía bien con la vida que llevaba, pero llegó él y lo cambió todo. Se quejaba porque ella había trastocado su mundo, pues le parecía perfecto así probaba un poco de su propia medicina y aunque sonara como una miserable, si ella estaba metida en ese agujero por su culpa, la hacía sentir muy bien que él también estuviera pasando por algo parecido.


Quince minutos después estacionaba frente a la hermosa pero fría mansión que fue su hogar por muchos años, aunque no todos sus recuerdos allí habían sido perfectos le tenía especial cariño y no le ocurría como a Diana, le gustaba regresar de vez en cuando. Aunque por el tema que tenía seguramente pensado su madre tocar ese día quizás no saldría de allí sintiéndose tan bien, aunque si le decía que ya había tomado una decisión y se ahorraba todo el sermón podía pasar un rato agradable.


—Hola mamá, ¿cómo estás? —preguntó entrado al estudio de ella.


—Bien… Pasa y cierra la puerta, por favor —le ordenó con seriedad.


Paula se sintió desconcertada por ese trato tan distante, era cierto que su madre no era muy afectuosa, pero se mostró tan fría que casi le pareció un témpano. Caminó hasta ella sintiendo que algo no andaba bien, de inmediato su corazón comenzó a latir con rapidez y sus manos a sudar, tomó asiento en el sillón frente al escritorio sintiéndose como si tuviera dieciséis años de nuevo.


—Voy a preguntarte algo y deseo que seas absolutamente sincera conmigo Paula —mencionó mirándola a los ojos.


Su hija tenía esa mirada de miedo que tantas veces había visto, pero eso no la hizo suavizar su semblante, debía ser dura pues era mucho lo que estaba en juego si sus sospechas eran ciertas, abrió la primera gaveta del escritorio y sacó la última novela de Paula lanzándola sobre éste.


—¿Dime cuánto de ficción hay en esta historia? —preguntó sin rodeos y clavó su mirada en ella para impedirle que le mintiera.


Paula sintió que todo a su alrededor desaparecía dejándola en un cerrado y oscuro, nunca había experimentado un ataque de claustrofobia, pero suponía que debía ser muy parecido a eso, también un escalofrío la recorrió entera mientras miraba la portada de Rendición a centímetros de ella.— Paula estoy esperando una respuesta— habló Susana de nuevo.


Ella no encontraba su voz, solo podía mirar la portada mientras cientos de excusas chocaban dentro de su cabeza, parpadeó y se obligó a centrarse en el momento, tomó aire levantando el rostro para ver a su madre a los ojos, pero no pudo mantenerle la mirada.


—No sé a lo que te refieres… todo es ficción —esbozó con voz trémula y se reprochó por ello, debía mostrarse más segura—. Lo único que es real son las descripciones de los paisajes y algunas costumbres de Italia, pero nada más —agregó mirándola a los ojos.


—¿Qué me dices de Franco Donatti? ¿Él también es ficción? —preguntó con semblante impasible, el mismo que usaba para no delatarse frente a las personas que eran culpables.


—Mamá no entiendo a dónde quieres llegar con todo esto, pero me parece absurdo el tema. Yo escribo ficción, la historia allí es inventada al igual que todos los personajes —contestó tensándose aún más.


—Estás mintiéndome Paula… soy tu madre y puedo verlo tan claramente, la verdad es que nunca pensé que algo así pudiera suceder, yo no te formé como lo hice ni invertí tanto esfuerzo en ti para esto —dijo con desdén y tomó el libro para ubicar una escena.


—Déjalo… Por favor —pidió sintiendo que las lágrimas subían de golpe a su garganta y bajó la mirada llena de vergüenza.


—Yo sabía que ese viaje era mala idea, te lo dije tantas veces… te advertí que no estabas preparada para el mundo y no me equivoqué, eras apenas una chiquilla de veintidós años…—decía exponiendo su rabia.


—Veintitrés, tenía veintitrés… y si no estaba preparada para el mundo fue porque tú nunca me dejaste hacerlo, siempre me advertías sobre lo peligroso que era algo, pero nunca me dijiste cómo defenderme de ello… porque nunca confiaste en mí —mencionó con rencor.


No sabía de dónde estaba sacando las fuerzas para hablarle así a su madre, quizás era haberme callado por tanto tiempo, que estuviera tratando de mancillar no solo su trabajo como siempre sino su historia con Pedro, esa que en el libro había sido perfecta o quizás era que no soportaba una presión más y no lo haría por parte de nadie.


—No me hables así Paula, yo me he pasado la vida intentando protegerte, a ti y a todos tus hermanos, no hice más que quedarme en esta casa y dedicarme a ustedes por completo, no aceptaré tus reproches de niña tonta —dijo poniéndose de pie y la miró con seriedad.


—Ya deja de decirme la cantidad de sacrificios que tuviste que hacer por nosotros madre, has pasado años repitiendo lo mismo como si fuésemos los culpables, tú tomaste tus propias decisiones… pues yo también tomé las mías, hice ese viaje y viví todo lo que tenía que vivir, ya fue, es pasado —mencionó mientras temblaba de rabia y miedo a la vez.


—Eres una malagradecida igual que Diana, que vergüenza… mis dos hijas hembras comportándose como unas libertinas ¿Qué dirán las personas de mí? ¿Cuál ha sido el ejemplo que les he dado? —inquirió mirándola con desprecio y se movió para quedar delante de ella, tomó el libro de la mesa con un gesto de desagrado en el rostro—. Esto es lo peor que has podido hacer en tu vida y en lugar de avergonzarte de ello, tienes la desfachatez de publicarlo para que todo el mundo se entere de tu comportamiento. ¿Tienes idea de lo que sucedería si la verdad sale a luz? ¿La deshonra que le ocasionarías a la familia? —mencionó con dureza, no tenía que perder la compostura para hacerle ver su error.


—Mamá, ya por favor… —rogó Paula sintiendo que esas palabras la habían herido profundamente, pues era lo que más había temido y en ese momento se estaba haciendo realidad.


—Mírame a la cara Paula —le exigió apretando los dientes—. No volverás a ver a ese hombre nunca más, no me importa que esté en la película o no, renuncias a todo ello en este preciso instante y hablas con quien tengas que hacerlo, pero te quiero fuera de ese proyecto, te quedarás aquí para tomar de una vez la decisión de casarte con Ignacio —decía cuando vio que Paula negaba con la cabeza—. ¡Estás actuando como una estúpida! —le gritó sin poder contenerse.


Paula se sobresaltó y dejó correr las lágrimas que colmaban sus ojos, el temblor en su cuerpo se hizo más intenso, su madre jamás le había gritado, nunca lo había hecho con nadie.


—¿Acaso crees que en serio él te ama? No vino hasta aquí por ti, vino buscando fama porque es un completo don nadie, es un gigoló que jugó contigo una vez y lo volverá a hacer si se lo permites —dijo mirándola.


—Tú no sabes nada madre… no lo conoces —mencionó furiosa.


Las palabras de Susana la llevaron a recordar uno de los motivos por los cuales Pedro no aceptó venir con ella a América, ahora que lo escuchaba de su boca sabía que él tenía razón, lo veía todo tan claro y le dolió haber sido tan ciega y tratarlo como lo hizo aquella vez.


—No necesito enredarme con un tipo de su calaña para saber de lo que es capaz. Nada más tienes que ver cómo te tiene, estás irreconocible, eres tan cínica Paula ¿cómo se te ocurre traerlo a esta casa? Hacer que compartiéramos la mesa con él y con Ignacio por Dios… ¿Hasta dónde has llegado por un poco de sexo? Porque es de eso de lo que se trata… ¿O acaso crees que esto es amor? — preguntó mostrándole el libro y en un arranque de ira lo abrió y comenzó a arrancarle hojas— ¡Esto no es más que basura!


—¡No! Mamá no lo hagas… ¡No lo hagas! —rogó llorando mientras se ponía de rodillas y recogía las hojas esparcidas en la alfombra.


—Levántate de allí de inmediato y mírame a la cara… vas a hacer lo que te diga o de lo contrario… —decía tomándola del brazo.


—¿Qué? —gritó Paula, se soltó del agarre de su madre con brusquedad y terminó de recoger los pedazos del libro— ¿Le vas a decir a todos la verdad? ¡Pues hazlo! Ya no me importa… estoy cansada de estar todo el tiempo fingiendo ser quien no soy solo para complacer a todo el mundo, estoy harta de dar lo mejor de mí y que ni a ti ni a papá les importe —mencionó y le arrancó lo que queda del libro de las manos.


—Estás tan perdida, no tienes ni idea de lo que haces o dices. Nosotros te hemos dado todo, aún a estas alturas estoy tratando de hacerte entrar en razón ¿y es así como me pagas? ¿Gritándome? — esbozó con un nudo en la garganta sin poder creer que la mujer ante sus ojos fuese su hija Paula.


—No madre, no estoy perdida… por el contrario, nunca he estado más en mi centro que en este momento, esta soy yo… esa que tuve que esconder porque tu no la aprobabas. ¿Recuerdas cómo te pusiste cuando saqué mi primer libro y te dije que estudiaría literatura? ¿O cuando terminé con Francis y decidí irme de viaje? ¿Y qué me dices de aquella vez cuando te dije que me iría de la casa y apoyaría a Diana? Porque esa también era yo… y siempre que intenté mostrarme tú me llenabas de reproches y de humillaciones, nunca creíste en mí… ni siquiera lees mi trabajo, solo tomaste éste para comprobar lo que deseabas, nada más —mencionó mirándola a los ojos, estaba llena de rabia y dolor.


—Qué bueno que hayas mencionado todo eso porque cada una de esas ocasiones te han llevado a un error… tu profesión no salva vidas, no es útil ni beneficia a nadie Paula, es de tontos. Ese viaje te llevó a involucrarte con un hombre que se aprovechó de ti y ha regresado para perjudicarte y de lo de apoyar a Diana mejor ni me hables porque mira cómo ha acabado tu hermana por esa brillante idea —le reprochó.


—Mi profesión me hace feliz, liberarme del estúpido de Francis Donovan y el compromiso que deseabas imponerme me hizo feliz, haber conocido a Pedro y vivir con él durante ese tiempo en la Toscana es lo mejor que me ha pasado en la vida y me hizo inmensamente feliz. Apoyar a Diana fue lo más generoso que pude hacer por ella y me alegra saber que también ayudé para que ella fuera quien es hoy en día, no me avergüenzo de mi hermana —pronunció manteniéndole la mirada.


—Escúchame bien niña tonta y caprichosa… no permitiré que arruines tu vida lanzándote a los brazos de ese hombre, primero me encargo de destruirlo, sabes que hablo en serio, ya una vez te salvé de aquel vago canadiense, haré todo lo que sea necesario para que te cases con Ignacio y tengas una familia decente junto a él —dijo de manera determinante apretándole el brazo que le había tomado.


—Ya no soy una niña, soy una mujer y tomaré mis propias decisiones sin darle cuenta de ellas a nadie —indicó soltándose una vez más de la mano de su madre y se alejó para tomar su bolso—. Y ni se te ocurra hacerle algo a Pedro porque entonces sí te daré motivos para escandalizarte, le contaré a todo el mundo que la historia en el libro es la nuestra… y me fugaré con él —mencionó sorprendiéndose ella misma ante esa actitud llena de fortaleza y confianza que mostraba.


—Paula no he terminado de hablar contigo, regresa aquí y siéntate —le ordenó saliendo del estado de perplejidad donde la dejaron las palabras y la actitud de su hija.


—Pero yo sí, tengo muchas cosas que hacer y no seguiré perdiendo el tiempo aquí —contestó abriendo la puerta del despacho y se volvió a mirarla antes de salir—. Y no me casaré con Ignacio porque no lo amo, no lo arrastraré a una relación tan gris y fría como la que llevas tú con mi padre, él
se merece algo mejor y yo también… adiós madre —dijo y salió cerrando la puerta con un fuerte golpe tras ella.


Todo su cuerpo temblaba y apenas podía mantenerse en pie ante la subida de adrenalina que sentía recorriéndola, apretaba el libro contra su pecho y la rabia que sentía le impedía llorar, aunque su garganta cada vez se cerraba más; su corazón parecía una locomotora.


—Paula.


Jose vio a su hija entrar al estudio de su mujer y quiso pasar a saludarla, pero antes de entrar escuchó una pregunta que le hiciera Susana y lo dejó congelado en el lugar, había notado que llevaba dos días leyendo el último libro de Paula con especial interés, era la primera vez que la veía hacerlo y pensó que quizás había descubierto el extraordinario talento que su hija tenía. Pero ahora comprendía que su objetivo había sino uno totalmente distinto y por demás bajo, quiso entrar para acabar con el juicio que Susana le estaba haciendo a Paula, pero cuando la escuchó reaccionar y defenderse prefirió no hacerlo para dejar que ella mostrara su temple.


—¿Estás bien? —preguntó acercándose a ella y mirándola a los ojos.


—Sí, estoy bien padre… pero necesito irme, lo veré después —contestó y le dio un beso rápido en la mejilla.


—¿Ella hizo eso? —inquirió de nuevo mirando el libro.


—Ya no importa —susurró bajando la mirada al monton de hojas.


Dio la vuelta dándole la espalda a su padre para ocultar su gesto de dolor, el coronel veía eso como una muestra de debilidad que no podía concebir en ninguno de sus hijos, a veces se preguntaba si también esperaría que no llorasen el día que él muriera.


—Paula hija, yo quise... —decía al verla tan triste.


Ella se volvió dejando libre sus lágrimas, así como no le importó enfrentarse a su madre tampoco le importaba demostrar sus sentimientos delante de su padre, estaba destrozada y perdida como tantas otras veces se sintió, pero él una vez más se mantenía impasible ante su pena.


—¿Por qué nunca me apoyaste? ¿Por qué dejaste que ella siempre impusiera su ley? No te imaginas papá cuánto me hubiera ayudado escucharte decir que estabas orgulloso de mí al menos una vez, o cuando mucho que me dijeras “Paula haz lo que creas correcto y que te haga feliz porque yo estaré aquí para lo que sea que necesites” —esbozó con tanto dolor que su voz sonaba ronca y las lágrimas bajaban copiosas por sus mejillas, dejó libre un sollozo y negó con la cabeza.


—Hija… yo… —intentó justificarse pero sabía que no podía hacerlo, ella tenía todo el derecho de reprocharle su actitud durante años.


—No se preocupe coronel, no tiene caso ya estoy acostumbrada —mencionó secándose las mejillas con brusquedad—. Adiós padre.


Se despidió caminando con la frente en alto y aunque sentía su corazón destrozado una parte de ella estaba feliz por haberse al fin liberado, sentía que ese peso que había llevado sobre sus espaldas la había abandonado para siempre, se volvió una vez más para mirar la fachada de la mansión y ya no se mostraba ante ella intimidante, pero tampoco le causaba nostalgia, sencillamente no sentía nada. Subió al auto colocando el libro y su bolso en el asiento del copiloto, encendió el motor y salió de allí dejando muchos de sus miedos atrás.


Jose la vio marcharse y de inmediato un intenso dolor acompañado de una sensación de vacío se instaló en su pecho, siempre se había sentido orgulloso por su manera de proceder en la vida, con una carrera impecable y una familia que cualquier hombre podía desear. Había vivido engañado, pero hoy su hija se lo lanzaba en cara dejándolo sin una estrategia para defenderse.


Él no era muy amante de la literatura pero había leído por ella, porque esa era su forma de apoyarla, aunque no se lo dijera de forma abierta o la halagara como hacían los demás; el caso es que sentía que carecía de palabras para mostrarse afectuoso con sus hijos, a él le habían enseñado normas y reglas, no sentimentalismos.






martes, 25 de agosto de 2015

CAPITULO 153





Ignacio se encontraba en el sillón de cuero de su elegante oficina, mientras giraba en sus manos el trago de whisky que se había servido hacía cerca de una hora. No era muy dado a la bebida y solo tenía el bar allí por puro protocolo para algún cliente importante, sugerencia de su padre que deseaba heredarle prácticamente la vida para que él la amoldara a la suya.


—Adelante —mencionó al escuchar el suave golpe en la puerta.


Una rubia alta y delgada, con hermosos ojos topacio entró a la oficina mostrando el andar seguro de quien conoce perfectamente ese lugar, llevaba puesto un elegante modelo ejecutivo de pantalón y blazer blanco Calvin Klein, se paró frente a él y lo miró con desaprobación.


—¿Por qué no le respondes las llamadas a Paula? —demandó abriendo su chaqueta y sentándose en la silla frente al escritorio.


—¿Quién te dijo eso? —se tensó y contestó con una interrogante.


—Se lo acabo de escuchar a tu asistente —respondió quitándole el vaso de whisky de la mano y le dio un sorbo saboreándolo lentamente.


—Eso no es de tu incumbencia Julianne —dijo quitándole el vaso.


—Tu padre tiene un gusto excelente para los whiskies… y tienes razón no es mi asunto, solo lo escuché por casualidad. Al parecer hay problemas en el paraíso, digo para que te estés escondiendo de miss perfección —agregó mirándolo con diversión.


—Deja de referirte a mi novia de esa manera, ella tiene su nombre.


—¡Claro! La famosa Paula Chaves, imposible olvidarlo cuando todo el mundo no hace más que hablar de ella y su famoso librito, que ahora, para agravar mi úlcera llevarán al cine — pronunció y elevó una ceja al ver el gesto de desagrado en el rostro de Ignacio—. Suponía que estarías feliz, como no haces nada más que decirle a todos lo maravillosa y talentosa que es tu novia — señaló con sorna.


—¿Acaso no tienes nada que hacer en tu oficina? —preguntó para no echarla directamente. Su colega era igual de excelente para los negocios, como para ser una verdadera molestia.


—No, ya quedé libre, pues resulta que yo sí me la pasé en reuniones todo el día mientras tú estabas aquí lamentándote por… —estaba por decir cuando se sobresaltó al sentir el golpe de Ignacio sobre la mesa.


—¡Ya basta! No voy a permitir que te sigas metiendo en mi vida ni que sigas criticando a mi novia, lo que suceda entre Paula y yo es asunto nuestro, así que sal de aquí y déjame solo — exigió mirándola.


—¡Perfecto! Tampoco es que seas tan importante como para dedicarte mi tiempo, tengo mejores cosas en las cuales ocuparme que verte aquí una vez más derrotado —dijo colocándose de pie, se irguió mostrando toda su altura y se alejó, pero antes de salir se volvió a mirarlo manteniendo la barra de acero de la puerta en su mano—. ¿Sabes cuál es tu problema Ignacio? —preguntó mirándolo con rabia.


Él se mantuvo en silencio pues no le daría el gusto de caer en sus provocaciones, solo la miró con seriedad esperando que entendiera que no le importaba su opinión y la quería fuera de ese lugar.


—Que idealizas a las mujeres… te empeñas en buscar figuras que puedan deslumbrarte y mantengan tu atención, en buscar perfección y en el momento que alguna falla pierdes todo interés, terminas aburriéndote, es por eso que buscas estrellas. Actrices, cantantes, modelos… creí que habías superado esa etapa con Olga, pero entonces llegó Paula Chaves y allí estabas tú de nuevo maravillado ante la inteligencia y el carisma de la escritora… Te confieso que pensé que tal vez con ella lograrías lo que quieres, pero viéndote ahora me doy cuenta que vas rumbo al mismo desfiladero —mencionó dejando libre esa verdad que se había guardado por mucho tiempo.


—Tú no sabes nada de mi vida Julianne —esbozó con rabia, más hacia él mismo que a la mujer que le estaba diciendo esas dolorosas verdades en su cara, esas que se negaba a reconocerse incluso a él mismo.


—Te equivocas, sé más de lo que puedas pensar… —dijo sin poder ocultar su tristeza por ver lo ciego que Ignacio estaba y salió.


Él se quedó mirando la puerta ébano sin saber cómo interpretar esas palabras de Julianne, era una mujer sarcástica no sabía cuándo hablaba en serio y cuándo no. 


Además las cosas entre los dos nunca habían pasado más allá de las ocasiones en que tuvieron sexo, primero llevado por sus deseos de adolescente y después por los despechos que sufrió.