jueves, 24 de diciembre de 2015

CAPITULO ESPECIAL 5




Paula regresó de sus pensamientos sintiendo todas las emociones que vivió en aquel momento a flor de piel, el orgullo y el amor se reflejaba en su mirada que se hallaba anclada en su hijo, una hermosa sonrisa se adueñó de sus labios al saber que tanto ella como Pedro habían cumplido la promesa que hicieron y no solo con Franco, lo habían hecho también con Daphne, Gabriel y Justine, sus hijos eran niños felices.


Se despidieron de Franco con besos y abrazos, aunque ya era un adolescente, tanto para ella como para Pedro seguía siendo su niño, gracias a él habían dado sus primeros pasos como padres y quizás sería también el primero en hacerles vivir la experiencia de ser abuelos cuando el momento llegara.


Caminaron tomados de la mano hasta la habitación que habían compartido desde la primera noche que Paula puso un pie en esa casa, Pedro quizás no pudo adivinar en aquel momento el alcance que tendrían sus palabras cuando quince años atrás se lo aseguró a ella.


—Al fin te tengo únicamente para mí —mencionó envolviéndola con sus brazos después de pasar el pestillo de la puerta y dejar al mundo fuera de esa habitación.


—Me estaba muriendo por tenerte así —susurró Paula, deshojando los botones de la camisa naranja que llevaba.


Él gimió pegándola a su cuerpo mientras le dejaba caer suaves besos en el cuello y sus manos viajaban a la delicada espalda femenina para acariciarla. Tembló cuando los labios y la lengua de Paula comenzaron a pasearse por su hombro izquierdo y bajaban a su pecho que ya se encontraba libre de la camisa que había ido a parar al suelo.


Deslizó con lentitud la cremallera del vestido y lo sacó del cuerpo de su mujer dejándolo hecho un nido de telas a los pies de ella, su mirada buscó de inmediato el cuerpo de Paula y sus latidos se aceleraron más al ver el delicado conjunto de ropa interior que la cubría: brasier negro y tanga con transparencias que hacían lucir sus senos blancos y turgentes de manera provocativa, sonrió cuando sus miradas se encontraron y supo que ella había escogido ese conjunto a propósito para él.


—¿Te gusta? —preguntó de manera coqueta al tiempo que cambiaba su peso de un pie al otro y sonreía.


—Date la vuelta y déjame verlo —pidió haciéndole un ademán, ella lo complació girando su cuerpo y él se llevó un dedo a los labios mirándola como si se tratase de una hermosa escultura, se acercó lentamente y le acarició con un par de dedos el relieve de la columna—. Me fascina, no me cansaré nunca de decirte que eres perfecta Paula —susurró besándola.


Ella suspiró apoyando su peso en el cuerpo fuerte y cálido de su esposo, dejando que su cabeza descansara en el hombro mientras lo instaba a que la acariciara. Lo sintió apoderarse de sus senos con un movimiento suave y rudo a la vez, gimió sintiendo que olas de calor comenzaban a recorrerla.


—¿Bañera o ducha?


La voz de Pedro la sacó de su ensoñación.


—Cama —respondió volviéndose y besándole el cuello, sus manos viajaron al jeans azul marino para despojarlo de éste.


Pedro sonrió y le acarició las mejillas al tiempo que la besaba en los labios, también se sentía urgido de estar dentro de Paula pero necesitaba darse una ducha antes, su piel estaba impregnada de olor a pizza y del humo que salía del horno.


—Vamos a darnos un baño antes preciosa, no quiero que me confundas con una pizza y termines mordiéndome —la miró a los ojos pidiéndole que lo complaciera.


—No necesito confundirte con comida para desear morderte —susurró dándole una muestra de ello cuando le mordió con suavidad el hombro y al escucharlo gemir repitió la acción pero esta vez en el cuello donde resaltaban en la piel los dos lunares.


Pedro la tomó en brazos y luchó algunos segundos para liberarse de las sandalias de cuero que llevaba y del jeans que había quedado atrapado en sus tobillos. Caminó con Paula hasta el baño mientras se dejaba besar por su mujer que parecía querer desgastarle los labios, la puso de pie mirando la tina que era una réplica de la que tenían sus padres en Varese y después la ducha, terminó decidiéndose por la última.


Pedro… ven aquí —Paula le extendió la mano al ver que se alejaba de ella.


Él la tomó halándola para llevarla hasta la ducha, con la mano que tenía libre programó la fuerza del agua en la regadera y la temperatura también. Se volvió mirando a su esposa con una gran sonrisa y con un movimiento rápido la pegó a él besándole el cuello mientras sus manos la despojaban de la ropa interior, alejándose un poco para que ella pudiera desnudarlo.


—Puedo hacerte el amor donde sea… puedo llenarte de placer en una cama, en el piso, sobre una mesa, contra la pared… bajo la regadera —mencionaba a medida que creaba un rastro de besos que fueron a parar en los senos de su mujer.


Antes de tomarlos en su boca la elevó por las caderas y ella de inmediato lo rodeó con sus piernas, sus intimidades se rozaron desatando el fuego dentro de sus cuerpos, Paula gimió moviendo sus caderas para sentirlo una vez más y tembló ante los besos demandantes de Pedro sobre sus pezones, los que se tensaron con los primeros roces de labios y lengua que su esposo le dio.


—Te necesito… por favor, ya… ahora, tómame ahora —esbozó Paula cuando él la apoyó en la pared.


—Mírame —exigió al ver que ella dejaba caer la cabeza hacia atrás cerrando los ojos, Paula hizo lo que le pedía y la recompensó con una hermosa sonrisa—. No tienes ni idea del poder que ejerces sobre mí cuando te veo así… cuando te me rindes por completo —susurró antes de comenzar a hundirse en el centro húmedo y cálido de su esposa.


Paula sintió que el mundo era perfecto una vez más, la sensación de sentirse plena solo la conseguía de la mano de Pedro. No le bastaba que se hablaran por teléfono todos los días o se vieran por cámara o incluso compartieran la intimidad masturbándose a la vez, nada era lo mismo si había una distancia que los separaba, el verdadero placer era estar unidos como en ese momento, sentir el roce de sus pieles, lo tibio de sus alientos, los temblores, los gemidos, las respiraciones agitadas.


Pedro estaba experimentando lo mismo que su esposa, nada se comparaba con tener a Paula en un plano real, con perderse en sus ojos oscuros y brillantes, en la suavidad y el olor de su piel, eso era la verdadera satisfacción y no lo que había estado viviendo las últimas tres semanas, no era un hombre de fantasías que no pudiera alcanzar, él era de los que lo quería todo y no descansaba hasta conseguirlo.


Pedro… mi amor —Paula temblaba sintiendo que estaba a punto de irse y se mordió el labio inferior para ahogar sus jadeos como se le había hecho costumbre.


Ya no podía gritar ni hacer tanto ruido como antes, con cuatro niños durmiendo en la casa tuvo que aprender a ser silenciosa y canalizar sus expresiones de euforia cada vez que alcanzaba un orgasmo de otra manera.


Él estaba luchando por mantenerse, así que cuando sintió los temblores en ella, apuró su propia marcha, deslizó sus brazos para sujetarla de las piernas creando un ángulo que se permitiera ir más profundo y dejándose llevar por sus ansias comenzó a embestir con fuerza a Paula.


—¡Cielos! ¡Sí, Pedro! —exclamó presa del goce, olvidándose en ese instante de su objetivo de no hacer ruidos.


—Sujétate de mis hombros —dijo reforzando el agarre en sus piernas al sentir que se resbalaba y plantó mejor sus pies.


Paula sentía que ardía y el agua de la regadera que la bañaba no hacía mella en ella, envolvió con sus brazos los fuertes hombros de Pedroy comenzó a ondular sus caderas metiéndolo dentro de ella para ir tras su liberación. 


Solo fue cuestión de segundos para que sus emociones estallaran y ella sintiera que el alma dejaba su cuerpo.


—Amor… amor… amor —murmuró posando sus labios trémulos sobre los de Pedro, bebiendo el aliento de él para llenar sus pulmones que el orgasmo había dejado vacíos.


Él atrapó sus labios en un beso rudo al tiempo que invadía su interior sin darle tregua, cada vez que se hundía en su interior provocaba que sensaciones dolorosas y excitantes la recorrieran, poco a poco iba elevándola de nuevo.


Pedro sabía que estaba muy cerca de correrse, la tensión en sus testículos y las descargas que le recorrían la columna eran el preludio del poderoso clímax que no tardaría mucho en envolverlo. Abandonó los labios rojos e hinchados de Paula y se apoderó de sus senos con poderosas succiones que desencadenaron una secuencia de gemidos en su mujer.


—Me voy preciosa —expresó mirándola a los ojos, no podía más aunque deseaba darle otro orgasmo.


—Yo también —susurró ella y aunque no se encontraba tan cerca como él, se lo hizo creer pues deseaba que se desahogara.


Llevó una de sus manos a la unión de sus cuerpos y con suavidad tocó su clítoris para irse con él, cuando el primer espasmo la atravesó deslizó sus dedos más abajo hasta alcanzar los testículos duros de Pedro y los rozó instándolo a dejarse ir, tembló al sentir la primera descarga de su esposo y siguió masajeando la piel caliente y corrugada.


—Paula… preciosa —apenas logró dejar salir esas palabras entre las abundantes expulsiones de su savia, hundió su rostro en los pechos llenos de su esposa, ahogando allí los gemidos guturales que escapan de sus labios y parecían romperle el pecho—. Mierda… voy a morirme —sentía que se quedaría seco después de ese orgasmo.


Ella comenzó a reír colmada de felicidad, de satisfacción y por qué no decirlo, también de alivio, pues en esos años de casados había aprendido muchas cosas, una de ellas: Que no solo las ansias deben acumularse en un marido cuando pasa tiempo lejos de casa y sin estar con una mujer en un plano íntimo, también debe hacerlo su simiente.


Eso se lo habían enseñado Diana y Vittoria, que los hombres cuando pasan mucho tiempo sin estar con una mujer se cargan más, sin importar si se masturban o no, el semen se acumula y solo teniendo relaciones sexuales lo liberan por completo. Así que cada vez que se reencontraba con Pedro y él se vaciaba de esa manera dentro de ella, una chispa de alivio destellaba en su interior, eso le anunciaba que seguía siendo solo suyo.


No era que no confiara en su esposo pero debía ser consciente que los hombres eran más básicos y uno con un apetito sexual tan voraz como Pedro, tan acosado por hermosas mujeres que les daba lo mismo que estuviera casado, la mantenían alerta a cualquier cambio y no era inseguridad porque sabía que él la amaba, era sencillamente sentido común.


Cuando estuvieron recuperados del todo del orgasmo, se dispusieron a bañarse entre besos y caricias que fueron despertando el deseo nueva vez, no era fácil saciar todo el que se había acumulado durante esas semanas de separación, así que una vez más ella estaba excitada y él preparado para darle lo que pedía. Solo que esta vez quiso complacerla y sin siquiera detenerse a tomar una toalla para secarse, se la llevó a la cama y se tendieron en esta con los cuerpos y los cabello húmedos.


Pedro, nos vamos a resfriar —protestó intentando ser razonable pero se movía debajo de él buscando unirse.


—Tenemos muchos antigripales en el botiquín… no se preocupe por eso señora Alfonso—indicó con total desfachatez al tiempo que se hacía espacio con sus piernas en medio de las de ella—. Ahora mismo no me importaría agarrar una neumonía si es el precio a pagar por hacerte mía.


Se ancló en ella compartiendo un gemido largo con Paula, quien se arqueó a su primera invasión y se aferró a sus nalgas abarcándolas con ambas manos mientras subía sus labios ofreciéndolos y se mecía bajo su cuerpo con sensualidad.


De esa manera le dieron riendas sueltas a la pasión, dejando que sus palabras cesaran; pues tal como le dijo Paula, se le daban mejor las caricias, sus cuerpos y sus miradas se expresaron por ellos, dejando libre el amor y la pasión que siempre los envolvía cuando estaban juntos.





CAPITULO ESPECIAL 4




Paula llevaba un par de semanas sintiéndose extraña, había dejado de cuidarse para poder salir embarazada y sabía que eso era cuestión de tiempo, el síntoma más distintivo era la falta de su período y ya lo estaba experimentando, llevaba solo cuatro días de demora, seguramente la ginecóloga le diría que no era nada pero ella era un reloj, nunca se atrasaba más de dos. No le había mencionado nada a Pedro para no crear falsas esperanzas en él, quería tener la certeza de que estaba embarazada o al menos algo más concreto para poder comunicárselo.


La cita con su nueva ginecóloga era dentro de una semana y aunque nunca había sido una mujer impaciente, comenzaba a sentir que no podía esperar más, o le hablaba a Pedro sobre sus sospechas o buscaba la manera de saber a ciencia cierta si estaba embarazada; de lo contrario, terminaría loca.


Se encontraba dentro de su auto, estacionado a pocos metros de donde quedaba una farmacia, sus dedos tamborileaban sobre el volante y sus dientes ejercían una constante tortura sobre su labio inferior mientras miraba el local. Sabía que se arriesgaba a desatar una ola de rumores si entraba allí para comprar una prueba de embarazo, que por ese mismo motivo no visitó ninguna clínica donde le hicieran uno de esos análisis exprés e insistió en esperar para ver a una doctora que le inspirara confianza.


—Paula decídete de una vez, ¿vas a entrar o no? —se cuestionó en voz alta y respiró profundamente para alejar los nervios. En ese instante el repique de su móvil la hizo sobresaltarse, era la melodía que identificaba a Pedro—. ¡Hola! —lo saludó luchando por parecer casual.


—¿Dónde estás preciosa?


—Eh… comprando unos dulces que me provocaron, en unos minutos estoy en la casa, ¿cómo te fue? —preguntó y tragó en seco para pasar el nudo en su garganta.


—Bien… lo mismo de siempre, todos me dicen que debo aprovechar el momento de fama que tengo por el papel de Franco y que estoy loco por querer tomarme un año sabático.


—¿Qué les respondiste? —le interesaba ese tema.


—Que nada me haría cambiar de parecer, es una decisión tomada, quiero darme este año para vivirlo plenamente contigo.


—Gracias —Paula dejó ver una sonrisa que iluminó su mirada y en un movimiento espontáneo se llevó una mano al vientre—. ¿Vas a preparar algo para comer o deseas que lleve?


—Haré risotto, puedes traer el postre… de preferencia algo húmedo o cremoso.


Paula sintió que la piel se le encendía al escuchar esas dos palabras en la voz de Pedro, él hacía que algo tan común como pedir un postre resultara erótico y sensual.


—¿Chocolate? —preguntó emulando el tono suave de él.


Su esposo liberó una carcajada que llenó de cosquillas su estómago, se mordió el labio inferior mientras sonreía y sentía cómo él desataba el deseo en su interior solo con hablarle o reír de esa manera que ella adoraba.


—La espero señora Alfonso.


—En breve estaré contigo y te envío muchos besos para que no me extrañes demasiado —dijo antes de lanzarle una lluvia a su esposo y al escucharlo reír de nuevo ella también lo hizo.


Colgó manteniendo en su semblante esa felicidad que Pedro le inspiraba, su mirada se topó de nuevo con el establecimiento y armándose de valor bajó del auto, caminó con rapidez para evitar que las personas se fijaran mucho en ella. Desde que se convirtió en la nueva señora Alfonso los periodistas de farándula la habían hecho su blanco allí en Roma, no podía salir de su casa y exponerse mucho porque a donde volteaba encontraba a varios que luchaban por tener alguna imagen suya y cuando salía con Pedro era mucho peor.


Entró y fue directo al último pasillo de la tienda, por fortuna solo habían cuatro clientes y dos vendedoras, buscó con la mirada los letreros que el indicaban dónde se encontraba lo que necesitaba, caminó de manera casual tomando al azar algunas cosas para disimular y cuando llegó hasta el estante donde estaban las pruebas de embarazo entró en pánico.


Había decenas de ellas en cajas rosadas, azules, blancas, rojas y ella no lograba distinguir ni siquiera el laboratorio que las producía para escoger uno confiable. Escuchó que alguien se acercaba y tomó una de las que tenía frente a ella, la cubrió con las demás cosas que llevaba y caminó de prisa hasta la caja.


—Salve, bonna será —saludó en italiano.


—Bonna será signora.


La mujer elevó la mirada después de que Paula dejó todo en el mostrador y le dedicó una sonrisa al notarla nerviosa, todas las chicas que escogían una prueba de embarazo lucían así


No tardó diez segundos en reconocerla y su rostro se iluminó, aunque su local quedaba en una zona de turistas, no esperó que la escritora fuera una de sus clientas, aprovechó de inmediato para hacer uso de su inglés estudiado en Londres.


—¿Desea algo más señora Alfonso? —preguntó sonriendo con amabilidad mientras empacaba todo.


—No… no, nada más, solo eso gracias —respondió Paula con rapidez, los nervios se habían triplicado en su interior al verse descubierta por la vendedora, dejó escapar un suspiro porque ya no tenía caso que siguiera tratando de mantenerse en el anonimato—. En realidad, sí necesitaría de su ayuda… vine por una prueba de embarazo y no sé si la que escogí sea efectiva, es que ha pasado poco tiempo… —explicaba de manera nerviosa.


—¿Tiene retraso? —hizo la pregunta de rutina, al verla asentir continuó—. ¿Cuánto?


—Cuatro días… pero yo soy muy puntual —enfatizó sus palabras moviendo la cabeza de manera afirmativa.


—En ese caso necesita una prueba de mayor precisión, espere un momento, yo iré por ella —dijo condoliéndose al verla tan tensa, en ese instante no se parecía en nada a la escritora súper ventas casada con el actor más famoso de Italia, sino a una chica como cualquier otra—. Esta es la mejor, es digital y le dirá incluso cuántas semanas de gestación tiene.


—Muchas gracias —pronunció Paula, la sonrisa en sus labios mostraba el alivio y la felicidad que la recorría, le echó un vistazo a la caja celeste y blanca donde resaltaba en azul la palabra Clearblue.


—De nada —contestó la mujer facturando la prueba, puso todo dentro de una bolsa y le hizo entrega de ésta—. Espero que el resultado sea positivo —comentó sonriendo, la ansiedad en la americana le indicaba que ese era su deseo.


—Yo también lo espero. Gracias de nuevo, que tenga feliz noche —dijo y se dio media vuelta para salir del local.


Se sentía tan feliz que no le hizo caso a las miradas curiosas que la siguieron hasta que subió a su auto, dejó con cuidado la bolsa en el asiento del copiloto y se puso en camino a su pastelería favorita allí en Roma.


Antes de entrar a su casa guardó la prueba en su bolso, pues se había propuesto mantener todo en secreto, intentó actuar de manera normal durante la cena e incluso hizo el amor esa noche con Pedro, asegurándose antes que eso no interfiriera en el resultado claro está. Concilió el sueño ya entrada la madrugada, pues no dejaba de pensar en lo que le saldría en la prueba y cuando despertó en medio de besos y caricias de su esposo casi lo obligó a dejar la habitación diciéndole que se moría de hambre, necesitaba que él la dejara sola al menos diez minutos.


Paula lo sintió entrar al baño y prepararse para empezar el día mientras ella fingía que seguía durmiendo y aguantaba las ganas de orinar, al sentir que abandonaba la habitación se levantó con rapidez y buscó la prueba dentro de su bolso, releyó unas cinco veces las instrucciones y comenzó el proceso que a simple vista era muy sencillo.


—Ok… aquí vamos —esbozó dejando con cuidado la prueba sobre el lavamanos como indicaba el folleto.


La ansiedad estaba haciendo estragos en ella, el tiempo parecía no avanzar, así que decidió lavarse los dientes y la cara mientras esperaba. Le extrañó escuchar el timbre así que buscó el reloj, marcaba cinco para las diez de la mañana, se sorprendió al ver cuánto habían dormido.


Tomó la prueba y frunció los labios pues aún no mostraba resultado pero eso cambió al segundo siguiente, una sola palabra y su mundo se tambaleó por completo, se sentó con cuidado en el bidé mientras su mano trémula sostenía el dispositivo y sus ojos estaban a punto de salirse de sus órbitas.


—Paula.


Escuchó la voz de Pedro que la llamaba desde el piso inferior y eso la sacó del trance donde se encontraba, se puso de pie con rapidez y sin siquiera preocuparse por vestirse bajó con la bata de felpa rosada que se había puesto.


—¡Pedro! ¡Pedro! —gritaba emocionada bajando las escaleras llevando la prueba en su mano.


—¿Qué ocurre amor? —preguntó preocupado y caminó de prisa para saber lo que sucedía.


Paula se quedó sin voz en ese instante, solo conseguía mirarlo a los ojos y separar sus labios pero ningún sonido salía de su boca, estaba temblando entera e incluso podía sentir la cabeza algo turbada.


Los padres de Pedro habían llegado para pasar esa mañana con ellos, pues partirían en la tarde a un crucero por el mediterráneo, la primera en percatarse de lo que ocurría fue Amelia al ver la prueba de embarazo en la mano de Paula, dejó escapar una exclamación de felicidad y se llevó las manos a la boca al tiempo que sus hermosos ojos grises se llenaban de lágrimas, caminó despacio hacia su nuera.


Paula comprendió que Amelia ya había descubierto lo que ocurría y asintió con la cabeza respondiendo a la pregunta en la mirada de su suegra, quien de inmediato corrió hasta ella y la abrazó con fuerza para después darle un beso en la mejilla.


—¿Alguien puede explicarnos qué sucede? —preguntó Fernando observando la escena con desconcierto.


—Vamos a ser abuelos —respondió Amelia mostrando una amplia sonrisa y las lágrimas bajaban con sus mejillas.


—¡¿Qué?!


Preguntaron los dos hombres Alfonso al mismo tiempo, Pedro buscó la mirada de Paula de inmediato y vio en ese par de ojos miel y brillantes la certeza, fue su turno para sentirse mareado así que lo primero que hizo fue acunar en sus manos el rostro de Paula para verla a los ojos.


—Me acabo de hacer una prueba… y dice que estoy embarazada —mencionó ella recuperando su voz, su mirada bajó para ver el dispositivo que ahora marcaba unos números junto a la palabra—. Y tengo de dos a tres semanas —expresó con una mezcla de timidez, emoción, miedo y otros muchos sentimientos revoloteando dentro de ella.


Pedro cerró los ojos pegando su frente a la de Paula, pues sentía que el mundo había comenzado a girar más rápido, sus rodillas temblaban, en realidad todo él temblaba. Dejó escapar el aire que estaba conteniendo y abrió los ojos de nuevo, con ellos colmados de lágrimas atrapó los labios de Paula en un beso cargado de amor, devoción y ternura, olvidándose de sus padres, del mundo entero, para él no existía nadie más en ese lugar que Paula… y su hijo.


El pensamiento hizo que su pecho estallara de felicidad, deslizó sus manos por la espalda de Paula y la amarró a él
con fuerza, quería agradecerle con gestos eso que le estaba dando, pues dudaba que existieran las palabras para hacerlo. La falta de aire los hizo separar sus labios pero no sus cuerpos, seguían abrazados como si desearan fundirse.


—Te amo —consiguió decir Pedro cuando recuperó la voz y una vez más la besaba.


Paula sentía las lágrimas bajar cálidas por sus mejillas al tiempo que ese beso que Pedro le brindaba la hacía sentir en las nubes, se sujetaba a él con fuerza para calmar el temblor que la recorría de pies a cabeza y después de un minuto, el beso fue menguando, quedando solo en toques de labios.


—Yo también te amo… te amo tanto Pedro —expresó ahogándose en los hermosos ojos azules de su esposo, los que se desbordaban en llanto.


Él se separó un poco de ella y tomó la prueba de embarazo para verla, le daba más valor a las palabras de Paula pero también necesitaba comprobar que no estaba soñando. Tal como ella le dijo el dispositivo le anunciaba que sería padre y que ya su hijo tenía algunas semanas de vida, la sonrisa en sus labios se hizo más amplia y le envolvió los hombros a Paula para pegarla a su cuerpo mientras le daba besos en la mejilla.


Ella hundió su rostro en el cuello cálido de su esposo para ahogar allí los sollozos que de un momento a otro salieron de sus labios, no podía controlarlos así como tampoco los estremecimientos que embargaban su cuerpo, se aferró con los brazos a la cintura de Pedro.


—¡Hey, preciosa! ¿Por qué lloras Paula? —se movió para buscar los ojos marrones y descubrir la razón de ese llanto.


—No lo sé… no sé…Pedro voy a ser mamá y no tengo ni idea de cómo actuar, no sé si seré buena o muy estricta, si sabré cómo alimentarlo, qué decirle cuando necesite respuestas… no sé nada —esbozó todas esas dudas que la asaltaron de repente, llenándola de pánico.


—Paula… yo tampoco sé nada de eso, lo único que sé es que voy a adorar a nuestro hijo y que lucharé cada día por ser mejor persona por él… mi vida, mírame —pidió sosteniéndole el rostro entre las manos—. Vas a ser una madre extraordinaria Paula, él o ella te va a amar profundamente… estoy seguro de ello preciosa —pronunció mientras le secaba las lágrimas.


—Prométeme que me ayudarás a darle todo lo que necesite, a que tenga una vida maravillosa —dijo intentando controlar sus sollozos y lo miraba fijamente a los ojos.


—Estaré para ustedes siempre y tú debes prometerme lo mismo Paula, debes ayudarme a ser el padre que nuestro hijo necesite… —su voz se quebró y su sonrisa se hizo más efusiva cuando la vio a ella sonreír también mientras asentía—. Entonces lo haremos bien, puedes jurar que lo haremos bien preciosa —sentenció tomándola en brazos y caminó con ella hasta el sofá para tomar asiento poniéndola en sus piernas.


Paula se acurrucó contra él sintiendo que su cuerpo era demasiado pequeño para la felicidad que la embargaba, entrelazó sus dedos a los de Pedro cuando él posó la mano sobre su vientre que no mostraba señas del embarazo aún.


Se quedaron mirándose a los ojos sin necesidad de decir nada más, sus gestos y sus miradas hablaban por ellos; después de varios minutos fueron conscientes de la presencia de Amelia y Fernando, quienes los observaban con lágrimas en los ojos, Pedro una vez más comenzó a llorar cuando ellos se acercaron para felicitarlo y terminaron formando un abrazo de cinco pues desde ese instante Franco fue parte de la familia.









CAPITULO ESPECIAL 3




Pedro bajó media hora después y ya su padre había servido la primera tanda de pizzas a los más pequeños, aunque entre ellos se colaron Alicia y Diana, quienes también morían por la especialidad de Fernando Alfonso. Como era costumbre cuando compartían en familia, las mujeres se encargaban de los niños y las bebidas mientras los hombres se adueñaban de la cocina, incluso Marcelo que no era muy diestro para esas cosas había aprendido hacerlo desde que se integró al grupo.


—¿Qué planeas hacer ahora? —preguntó Lisandro a su hermano al tiempo que servía dos porciones de pizzas en un plato para su esposa.


—Aún no lo sé, hay algunos proyectos por allí que me resultan tentadores —se llevó la copa de vino a los labios y le dio un gran trago, vio que Lisandro fruncía el ceño—. ¿Sucede algo? —inquirió ante la actitud de su hermano.


—Nada… pensé que le dedicarías un tiempo a tu familia, este último año has estado muy ausente Pedro… —decía cuando el otro lo interrumpió.


—Planeo hacerlo… no tienes que recordarme que tengo una familia Lisandro, lo sé perfectamente —apuntó sintiéndose un tanto molesto por las palabras y el tono de su hermano.


—No te estoy reprochando nada, no te pongas en ese plan, ya sé que no es fácil llevar una carrera, una familia, tu negocio del viñedo y todo lo demás que debes atender… Pepe, me preocupa ver ese afán por querer abarcarlo todo, creo que deberías darte un tiempo —mencionó intentando no darle mucho énfasis al tema, solo quería darle un consejo, no hacerlo sentir culpable.


—No debes preocuparte por nada, todo está bien. Paula y yo llevamos las cosas en calma, los niños, nuestras carreras, el viñedo… todo marcha perfectamente y en equilibrio —esbozó entregándole una sonrisa a su hermano, se sentía satisfecho con su vida y la manera en la que la había llevado hasta el momento.


—Bien, confío en tu palabra… ahora vamos que si no, quien terminará en problemas seré yo como no le lleve esta pizza a Vittoria —puso dos porciones más en el plato y se encaminó.


—No sabía que mi cuñada comiera tanto —indicó Pedro divertido, sabía que no eran para ella.


—Yo no soy el actor, no tengo que vivir esclavizado a una dieta —lanzó la estocada al tiempo que se encogía de hombros.


Pedro dejó libre una carcajada, pues el comentario de su hermano más que herir su ego le causó gracia, Lisandro no había cambiado nada con los años, seguía creyéndose un chico.


—Sabes que no soy hombre de dietas, pero tampoco me comería una pizza completa como lo haces tú —indicó divertido y al ver que se disponía a protestar lo atajó—, no se te ocurra negarlo, te llevo contados cinco pedazos, con esos dos serían siete así que solo te falta uno para que sea una completa… ahora entiendo de dónde salió esa barriga.


—Imbécil —dijo Lisandro con los dientes apretados—. Ya te veré cuando llegues a mi edad y te quedes calvo —agregó y le arrebató una de las porciones que su hermano llevaba para Paula para que hablara con argumentos.


Pedro se quedó perplejo ante la rapidez de su hermano y la desfachatez que mostró al robarle ese trozo de pizza, fue regresado a la realidad por las risas de las personas que habían observado la escena. Caminó hasta Paula y le puso el plato en el puesto frente a ella, bajó para darle ese beso que su esposa le pedía mientras lo miraba divertida.


—Voy por más pizza, Lisandro me robó la que traía —le hizo saber alejándose de ella.


—No hay problema, con esto está bien. Me puse a dieta —dijo sujetándole la mano para que se sentara junto a ella.


—Parece que todo el mundo está empeñado hoy en hablar sobre eso —pronunció riendo y al ver que su esposa desviaba la mirada, quizás dolida por su burla, se acercó más a ella rodando sobre el banco de madera, le envolvió la cintura con un brazo para pegarla a él—. No necesitas hacer ninguna dieta, estás perfecta Paula y vas a seguir siendo perfecta aunque tengas ochenta, noventa, cien años… siempre serás mi preciosa Paula —susurró en el oído de ella y le dio un par de besos en el cuello, sintiéndose feliz al sentirla temblar entre sus brazos.


Ella volvió el rostro para mirarlo a los ojos, sintiéndose emocionada por esas palabras, llevó una mano hasta la mejilla de Pedro para acariciarla con suavidad y como siempre le pasaba cada vez que su esposo le entrega esa mirada, se perdió en sus hermosos ojos azules, acercó sus labios para besarlo primero con mesura y después dejando que su lengua rozara con cadencia la de él, quien le apretó la cintura con ambas manos.


—Par de tórtolos, les recuerdo que tenemos público menor de edad presente —habló Diana intentando ocultar su sonrisa.


Paula ocultó su sonrojo hundiendo el rostro en el cuello de su esposo, él le acariciaba la espalda con suavidad, regresándola a la realidad. Dejó libre un suspiro y se movió para dedicarle una mirada de disculpa a los presentes; los niños la veían con sus pequeños rostros iluminados de felicidad y expectantes como si esperaran algo más; por su parte los adultos se mostraban felices y muy divertidos al ver cómo apenas podía contener sus sentimientos y emociones estando cerca de Pedro, los años no habían menguado en absoluto ese poder que él ejercía sobre ella; por el contrario, cada día era más fuerte, cada día él la hechizaba más.


Disfrutaron de la comida y el resto de la tarde compartiendo como la gran familia que eran; cuando el sol comenzó a ocultarse, pintando de naranja la hermosa terraza de la casa Alfonso Chaves, los invitados decidieron que era hora de marcharse, debían brindarle espacio a Pedro y Paula.


Habían dejado todo en orden, así que los esposos no tuvieron mucha labor; sin embargo, no pudieron escaparse como deseaban desde hacía rato porque su hija menor les pidió que le leyeran un cuento antes de dormir, era una costumbre que Paula les había inculcado a todos, algo de lo cual ella no disfrutó cuando niña.


—Creo que nos tocará esperar una hora más señor Alfonso—dijo intentando ocultar la sonrisa que le provocaba ver el gesto de impaciencia en el rostro de Pedro, lo giró para que se encaminara a la habitación de Justine—. Vamos a cumplir con nuestro papel de padres —decía mientras lo llevaba empujándolo por los hombros.


Ya Dalia había bañado, cambiado y preparado a la niña para dormir, le cepillaba el lacio cabello castaño que era un poco más claro que el de Paula. Cuanto ésta vio entrar a sus padres a la habitación, saltó de la butaca donde se encontraba y corrió hasta ellos, Pedro la tomó en brazos para llenarle de besos las mejillas y su hija comenzó a reír.


—Papi me haces cosquillas —esbozó defendiéndose, apoyando sus pequeñas manos en las mejillas de su padre.


—Muchas gracias Dalia, puedes ir a descansar, hoy fue un día muy ajetreado —mencionó Paula, despidiendo a la mujer con una sonrisa de agradecimiento.


—Un día lleno de alegría Paula, es bueno tenerte en casa Pedro… buenas noches pequeñita —dijo para despedirse.


—Gracias Dalia, yo me siento feliz de estar aquí —mencionó él con una gran sonrisa—. Que descanses.


—Buenas noches Dalia —esbozó Justine moviendo la mano en señal de despedida.


La mujer les dedicó una sonrisa y haciendo un ademán con la mano, salió de la habitación dejándolos solos. Pedro y Paula se acercaron hasta la cama de su hija cuya cabecera era la fachada de un castillo, Justine era quien más se creía el título de princesa que le había otorgado su padre.


Paula se sentó en la cama con cuidado y le extendió los brazos a Pedro para que le hiciera entrega de su niña, él lo hizo y de inmediato buscó uno de los sillones para tomar asiento, dudaba que ese gran castillo en tonos rosa soportara el peso de tres personas. Extendió la mano para alcanzar uno de los cuentos que se hallaban en la biblioteca integrada a la misma estructura, pero antes de hacerlo miró a su hija.


—¿Desea algún cuento en especial, hermosa princesa? —preguntó adoptando un tono formal y mirándola con cariño.


Ella asintió en silencio mientras se mordía el labio para no reír y parecer una princesa de verdad, aunque su mirada brillaba cargada de emoción y su corazón estaba lleno de felicidad por tener a su padre en casa de nuevo.


—Sí por favor… quiero El gato con botas —mencionó elevando la barbilla como si le hablara a un súbdito.


Paula sonreía ante la actitud de su hija y el ingenio que poseía, hacía tres noches le había leído el mismo cuento pero sabía que era su favorito y podía asegurar que se emocionaría como si no lo hubiera escuchado antes. Todos sus hijos habían heredado algo de los dotes de Pedro para la actuación, aunque la que más resaltaba en ello era Daphne, quien incluso le había mencionado que deseaba seguir los pasos de su padre.


Pedro sonrió al ver cómo Justine se acomodaba el cabello y la ropa de dormir, era una coqueta igual que su madre. 


Comenzó a leer dándole diferentes caracteres a cada uno de los personajes, nunca pensó que aquellas clases de modulación que le resultaban tan aburridas, le servirían para entretener a sus hijos, en ese tiempo ni siquiera se le pasaba por la cabeza que algún día los tendría.


Salieron minutos después dejándola profundamente dormida, su semblante mostraba una paz y una felicidad que a ellos como padres les llenaba el pecho de satisfacción, recordándoles que estaban haciendo un buen trabajo.


Continuaron con su recorrido y entraron a la habitación de su hijo menor, quien ya se encontraba acostado revisando un libro de cuentos clásicos, los miró con sus hermosos ojos grises llenos de curiosidad y sonrió imaginando qué había llevado a sus padres hasta allí.


Paula se acercó ubicando un espacio en la cama para tomar asiento y le acomodó con los dedos el cabello cobrizo que siempre estaba revuelto, le dio un beso en la mejilla y después posó la mirada en el libro.


—No tienen que hacer esto, ya sé leer muy bien —dijo divertido al ver que su padre se sentaba a su lado también.


—¿En serio? —inquirió Pedro elevando ambas cejas con un gesto de sorpresa mientras lo miraba.


—Sí, bueno algunas palabras me siguen costando… pero lo hago bastante bien, mi profesora siempre me felicita y dice que es la ventaja de tener una madre escritora —contestó dedicándole una sonrisa a ambos.


—¿Por qué no lees algo para tu papá? —sugirió Paula mirándolo llena de orgullo.


Su hijo tenía razón, se le daba muy bien la lectura, aprendió incluso más rápido que Franco y Daphne, ya lo hacía de manera fluida, le ayudó a buscar uno de los cuentos y le guiñó un ojo para darle ánimos, lo vio erguirse para parecer más alto y adoptando la postura de un adulto comenzó.


Pedro estaba al tanto de que Gabriel era muy ágil para las letras aunque no tanto para las matemáticas, lo que nunca sospechó fue que al grado de leer de manera tan fluida y con un tono de voz tan nítido, eso en verdad lo sorprendió; de pronto se recordó a él mismo cuando comenzó a actuar en las obras del colegio, siempre lo seleccionaban porque podía leer y memorizar mejor que sus demás compañeros.


—¡Eres increíble! —exclamó con emoción cuando su hijo terminó de leer el cuento.


—Tengo que mejorar algunas cosas —se sintió emocionado por el halago de su padre, pero seguía pensando que le faltaba.


—¿Mejorar? ¡Oye, apenas tienes siete años Gabriel y lo haces muy bien!, a tu edad yo apenas leía lo básico y tartamudeaba todo el tiempo… fue a los diez cuando me solté, tu abuela me inscribió en un curso de recitación y era aburridísimo —acotó en tono cómplice mientras lo veía lleno de orgullo y alegría.


—La abuela me lo contó, me dijo que te veías como un verdadero poeta cuando ensayabas las tareas que te enviaba la profesora del curso —esbozó riendo de manera burlona al ver a su padre poner los ojos en blanco.


—Ruego porque Amelia te haya hecho algún video para verlo —comentó Paula uniéndose a las burlas de su hijo.


—Para tu desilusión, no lo hizo y si llego a enterarme que sí, los esconderé todos —apuntó con determinación.


Gabriel y Paula comenzaron a reír a su costa, él no pudo evitar contagiarse del ánimo que ellos mostraban y terminó haciéndolo también, le desordenó el cabello a su hijo que de por sí ya parecía el nido de un pájaro y después le dio un beso estrechándolo en un abrazo cargado de todo el amor que sentía.


Al cabo de unos minutos salieron de la habitación dejando a Gabriel listo para dormir, Paula caminaba con su esposo por el pasillo, iban tomados de la mano brindándose suaves caricias y compartiendo miradas cómplices.


—¿Estás segura que Gabriel solo tiene siete años? —preguntó entre divertido, curioso y asombrado.


—Si no sabe usted la respuesta a esa pregunta señor Alfonso, no sé quién más la sepa —contestó divertida.


—Es que… —se detuvo para dejar libre una carcajada—. Es asombroso y no hablo solo de su habilidad para leer, sino también de lo alto que está, creo que ahora sí voy a comenzar a sentir que el tiempo pasa volando —acotó mirándola perplejo.


Paula le entregó esa risa que a él tanto le gustaba y dejó caer una lluvia de besos en sus labios, se le veía tan feliz, tan hermosa que el pecho se le llenó de orgullo y emoción.


—Cuando salgamos de la habitación de Franco te sentirás anciano —puntualizó con la mirada brillante, su hijo mayor estaba próximo a cumplir catorce años, pero lucía de dieciséis.


—No te preocupes, cuando entremos a la nuestra me sentiré de nuevo de veintiséis —le hizo saber acariciándole las caderas de manera sugerente, disfrutando del brillo que se encendía en los ojos de su esposa.


Su paso por la habitación de Daphne les llevó menos tiempo, ella no necesitaba que le leyeran cuentos para dormir, su hija mayor estaba entretenida jugando en la red con una aplicación de moda, pero al ver que ya era tarde, le hizo caso a sus padres y apagó todo para irse a dormir.


—Buenas noches mi bella princesa —pronunció Pedro mirándola a los ojos con ternura y le dio un beso en la frente.


—Buenas noches papi, estoy feliz de que estés aquí —expresó dedicándole una sonrisa.


—Yo también lo estoy mi vida.


Se alejó sin dejar de mirarla hasta que ella cerró los ojos para dormir, Paula apagó las luces y solo quedó la pequeña lámpara giratoria con figuras de estrellas que se reflejaban en las paredes de la habitación, cerraron la puerta con cuidado. Había extrañado mucho hacer ese recorrido en los días que estuvo fuera de la casa, su experiencia como padre era una de las mejores cosas que le había pasado en la vida.


—Hola… aún sigues despierto —mencionó entrando a la recámara de su hijo mayor.


Franco escuchaba música mientras intentaba avanzar en algunos deberes de la escuela, se quitó los auriculares en cuanto vio entrar a sus padres a la habitación, le gustaba verlos juntos sobre todo porque su madre lucía mucho más feliz.


—Estaba terminando esto —señaló el cuaderno sobre su escritorio—. Está complicado pero aún tengo tiempo de resolverlo, es una tarea para la próxima semana —agregó cerrándolo y se puso de pie recogiendo todo.


—Déjame ayudarte… quizás entre los dos lo resolvemos —Pedro agarró una de las sillas e instó a Franco a ocupar asiento en la otra mientras tomaba el libro.


—¿No estás cansado? —preguntó haciendo lo que su padre le pedía y miró a su madre quien se paró detrás, apoyándole las manos en los hombros.


—Seguro nos llevará poco tiempo —indicó ella apoyando la idea de Pedro mientras le sonreía.


Sabía que Franco era autosuficiente, que había heredado eso de ella, pero siempre era bueno recordarle que sus padres estaban para apoyarlo en lo que necesitase.


Pedro le ayudaba a resolver el problema de química mientras Paula los veía embelesada por el impresionante parecido que tenían, cada día Franco lucía más apuesto y ya empezaba a preocuparse por los comentarios de Diana y Vittoria que le aseguraban que dentro de poco llegaría a la casa presentándoles una novia. No obstante, tenía claro que llegado el momento debía mostrarse comprensiva y apoyarlo, se había prometido ser la mejor madre para sus hijos.


Sus pensamientos viajaron a esos días, cuando las sospechas sobre su primer embarazo y después la confirmación del mismo, le dieron un nuevo rumbo a su vida, todo cambió en cuestión de minutos.